En una columna anterior quedó planteado un dilema
crucial en cuanto a la presencia de la computadora en la escuela. Las preguntas eran qué
hacer con ella, cuándo y cómo. Yo me quedé pensando que lo mejor que nos puede pasar es
que nunca se nos agoten las respuestas, y -más importante aún- que nunca dejemos de
buscarlas.
Y rumiando estos temas, me sentí cada vez
más convencido del concepto con que había terminado uno de mis comentarios: o
conseguimos utilizar la computadora para estimular el crecimiento intelectual y el
desarrollo de la creatividad de nuestros chicos, o esa costosa inversión no servirá en
absoluto. Y algo peor: estaremos perdiendo lastimosamente el tiempo, el nuestro y el que
nuestros alumnos necesitan para crecer.
Afortunadamente, no me quedé sólo en mis
cavilaciones. Me encontré con Seymour Papert, nada menos, quien propone como principio
axiomático "que sean las personas quienes manden y las computadoras se conviertan en
instrumentos del pensamiento al servicio de la ciencia y de la cultura".
¿Creatividad o automatismo?
Horacio Reggini convirtió esta pregunta en el
título de uno de sus valiosos libros sobre el tema. Miembro de la Academia Nacional de
Ciencias Exactas, Físicas y Naturales e investigador de las aplicaciones de la
informática en la educación, el experto opina que los beneficios de la automatización
"dependen fundamentalmente de cómo se aplican y con qué criterio se utilizan".
Aludiendo directamente a la escuela, afirma que la mera presencia de las máquinas no hace
que éstas se conviertan en instrumento educativo.
Las computadoras preparadas de antemano,
"frente a las cuales los alumnos se ven dominados y programados por una sucesión de
preguntas y respuestas estereotipadas bajo el manto de una aparente e ilusoria situación
de participación", son para Reggini un espejismo que se esfumará cuando parezca que
el objetivo, el crecimiento personal e intelectual, se encuentra al alcance de la mano.
Para ejemplificar, recurrió a uno de los relatos de "Las mil y una noches": El
náufrago es recogido en una embarcación gobernada por un hombre de metal. Se deja
conducir por el extraño barquero sin decir palabra, atento a la advertencia recibida
durante un sueño. Tras larga y silenciosa travesía, el protagonista se llena de
entusiasmo al ver que están aproximándose a la costa. Pero entonces la barca y el hombre
metálico se esfuman y él vuelve a quedar a merced de las aguas.
El ilusorio barquero metálico, en este caso,
obviamente, es la computadora.
Casi obsesionado por la idea de ese espejismo, que
no cesa, me venían a la memoria esos cartelitos pensados para padres ingenuos: "Se
enseña computación". Creo que jamás leí una frase más ambigua y absolutamente
vacía. Y pensaba en silencio: no quisiera verme en la encrucijada -léase papelón- de
tener que explicar ante un grupo de profesionales de la educación qué significa
realmente "enseñar computación". Pero no quería abandonar la búsqueda. Para
descubrir qué hacer con la computadora en la escuela, cuándo y cómo hacerlo, tenía que
aventar rápidamente la frase vacía.
Entonces vino en mi auxilio el Premio Nobel de
Física en 1969, el científico norteamericano Murray Gell-Mann, a quien le gusta
convertir sus mejores hallazgos en metáforas. Algún día Gell-Mann se había puesto a
pensar lo mismo que nosotros, y al evaluar lo que se ha hecho hasta ahora con las
computadoras publicó: "La enseñanza en el siglo XX viene a ser como llevarlo a uno
al mejor restaurante del mundo y obligarlo luego a comerse el menú". Sí. En lugar
de la comida, ingerir el papel donde se escriben los nombres y precios de los manjares.
Para ampliar esta idea fui a buscar a un precursor
de los ordenadores personales y fundador del Centro de Investigación de Palo Alto, el
doctor Alan C. Kay. Lo encontré en mis bases de datos digitalizadas. Claro que éstas
nacieron de muchos libros leídos, de esos que quedan llenos de crucecitas, subrayados y
recuadros.
Kay explicó la metáfora de Gell-Mann con estas
palabras: "Las representaciones de las ideas han sustituido a las ideas. A los
alumnos se les enseñan los descubrimientos de manera superficial, cuando el camino
acertado sería ayudarlos a descubrir por sí mismos".
Y me di cuenta de que es muy natural que los sabios
estén de acuerdo en lo esencial, cuando leí otra vez a Horacio Reggini: "El papel
primordial de la computadora en una función imaginativa y original debería ser el de un
elemento que se entrega al estudiante para que él mismo descubra y experimente, y no el
de un instrumento que se proporciona al maestro o profesor para facilitarle la
enseñanza".
Por allí andaba John Dewey (viejo conocido de todo
maestro que se precie) haciendo su pronóstico : "Los niños de las ciudades de
nuestro tiempo participarán sólo en el aprendizaje de las formas y no de los contenidos
de la actividad humana. Pensemos en la experiencia diferente entre una niña que juega a
ser la enfermera de su muñeca y la de otra que cuida a un ternero vivo en una
granja". ¡Qué hermoso tema para discutir durante el recreo!
"Hay que estimular el espíritu crítico",
prosigue Alan Kay, mientras sostiene que "el cambio se ha acelerado con tal rapidez
que lo que una generación aprende en la infancia no sirve ya, veinte años después, en
su edad adulta". En otras palabras, tenemos que asimilar nuevas maneras de
interpretar el mundo.
Fascinado por esta idea, se me ocurrió que el siglo
XXI, seguramente, debe de estar esperando de nosotros un aula nueva, no tanto en el
sentido edilicio del término sino en la connotación conceptual respecto de las actitudes
y actividades de docentes y alumnos. Y será mejor que nos preparemos desde ahora. Hay
señales gravísimas que nos dicen que esto está haciendo mucha falta.
Pero Seymour Papert, como sabemos, discípulo de
Piaget, volvió nuevamente en mi auxilio, y lo dijo más claro aún en su reciente libro
"La máquina de los niños". Al replantearse la educación en la era de los
ordenadores, Papert, actualmente catedrático de Investigación del Aprendizaje en el
Massachusetts Institute of Technology (MIT) y codirector del Laboratorio de Inteligencia
Artificial, asegura que nos encontramos en el umbral de una revolución del
aprendizaje.
Sin considerar el tema ni medianamente agotado, me
di cuenta de que apenas andaba recorriendo una parte del "qué hacer". El
desafío del "cómo hacerlo" nos está esperando. Yo me anoto para esta
revolución pacífica, y para el aula nueva del siglo XXI, que deberá ser tan amplia como
todo el globo terráqueo. Y más. Ya veremos. |