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Anochecía en Buenos Aires. Un bar de la calle
Rodríguez Peña estaba lleno de parroquianos. Yo, presente por una reunión de trabajo
fuera de agenda.
La conversación iba y venía entre asuntos
relacionados con la marcha de la gestión educativa y temas algo más profundos como la
incidencia o efectos de las actitudes del docente en la mente infantil.
El café estaba demasiado caliente para bebérselo
de un sorbo, y eso ayudaba a nuestra concentración e intercambio de experiencias. Pero
una de éstas, algo así como un ejemplo práctico, estaba reservada para ser vivida
allí, como de regalo, sin que yo hubiera podido preverlo, ni sospecharlo siquiera.
Enfrascado en alguna de esas disquisiciones,
mientras el café se entibiaba, me distrajo una nena de unos diez años, que a esas horas
recorría las mesas extendiendo su manita sin lavar, a la espera de una dádiva.
Me miró tristemente y me dijo:
- Una limosnita, por favor.
- ¡Hola!, ¿qué es una limosnita? - le pregunté
sonriéndole.
- Y... una monedita para poder comer - y se puso un
poco nerviosa.
- Bueno, primero me gustaría saber cómo te
llamás.
- Tamara.
Me hice el sorprendido y, tras una estudiada
exclamación, le pregunté si alguien le había dicho alguna vez que Tamara es el nombre
más hermoso que jamás se hubiera escuchado.
Sus ojitos negros se encendieron como estrellas
(para mí), con un brillo de ilusión, y sonrió.
- De veras, Tamara -le dije-, tu nombre es
hermosísimo, y muy especial. Seguramente, vos debés de ser una chica muy especial.
¡Qué suerte la mía, por conocerte!
Su expresión cambió, como si hubiera pasado
abruptamente del estado de inferioridad impetratoria y mendicante al de una reina recién
descubierta y coronada de gloria. Retiró la mano que había dejado extendida esperando la
"limosna" y volvió a sonreír dejando ver toda la inocencia de su corta vida.
- Mirá, Tamara, vamos a ver si tengo algo para vos
-reflexioné en voz alta mientras metía mi mano en el bolsillo-; pero quiero que sepas
que no será una limosna. A ver... sí, aquí hay unas monedas, pero no tendrás una
limosna, sino que recibirás un premio, algo que yo quiero regalarte para que nunca te
olvides de que sos una persona igual que yo, aunque más joven; y más linda, como tu
nombre. Dejame decirte que si uno de nosotros dos es más importante que el otro, entonces
la más importante sos vos.
Tamara tomó esas monedas como quien recibe la
medalla de oro de algún campeonato olímpico, o más emocionada todavía; y, sin decir
palabra, me abrazó fuertemente y me regaló un beso en la mejilla.
Mientras yo contenía mi emoción y mi sorpresa, se
fue alejando de la mesa en silencio, sin dejar de sonreír.
No habíamos terminado de reponernos de ese episodio
tan inesperado, cuando observé que alguien (¿encargado, jefe de seguridad, supervisor,
juez o árbitro de la humanidad?), la tomaba del brazo y la echaba a la calle de muy mal
modo (y peor vocabulario) ordenándole que no molestara más a los clientes. Y así dejé
de ver a Tamara -casi seguro para siempre- esfumándose en la oscuridad que se recortaba
en los cristales de la puerta.
A duras penas atiné a dirigirme a ese mentecato
para explicarle que se había equivocado en su juicio de observación; que esa criatura a
la que había maltratado no me había causado a mí molestia alguna.
Me arrepentí luego -y todavía lo estoy- de
no haberle dedicado a ese hombre algo más de mi tiempo; aunque lo más probable es que,
de haberlo intentado, quedara yo también muy malparado.
Tendría que haber procurado, al menos, averiguar de algún modo si en un escondido
rincón de su conciencia adormecida quedaba algo parecido a la sensibilidad humana;
averiguar si a lo largo de su triste existencia había tenido la oportunidad de escuchar
alguna noción básica acerca de la inocencia infantil o sobre cómo funciona la mente de
un niño frente a un adulto con autoridad, ya sea merecida o usurpada. Pero no lo hice; y
ahora lo lamento públicamente.
Esa noche me costó conciliar el sueño, y aunque me
recriminaba por ese "no te metás" tan arraigadamente porteño, me consolé
pensando que quizás Tamara nunca olvidará que una noche, en Buenos Aires, por unos pocos
minutos se sintió un poco más "ser humano" que de costumbre.
Experimento ahora el impulso de traducir al
lenguaje, cuanto sea posible, un torbellino de sentimientos surgidos durante aquellos
instantes; emociones que, si no se cuentan, hierven en las fibras más íntimas de
cualquiera que, una vez más en su vida -pero esa noche de regalo- logró llegar así,
tenuemente, al corazón de un niño. Es la sensación de haber podido ver un paisaje tan
maravilloso como inmensamente frágil; un panorama que para muchos permanece oculto.
Pero no es el momento. El relato sólo cabe en este
artículo para poner el acento en algo esencial de la condición docente: esa oportunidad
irrecuperable de grabar estímulos positivos, de encender una luz que jamás se apagará.
Aunque sea un fulgor muy pequeño, se agrandará con el tiempo.
Cuando yo tenía seis o siete años, cometí una
falta por la que me sentía muy culpable. Mi padre vino hacia mí; y cuando yo trataba,
aunque fuera mentalmente, de estar preparado para el castigo o la reprimenda, él me miró
sonriente y me dijo: "Te perdono". Sólo dijo eso.
Jamás volví a cometer aquella falta, pero ese día
mi padre hizo algo mucho más trascendente, como tantas veces: encendió una luz que
todavía permanece inalterable.
Me pregunto si cuando Tamara sea una mujer adulta,
el recuerdo de su reinado fugaz prevalecerá sobre el de la retirada compulsiva hacia la
noche. Y quiero creer que sí.
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