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Esa irrecuperable oportunidad
de grabar estímulos positivos

© Carlos Alberto Estévez

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Anochecía en Buenos Aires. Un bar de la calle Rodríguez Peña estaba lleno de parroquianos. Yo, presente por una reunión de trabajo fuera de agenda.

La conversación iba y venía entre asuntos relacionados con la marcha de la gestión educativa y temas algo más profundos como la incidencia o efectos de las actitudes del docente en la mente infantil.

El café estaba demasiado caliente para bebérselo de un sorbo, y eso ayudaba a nuestra concentración e intercambio de experiencias. Pero una de éstas, algo así como un ejemplo práctico, estaba reservada para ser vivida allí, como de regalo, sin que yo hubiera podido preverlo, ni sospecharlo siquiera.

Enfrascado en alguna de esas disquisiciones, mientras el café se entibiaba, me distrajo una nena de unos diez años, que a esas horas recorría las mesas extendiendo su manita sin lavar, a la espera de una dádiva.

Me miró tristemente y me dijo:

- Una limosnita, por favor.

- ¡Hola!, ¿qué es una limosnita? - le pregunté sonriéndole.

- Y... una monedita para poder comer - y se puso un poco nerviosa.

- Bueno, primero me gustaría saber cómo te llamás.

- Tamara.

Me hice el sorprendido y, tras una estudiada exclamación, le pregunté si alguien le había dicho alguna vez que Tamara es el nombre más hermoso que jamás se hubiera escuchado.

Sus ojitos negros se encendieron como estrellas (para mí), con un brillo de ilusión, y sonrió.

- De veras, Tamara -le dije-, tu nombre es hermosísimo, y muy especial. Seguramente, vos debés de ser una chica muy especial. ¡Qué suerte la mía, por conocerte!

Su expresión cambió, como si hubiera pasado abruptamente del estado de inferioridad impetratoria y mendicante al de una reina recién descubierta y coronada de gloria. Retiró la mano que había dejado extendida esperando la "limosna" y volvió a sonreír dejando ver toda la inocencia de su corta vida.

- Mirá, Tamara, vamos a ver si tengo algo para vos -reflexioné en voz alta mientras metía mi mano en el bolsillo-; pero quiero que sepas que no será una limosna. A ver... sí, aquí hay unas monedas, pero no tendrás una limosna, sino que recibirás un premio, algo que yo quiero regalarte para que nunca te olvides de que sos una persona igual que yo, aunque más joven; y más linda, como tu nombre. Dejame decirte que si uno de nosotros dos es más importante que el otro, entonces la más importante sos vos.

Tamara tomó esas monedas como quien recibe la medalla de oro de algún campeonato olímpico, o más emocionada todavía; y, sin decir palabra, me abrazó fuertemente y me regaló un beso en la mejilla.

Mientras yo contenía mi emoción y mi sorpresa, se fue alejando de la mesa en silencio, sin dejar de sonreír.

No habíamos terminado de reponernos de ese episodio tan inesperado, cuando observé que alguien (¿encargado, jefe de seguridad, supervisor, juez o árbitro de la humanidad?), la tomaba del brazo y la echaba a la calle de muy mal modo (y peor vocabulario) ordenándole que no molestara más a los clientes. Y así dejé de ver a Tamara -casi seguro para siempre- esfumándose en la oscuridad que se recortaba en los cristales de la puerta.

A duras penas atiné a dirigirme a ese mentecato para explicarle que se había equivocado en su juicio de observación; que esa criatura a la que había maltratado no me había causado a mí molestia alguna.

Me arrepentí luego -y todavía lo estoy- de no haberle dedicado a ese hombre algo más de mi tiempo; aunque lo más probable es que, de haberlo intentado, quedara yo también muy malparado. Tendría que haber procurado, al menos, averiguar de algún modo si en un escondido rincón de su conciencia adormecida quedaba algo parecido a la sensibilidad humana; averiguar si a lo largo de su triste existencia había tenido la oportunidad de escuchar alguna noción básica acerca de la inocencia infantil o sobre cómo funciona la mente de un niño frente a un adulto con autoridad, ya sea merecida o usurpada. Pero no lo hice; y ahora lo lamento públicamente.

Esa noche me costó conciliar el sueño, y aunque me recriminaba por ese "no te metás" tan arraigadamente porteño, me consolé pensando que quizás Tamara nunca olvidará que una noche, en Buenos Aires, por unos pocos minutos se sintió un poco más "ser humano" que de costumbre.

Experimento ahora el impulso de traducir al lenguaje, cuanto sea posible, un torbellino de sentimientos surgidos durante aquellos instantes; emociones que, si no se cuentan, hierven en las fibras más íntimas de cualquiera que, una vez más en su vida -pero esa noche de regalo- logró llegar así, tenuemente, al corazón de un niño. Es la sensación de haber podido ver un paisaje tan maravilloso como inmensamente frágil; un panorama que para muchos permanece oculto.

Pero no es el momento. El relato sólo cabe en este artículo para poner el acento en algo esencial de la condición docente: esa oportunidad irrecuperable de grabar estímulos positivos, de encender una luz que jamás se apagará. Aunque sea un fulgor muy pequeño, se agrandará con el tiempo.

Cuando yo tenía seis o siete años, cometí una falta por la que me sentía muy culpable. Mi padre vino hacia mí; y cuando yo trataba, aunque fuera mentalmente, de estar preparado para el castigo o la reprimenda, él me miró sonriente y me dijo: "Te perdono". Sólo dijo eso.

Jamás volví a cometer aquella falta, pero ese día mi padre hizo algo mucho más trascendente, como tantas veces: encendió una luz que todavía permanece inalterable.

Me pregunto si cuando Tamara sea una mujer adulta, el recuerdo de su reinado fugaz prevalecerá sobre el de la retirada compulsiva hacia la noche. Y quiero creer que sí.

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Editada en Buenos Aires - Argentina