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Hay que bajarse del columpio
y cerrar los libros de cuentos

© Carlos Alberto Estévez

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No te confundas, amigo lector. No empiezo a buscar la felicidad con este escrito. Todos estamos haciéndolo desde el primer suspiro; y creo que nueve meses antes ya nos movíamos en esa dirección; pero de aquellos lejanos esfuerzos no tenemos conciencia. Por lo tanto, es como si no hubiesen existido. Pero existieron.

No me propongo anunciarte ahora la felicidad como un regalo, ni ofrecerte la resignación u otro bálsamo que pueda provenir de afuera y consumirse en dosis reguladas para sobrevivir. No creo que la felicidad llegue, necesariamente, a través del dolor o del sacrificio, ni tampoco que éste la quite en homenaje a la fatalidad.

No creo que sea renunciamiento lo que hace falta, ni maniobras de distracción. No creo que, inequívocamente, la risa la denote; ni que el llanto denote su ausencia en todos los casos. No creo que pueda predicarse.

Tampoco te hablaré de cerrar los ojos a la vida terrenal para que dejes media realidad fuera de tu vida. La Tierra tiene su propia fuerza de gravedad y nos retiene. ¡Maravilloso! Los sentidos no son nuestros enemigos. También a través de ellos leemos a cada rato mensajes que se descifran a la luz de pequeños retazos de verdad armados a fuerza de sueños e intuiciones confirmadas.

Creo que no serás feliz si te olvidas de que tienes cuerpo. Creo también que no serás feliz si te olvidas de que tu cuerpo es sólo una parte de ti.

Mi propósito no es tampoco conducirte a la felicidad, sino exponer aquí, a mi juicio y apoyándome en los mojones de un camino recorrido, aunque nunca terminado, algunas pistas que me señalan en qué consiste, dónde está, qué es y cuáles son los pasos que habría que dar para encontrarla; o para que no se escape.

Casi todos los buenos cuentos para niños terminan premiando al protagonista por tantos y tantos sufrimientos y desventuras que ha debido soportar a través de sus páginas, regalándole en la última, sobre el final, una felicidad inexpugnable y continua. Pero ésos son cuentos. Y los cuentos no son la realidad, aunque ésta esconde al sentido común sus perfiles más hermosos que terminan, víctimas de una miopía generalizada, confundidos con utópicos finales de cuentos para niños.

No es la primera vez que me pregunto por la felicidad. De eso sí recuerdo:

Tenía yo siete años y era feliz. ¿O no? Objetivamente no lo sabía aún. Y me parece que lo ignoraba, que no pensaba en ella, porque nunca me había sentido infeliz. Cosas de la dialéctica.

Nada más seguro que lo que se tiene, para saber lo que falta. Aquel día, que todavía no ha dejado de existir para mí, estaba jugando en el patio de la casa y por alguna razón busqué a mamá. No la encontré en la cocina y fui al dormitorio. La sorprendí sola, llorando.

Al principio fue una sorpresa enorme. Después sentí dolor. Le pregunté si lloraba y me contestó que no. ¡Pero estaba llorando! Luego quise saber por qué tenía los ojos colorados y si no eran lágrimas lo que le salía, pero no me lo dijo.

El silencio es, a veces, como un duende que entona al oído melodías sagradas y elocuentes. Es la magia que viene a visitarnos y nos habla cuando las palabras sobran porque hay un corazón cerca del nuestro latiendo en la misma frecuencia. En otras ocasiones, el silencio es como un trozo de hielo en la espalda.

Aquella fue la primera vez que recuerdo haber tenido conciencia de que se puede estar triste. Sentía frío en la espalda.
Mamá se repuso enseguida y tuve la gracia de verla contenta durante muchos años. Pero ese día, tal vez, después de la sorpresa, comencé a recorrer un largo camino cuyo tramo final muchos jamás alcanzan.

A veces el error está en pensar que los caminos deben terminar. Me uní a la multitudinaria peregrinación del género humano en busca de uno de los objetivos más compartidos en toda era, civilización o comunidad. Porque no creo que subsistan dudas. Más que el dinero y el poder, más que la gloria y la fama, la aspiración más votada en todos los tiempos, pasados, presentes y futuros, ha de ser la felicidad: ¡Feliz cumpleaños! ¡Feliz Navidad! ¡Felices Pascuas! ¡Que sea con felicidad! ¡Que la felicidad los acompañe siempre! Ecos que suenan en todas las reuniones, en todas las fiestas, en todos los hogares, y que se multiplican por los años que lleva el hombre sobre la Tierra.

