Nota de Tapa

Índice de esta sección

Portada
Página anterior Página siguiente

Para no defraudar a nuestros hijos

© Carlos Alberto Estévez

_______________________________________________________

Desde todo punto de vista, es impensable un sistema educativo que sea lo que no es el país. Es imposible que el clima de la escuela no sea el reflejo de la Nación en su totalidad.

En otras palabras, no se puede esperar que el proceso de la educación evolucione positivamente en un país que involuciona, que se debate a la deriva en medio de una tormenta generalizada de intrigas; de denuncias que, veraces o no, jamás quedan develadas; de corrupción desembozada o solapada; de silencios culposos, miedosos o mediocres; de declaraciones estériles, de ineptitud.

Mal que nos pese, si un país está enfermo, si una sociedad sufre una patología sintomática en muchos de sus órganos que retrasa su crecimiento, la educación no puede escapar de ese mal. Por falta de liderazgo, de patriotismo o de capacidad; quizás por las tres faltas juntas, en un país con una sociedad enferma se esfuman o se postergan en demasía los proyectos serios, las posibilidades ciertas, las metas deseadas. Al menos, el ciudadano común no puede verlas. Hay demasiado ruido y demasiadas cortinas de humo.

Todo esto va poniendo a la gente cada vez más cerca de lo peor: la desesperanza.

Dentro de este cuadro, la sociedad desconfía de la política, que promete siempre y que luego no cumple; desconfía de la justicia, porque la delincuencia, con guantes blancos o negros, es impune y está mucho más segura que el ciudadano común; desconfía de sus legislaturas, porque el presupuesto que consumen es escandalosamente desproporcionado frente al poder adquisitivo de quienes lo sostienen obligadamente, y porque el espectáculo que ofrecen es deplorable.

Se desconfía también de la policía, porque cada día se siente más desprotección; y necesariamente se desconfía de los gobiernos, porque no pueden, no saben o no quieren impedir todo esto.

En este contexto, ¿es posible creer en el progreso de la educación? ¿Es posible que los chicos y los jóvenes se sustraigan de tanto desconcierto, de tanta desesperanza, de tanto pesimismo?

¿Es posible que en medio de una realidad así los docentes vivan indemnes y puedan alcanzar los más importantes y básicos objetivos por los cuales la escuela existe, y sin los cuales no tiene sentido, como no sea para dilapidar presupuestos cuya rendición de cuentas jamás llega?

Si es cierto que la educación ocupa el primer puesto en la lista de prioridades, es imperioso recordar que se educa más con el ejemplo que con la palabra. No podemos defraudar a nuestros hijos. Es urgente que cada uno, desde cualquier espacio que ocupe en la sociedad, trabaje para que los jóvenes no pierdan la esperanza y puedan desarrollarse con la certeza de que los proyectos serios son posibles.

_______________________________________________________


Ir al tope de la página
Recuerde que para reproducir nuestros textos debe obtener autorización expresa
Portal en español de turismo de aventura, deportes y ecoturismo en Iberoamérica

Ir a la portada de la revista © El Tercer Tiempo - Todos los derechos reservados  Comuníquese con nosotros para lo que necesite
Editada en Buenos Aires - Argentina