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Desde todo punto de vista, es impensable un sistema
educativo que sea lo que no es el país. Es imposible que el clima de la escuela no sea el
reflejo de la Nación en su totalidad.
En otras palabras, no se puede esperar que el
proceso de la educación evolucione positivamente en un país que involuciona, que se
debate a la deriva en medio de una tormenta generalizada de intrigas; de denuncias que,
veraces o no, jamás quedan develadas; de corrupción desembozada o solapada; de silencios
culposos, miedosos o mediocres; de declaraciones estériles, de ineptitud.
Mal que nos pese, si un país está enfermo, si una
sociedad sufre una patología sintomática en muchos de sus órganos que retrasa su
crecimiento, la educación no puede escapar de ese mal. Por falta de liderazgo, de
patriotismo o de capacidad; quizás por las tres faltas juntas, en un país con una
sociedad enferma se esfuman o se postergan en demasía los proyectos serios, las
posibilidades ciertas, las metas deseadas. Al menos, el ciudadano común no puede verlas.
Hay demasiado ruido y demasiadas cortinas de humo.
Todo esto va poniendo a la gente cada vez más cerca
de lo peor: la desesperanza.
Dentro de este cuadro, la sociedad desconfía de la
política, que promete siempre y que luego no cumple; desconfía de la justicia, porque la
delincuencia, con guantes blancos o negros, es impune y está mucho más segura que el
ciudadano común; desconfía de sus legislaturas, porque el presupuesto que consumen es
escandalosamente desproporcionado frente al poder adquisitivo de quienes lo sostienen
obligadamente, y porque el espectáculo que ofrecen es deplorable.
Se desconfía también de la policía, porque cada
día se siente más desprotección; y necesariamente se desconfía de los gobiernos,
porque no pueden, no saben o no quieren impedir todo esto.
En este contexto, ¿es posible creer en el progreso
de la educación? ¿Es posible que los chicos y los jóvenes se sustraigan de tanto
desconcierto, de tanta desesperanza, de tanto pesimismo?
¿Es posible que en medio de una realidad así los
docentes vivan indemnes y puedan alcanzar los más importantes y básicos objetivos por
los cuales la escuela existe, y sin los cuales no tiene sentido, como no sea para
dilapidar presupuestos cuya rendición de cuentas jamás llega?
Si es cierto que la educación ocupa el primer
puesto en la lista de prioridades, es imperioso recordar que se educa más con el ejemplo
que con la palabra. No podemos defraudar a nuestros hijos. Es urgente que cada uno, desde
cualquier espacio que ocupe en la sociedad, trabaje para que los jóvenes no pierdan la
esperanza y puedan desarrollarse con la certeza de que los proyectos serios son posibles.
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