Claro que éstas son frases que, como todo lo que se repite, han venido desgastándose a través de los siglos y el peligro es que de ellas sólo quede una fórmula vacía, en el mejor de los casos portadora de un mensaje inmeditado de lo que se está diciendo.

El lenguaje tiende siempre esa trampa. Las palabras se cargan de un sentido rígido y universal, enlatado en la necesidad que tiene la lógica humana de clasificarlo todo en compartimientos bien estancos, que no cambien para que los matices individuales no la desorienten. Otras veces, a través de algún orificio abierto por el uso, van perdiendo su sentido hasta convertirse en moldes vacíos, obedientes a los formulismos, a las reglas sociales, a lo que corresponde y queda bien, a lo que no desatará críticas adversas; cerrados al pensamiento consciente, al resultado de una convicción propia.

De todas maneras, conviene aclarar desde el principio que, si hemos sido creados por un Dios infinitamente justo y bondadoso, no hay razones para pensar que nos negó el derecho de ser felices, aunque lo hayamos olvidado. Tampoco las hay para quien no crea en un Dios.

A partir de ese principio, comienzan las búsquedas febriles y los hallazgos misteriosos. A veces, algunos momentos parecen borrar toda posibilidad de creer que la oportunidad de ser es verdaderamente nuestra. Otras, cedemos al llamado seductor de los espejismos, que son aquéllos detrás de los cuales no encontramos nada, cuando no se impone el prejuicio de creer que la felicidad es para todos la misma cosa.

Amamos a un amigo, a un hijo, a una mujer o a un hombre; y deseamos que sea feliz. Pero, aun en el mejor de los casos, buscamos para ese "otro" lo que la felicidad es para nosotros, sin estar seguros de saberlo a ciencia cierta. Pero -y esto es peor- sin saber con certeza qué significa la felicidad para el ser que amamos, si es que éste, a su vez, ya consiguió averiguarlo.

El dinero, el poder, la gloria y la fama, y tantos otros anhelos que puedan existir, se conciben casi inconscientemente como medios para alcanzar aquel premio dorado que un día se escapó de nuestro libro de cuentos y fue a parar vaya uno a saber adónde.

Es algo atávico y visceral. Son reclamos al futuro. Abrazos a la esperanza de una posibilidad sin garantía.

El jugador empedernido sabe que será feliz algún día. Nunca hoy. Vive amarrado a la promesa de un billete, de una ruleta o de una carta. Cuando el azar elija la bolilla justa, todos los males de este mundo se meterán en la galera del destino disfrazado de mago.

El político sabe que será feliz cuando el fallo de las urnas lo siente sobre el almohadón supuestamente cómodo del poder (¿poder qué?). El artista o cualquier hombre público que ha depositado en la pluma de los críticos especializados -demasiado generoso e indolente- la posibilidad de escapar de las garras de todo sinsabor, ha firmado con esa decisión un cheque en blanco para que otro administre su propia felicidad.

Sin embargo, bien comprobado está que el dinero no hace la felicidad; ni tampoco la fama, ni el poder o la gloria. Pero alguna sirena canta desde la cima de esos valores para que todos los hombres y mujeres corran tras ellos a buscar el sueño perdido, aunque muchos que vuelven ya cansados del trajín les cuenten, con desilusión, que más allá de aquella luz irresistible... no había nada.

Y hasta el amor emite señales tan confusas que muchos lo buscan y hasta lo fabrican o lo compran para ser sus dueños, para ser felices. Pero resulta que, abstraídos en su afán, equivocados, apresurados, se aferran, tal vez por necesidad, a una caricatura grotesca que promete, sin haber comprendido que el amor verdadero, con mayúsculas, el único amor que existe, por muchos sinónimos, distinciones, categorías, adjetivos y eufemismos que se le endosen, es un sentimiento tan esencial a la condición humana que resulta, paradójicamente, capaz de sobrevivir al tiempo y al espacio.

