Nota de Tapa

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¿Estaremos dispuestos a escuchar?

© Carlos Alberto Estévez

¡Qué profundo habrá sido el desencuentro! ¡Qué sensación de fracaso destila cada una de las páginas de ese libro! ¡Cuánta soledad al descubierto, hoy todavía!

Pero, aún así, valía la pena leerlo. Era necesario beber hasta la última gota de acíbar que derrocha, porque a través de tanta desilusión y de tanta crítica queda planteado, con crudeza, sin atenuantes, un tema que ningún responsable de la educación debería borrar de su agenda perpetua: la necesidad de asegurar una comunicación permanente entre padres y maestros, entre padres e hijos, entre maestros y alumnos. Comunicación que no signifique meras notificaciones, sino que incluya diálogo verdadero, intercambio de ideas, comprensión, aceptación y entendimiento.

Quien haya sido alumno y luego maestro y también padre confirmará que el libro Educación y bocas cerradas, una ecuación que no da, de Ana Ferrari Pintos, está llamando la atención sobre un hecho que existe, que es objetivo y que se repite mucho más de lo que cualquiera de nosotros desearía.

Desde el título hasta la última línea trasunta un conflicto muy difícil de superar en la mayoría de los casos, y que surge cuando una de las partes calla, ya sea por temor o por ignorancia, o cuando alguno de los vértices del triángulo educativo, vestido con guardapolvo o sin él, pretende imponer sus convicciones, designios, caprichos o errores recurriendo a cualquiera de las formas de la prepotencia.

La autora es madre de cuatro hijos que cursaron la escuela primaria, luego la secundaria y, finalmente, llegaron a la universidad. En el desarrollo de tres dolorosos capítulos relata, año tras año, curso tras curso, enojo tras enojo, con envidiable memoria, despojada de cualquier atisbo de versación literaria, siquiera gramatical, las experiencias propias y de sus hijos con la escuela, con las maestras y con la dirección del establecimiento en el que siguieron sus estudios. Una penosa y rutinaria seguidilla de tribulaciones, matizada por escasísimos momentos de felicidad.

Ferrari Pintos admite, en las primeras páginas y otras veces a lo largo del libro, impreso en Córdoba por Ediciones Grafonauta, que no es estudiosa ni experta en las ciencias de la educación. De todos modos es madre y, como tal, protagonista del hecho educativo. Desde esa óptica dedica otros tres capítulos, dos iniciales y uno final, a exponer sus propias convicciones sobre la materia, para terminar afirmando que "es necesario abandonar el silencio temeroso y cada uno desde el lugar que ocupe dentro del sistema, atreverse a hablar y opinar, única manera posible de intentar un cambio en la tarea sin fin de educar y aprender".

Si el tema no fuera tan convocante, se correría el riesgo de desechar esa lectura cuando se advierte que, en cualquiera de los relatos, el personaje que ocupa el banquillo de los acusados siempre es el mismo (la maestra) y que todo se presenta a través de una sola óptica: la de quien escribe, aunque auxiliada por una variada bibliografía, que va desde el Martín Fierro hasta el Nuevo Testamento, pasando por Ortega y Gasset, Florencio Escardó, Miguel Cané y Quino.

Sin embargo, detrás del entretejido de anécdotas escolares en las que, tal como están relatadas, se advierte un notable predominio de la rigidez, permanece la sustancia. Tamizada la superposición y mezcla de observaciones y críticas, que no llegan a justificar la generalización, queda visible el valor de este alegato, que puede resumirse en un llamado a deliberar, en forma permanente y conjunta, sobre cómo perfeccionar y poner en práctica los conceptos de autoridad sin autoritarismo, de aceptación sin debilidad, de respeto sin sumisión, de educación sin mediocridades.

Habría dejado más enseñanzas un texto en el que los conflictos pudieran leerse relatados por cada una de las partes: madre, padre, hija, hijo, maestra, directora...

¡Qué efectivo aporte a la comprensión general haría un trabajo que ofreciera todos los puntos de vista, aunque ninguno de ellos perteneciera al dueño de la verdad! Porque, como se sostiene en el libro, "esta diferencia es la que nos nutre y hace crecer cuando nos sacudimos el exceso de egoísmo y estamos dispuestos a escuchar al otro".

En la presentación editorial se asegura que la autora "no pretende lapidar sino sólo construir". ¡No se esperaba otra cosa! Ella misma se pregunta "quién puede medir lo que otro ser humano merece".

Igualmente, aun sin juzgar la intención ni los propósitos de Ferrari Pintos, el lector sabrá lo que siente en cada pasaje.

Pero, sea lo que fuere, cada vez que tome el libro no podrá dejar de posar la vista en el dibujo de la tapa, que es, tal vez, la mejor síntesis, el grito de alerta más elocuente: en el patio de una escuela, mamá, papá y la señorita rodean al hombre del futuro. El matrimonio tiene los ojos vendados y la maestra mira para otro lado, mientras el chico ha perdido la expresión de su rostro.


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