Si hay 27 jugadores anotados para un torneo
eliminatorio de tenis, ¿cuántos partidos deberán jugarse?
Algo perplejos, los chicos miran al profesor y
comienzan a calcular: en la primera rueda se enfrentarán 13 contra 13 y uno estará
libre. Hasta entonces se habrán jugado 13 partidos y quedarán en competición 14
jugadores. Y, con la ansiedad multiplicada por el tiempo que transcurre, siguen las
cuentas...
Darío ni siquiera toma el lápiz y responde al
momento, con seguridad: "Se jugarán 26 partidos".
El profesor se asombra y lo felicita. ¿Qué pasa
con Darío? ¿Es un genio? Si genio significa -como escribió William James- poco más que
la facultad de percibir de manera no habitual, tal vez sí.
En realidad, sólo enfocó el problema desde otro
ángulo. Todos habían comenzado por el principio. El lo hizo desde el final; y razonó:
cuando todo haya terminado, habrá un ganador; cada partido genera una baja; hay 26
jugadores que deberán perder; resulta obvio que se jugarán 26 partidos. Así de fácil.
La ventaja de Darío no es únicamente la rapidez,
sino también el ahorro de energía en cada trance y la eficiencia con que busca y
encuentra por sí solo el camino para resolver situaciones.
Aunque elemental, la anécdota desemboca en una
pregunta con respuesta cierta: ¿Esa condición intelectual de Darío es innata o puede
adquirirse?
En otras palabras: ¿La capacidad de innovar, la
creatividad, la aptitud para enfrentar desafíos nuevos, la audacia y el ingenio para
encarar caminos inexplorados pueden ser cultivados o sólo es un regalo de nacimiento del
que disfrutan unos pocos privilegiados?
El doctor Ariel H. Guerrero sostiene que cada ser
humano nace con una cuota específica de capacidad creativa sumamente variable. Pero
afirma también que puede acrecentarse mediante un proceso especializado y sistemático de
enseñanza.
"Yo defino esta relación con una fórmula
matemática -amplía el experto-: C=(En)T. Esto significa que la creatividad
(C) será igual al entrenamiento (E) elevado a una determinada potencia (n), que se
multiplica por el talento natural (T)". De la ecuación se desprende que no es tan
relevante el nivel de creatividad genética que un chico pueda manifestar, como la
intensidad y calidad del entrenamiento que se le brinde. "Pero como valor agregado
-completa Guerrero la explicación de su fórmula- es probable que el entrenamiento
desarrolle también el potencial original. Quiero decir que el exponente del entrenamiento
también puede convertirse en exponente del talento natural".
Resumiendo: aunque alguien no lo vea, la creatividad
puede enseñarse y aprenderse. Y también puede quedar sepultada. Depende.
Ariel Guerrero, doctor en química, egresado de la
Universidad de Buenos Aires con medalla de oro, fue profesor titular en las facultades de
Ciencias Exactas, de Ingeniería y de Agronomía y Veterinaria de dicha universidad. Se
desempeñó también en el Colegio Nacional de Buenos Aires, en el Instituto Tecnológico
de Buenos Aires y en la Universidad Argentina de la Empresa. En 1974 ingresó en el
Consejo de Investigaciones Científicas y Técnicas como investigador independiente.
William Blake, autor de "Songs of
innocence" (Cantos de inocencia) y "Songs of experience" (Cantos de
experiencia), escribió entre sus versos esta frase: "Terminó la inocencia, comenzó
la experiencia". Los seres creativos constituyen la excepción de esa polaridad.
"La mejor definición que he visto dice que la creatividad es el armónico matrimonio
entre la inocencia y la experiencia". Frescura juvenil, para que lo obvio siga siendo
el primer paso. Luego, el entrenamiento sistemático.
Después de leer el libro "Curso de
creatividad", de Ariel Guerrero, la inquietud que revive en cualquier círculo atento
a la educación apunta una y otra vez al replanteo de los métodos y, sobre todo, de
algunos objetivos de la enseñanza.
¿Importa más el cuánto o el cómo? ¿Tenemos ante
nosotros a un potencial contenedor de saberes o pretendemos gestar a un auténtico
realizador, que pueda reorganizar esos datos y seguir avanzando por sí mismo?
A pesar de cualquier coyuntura, los años más
valiosos de nuestros hijos transcurren inexorablemente; pero, aunque convengamos en
invertir para el futuro, hay una prioridad insoslayable: la atención especial que los
institutos de formación deben prestar a este desafío, con el fin de que los docentes
desarrollen cada vez más sus aptitudes para enseñar a pensar, analizar y decidir; para
estimular el talento creativo que convierta al conocimiento en algo más que un tesoro
meramente acumulado. |