El amor no es algo que se busca, ni se consigue ni se fabrica con esfuerzo; y mucho menos se puede exigir o comprar. Es la parte divina del hombre; un hallazgo prodigioso; un toque de Dios. Sólo llega y es. Incondicional e inevitable. No es necesario -ni se debe- aprobarlo, ni condenarlo, ni predicarlo. Si comienza, te darás cuenta. No le pidas nada. Y si se acaba es porque nunca comenzó: apenas fue un equívoco, una impostura, un error apresurado, un disfraz del egoísmo o de la insensatez; o un atajo desesperado para escapar de la muerte.

¿Dónde está y qué es, entonces, la felicidad?

Volviendo a mi experiencia, claro que cuando vi a mi madre llorar me puse triste, nada más; pero yo creía que había descubierto la infelicidad. Y, como intentaré demostrarlo, la infelicidad y la tristeza, a mi juicio, son dos cosas bien diferentes. Sin embargo, comencé a preguntarme cómo ser feliz todo el día, qué es la felicidad, dónde está, cómo se pierde y qué hay que hacer para alcanzarla. Cada mañana, al despertarme, me revisaba interiormente para ver si era feliz. Me preguntaba si podría aguantar feliz hasta la noche o qué otro llanto cambiaría la página de mi libro de cuentos.

Ahora sé que todos alguna vez decidimos subirnos a un columpio. O alguien nos sube. Yo lo hice ese día. Y nadie vuelve a bajarse. Nos pasamos la vida forzando el trasero contra la tabla; flexionando y extendiendo con fuerza las piernas para aumentar la velocidad del movimiento. Arriba y abajo. Adelante y atrás. Cada vez que la cara mira al cielo, el columpio parece detenerse un instante. Nos ponemos impacientes. No quisiéramos que baje. Pero lo hace. Y nos lleva hacia atrás con fuerza. Ahora miramos el suelo. Tenemos que sostenernos fuertemente para no deslizarnos sobre el asiento lustroso. Otro instante interminable, casi eterno. Las manos se crispan aferradas a las cadenas tensas.

Así pasamos de la alegría a la tristeza. Así es el día y la noche, el invierno y el verano; la proximidad y la distancia; el bien y el mal; la belleza y el horror; y todo lo que navega en la dimensión del tiempo y del espacio. Es así una parte del orden natural inevitable; pero sólo una parte, a mi modo de ver.

Ora miramos el cielo, lleno de luz y de colores vivos. Los ojos brillantes reflejan un arco iris infinito. El cabello se echa atrás y despeja la frente acariciada por el viento. Una emoción positiva, un regalo, una noticia esperada, un buen negocio, un día de primavera, un ascenso en el empleo, una ansiada sonrisa imprevista, unos ojos que te miran, empujan el columpio hacia arriba. Casi podemos tocar el cielo con las manos. La vida parece detenerse y casi nunca recordamos que en una fracción de segundo todo cambiará. Pero cambia.

Los que piensan que no ocurrirá así, sienten que el estómago se les va a la boca cuando comienza el descenso. Los que saben que bajará y no están dispuestos a tolerarlo, se pierden el placer de paladear ese segundo de gloria pensando que se acaba. Casi siempre.

Ora el abismo está a nuestros pies. Una decepción, la pérdida de un ser querido, un instante de silencio que sabe a hielo en las vértebras, una enfermedad, un dolor de muelas, un deseo incumplido o la sopa fría, nos ponen de espaldas al Sol. La vista se clava en la tierra y el vértigo se vuelve indescriptible. Es la sensación de caer. Pero también pasa. Todo pasa.

Sin embargo, con frecuencia la gente cree -o siente- que el columpio quedará detenido en esa posición y esta vez no está dispuesta a tolerar que se detenga. En este caso, entonces, la felicidad es un cuento. La única solución parecería consistir en dar por terminado todo. Cerrar el libro.

Y conste que el suicidio no está cumplido sólo cuando un ser desesperado concede la muerte a su propio cuerpo en un acto de absoluta negación de lo posible. Conozco muchos suicidados que todavía arrastran su humanidad física bien sana por las calles vacías de un mundo lleno de fantasmas; son autómatas que cumplen las leyes de una biología absurda hundida en el contrasentido de no tener un horizonte propio; sus pasos siguen las huellas de un camino que lleva a la extinción inexorable. Y, tal vez, ni se dan cuenta, porque su mal no queda registrado en las ecografías.

Por lo común, nos entregamos ciegamente al movimiento incesante del columpio vital. Nos creemos que eso es todo. El péndulo incansable de un secreto reloj señala el tiempo de reír y el tiempo de llorar. Entonces, a veces, somos infelices y, a veces, no. En ocasiones nos damos cuenta de que éramos felices cuando ya no lo somos. Nos pasamos la vida añorando el tiempo que se fue, sin percatarnos del que nos resta. Pero el falso consuelo que nos queda es que nada es culpa nuestra. No tenemos arte ni parte. Y dejamos en manos de la inercia, atada a las cadenas del péndulo, como nuestras manos crispadas, mezclada entre horarios, ambiciones y reclamos al destino, confundida entre la risa y el llanto... nada menos que la felicidad.

También tenía yo siete años cuando tuvimos que viajar a Córdoba debido al trabajo de mi padre. Para mí era todo un acontecimiento. Mi primer viaje largo parecía el éxodo hacia la felicidad. Los días previos a la partida me parecían interminables. Mi ansiedad no tenía límites y mi deseo de que llegara ese día era algo que hasta me quitaba el sueño. Tal vez desde entonces jamás pude dormir bien antes de un viaje.

Pero, una vez en Córdoba. poco tiempo transcurrió antes de que comenzara a desear estar en casa. Extrañaba mi dormitorio, mis juguetes, la piecita del fondo, el portón y la verja. La parecita del medidor de luz, a la que nos subíamos con mi hermano mayor para mirar hacia la esquina cuando era la hora de que papá llegara del trabajo, me parecía un tesoro inestimable y yo lo sentía perdido.

Empecé a no poder dormir pensando en el portón de la casa y en la parecita del medidor. Otras noches la imagen correspondía a la piecita del fondo, donde habían quedado mis juguetes más preciados: un xilófono chiquito y un rompecabezas que la abuela me había regalado cuando tuve el sarampión. De vez en cuando le tocaba el turno a la bicicleta que nos habían traído los Reyes Magos dos años antes.

Con estas ideas me dormía, seguramente después de haber llorado. Porque entonces nadie sabía a ciencia cierta si volveríamos alguna vez a nuestra casa.

Añoraba el pasado. Y más tarde, ya en casa, el pasado sería Córdoba. Era una cuestión de tiempo. Tal vez haya encontrado, después de armar este rompecabezas, el modo de reconciliarme con él. Quizás el mejor premio al esfuerzo de andar y desandar los días sea una clepsidra nueva para burlar las presiones del columpio. Vale la pena probar.

Y vuelvo a preguntarme una y mil veces: ¿Es que no puede concebirse la felicidad como una constante, como un derecho ejercido a despecho del péndulo?

Dos años antes de aquel episodio con mi madre, no estaba yo aún preparado para hacerme tantas preguntas. Aún no me había subido al columpio o, lo que es lo mismo, no había tomado conciencia de ese vaivén aparentemente insoslayable.

Un día nos dijeron que había muerto el abuelo. Que se había ido al Cielo. Corrimos con mi hermano mayor muy contentos al jardín y estuvimos media mañana mirando las nubes para ver si el abuelo pasaba. ¡Pero no pasaba!

Discurrimos largamente sobre si se habría ido a conocer otra parte del firmamento (porque eso era el Cielo para nosotros) o si estaría mirándonos escondido detrás de esta o de aquella nubecita que el viento arrastraba lentamente en una fría mañana de junio.

La abuela lloraba y se cubría la cara con una redecilla negra, inexplicable. Todos se vistieron de luto y apagaron la música. Había silencio y hacía frío en la casa. Pero yo sabía que el abuelo corría al Sol entre las nubes.

Suponía que por las noches andaría saltando de una estrella a otra y se sentaría a leer el diario a la luz de la Luna. Al fin de cuentas ya no tenía que estar todo el tiempo en la cama, que era tan feo. ¿A quién le gustaba en aquellos años estar en la cama?

Sí. La abuela lloraba. Pero igual yo seguía tan contento.

En realidad, como yo lo veo ahora, cuando murió el abuelo no era tan feliz pero creía que sí. Cuando vi llorar a mamá, en cambio, me encontraba un paso más cerca de la felicidad pero aún no me había dado cuenta.

Aunque suene a paradoja, espero demostrarlo, algún día, cuando aprenda.

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Editada en Buenos Aires - Argentina