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"La relación profunda se
ha hecho una especie en extinción, el individuo está fragmentado en una gama de
relaciones parciales y circunscritas, y la vida consiste en una especie de ademanes y
posturas incoherentes", escribió Kenneth Gergen, tratando de dibujar uno de los mil
confusos rostros de la inconfundible cultura posmoderna, en "El yo saturado".
Más adelante, dejaría sentada
en esa misma obra una verdad que a uno le puede doler (y le duele) a cada paso, cada día,
en cualquier momento: "Todo intento de autenticidad o toda búsqueda sincera de una
finalidad se torna vacía, una mera postura que la refinada conciencia desbaratará como
se pincha un globo".
Es que, por si alguien no se ha
dado cuenta, estamos viviendo en el reino de la posmodernidad, definida como la época del
desencanto, del fin de las utopías, de la ausencia de los grandes proyectos que
descansaban en la idea de progreso. Y los que no tienen un título de propiedad en este
territorio, igual están viviendo en él, mal que les pese, con un equipo de supervivencia
sin garantías.
Es una época de naufragio,
donde vive una nueva generación que nació cansada de confiar en la razón y, por lo
tanto, desconfía del concepto de obediencia. Una época en la que sus protagonistas,
natural y físicamente jóvenes, apuestan a la absolutización de la libertad, sin mirar
para atrás o para arriba, sin importar el más allá, aunque sea mañana mismo. ¿Quién
promete el mañana?
El presente es el tiempo real,
sin límites. Todo es ahora. Todo está bien (¿nunca escuchó decirlo?), y no importa
qué es todo; importa que sea ahora, porque ha desaparecido la certeza de una
trascendencia, ahogada en un mar de sentimientos de insignificancia y de vacío. "No
sé lo que quiero, pero lo quiero ya" cantaba el falso ídolo Luca Prodán.
La escuela no se escapa de este
escenario. No podría hacerlo. Vive desgarrada entre maestros que dudan de sus certezas y
chicos tan seguros de sus propias dudas. Vive la crisis de los modelos que se diluyen, de
la relación cotidiana, de lo que se puede, de lo que se elige, de lo que vale la pena.
Vive el riesgo de tornarse inválida ante la crisis de la invalidez total.
Y los educadores tienen muchas
razones para creer que la dimensión de su papel se empequeñece. Viven, disimuladamente o
no, un estado de ansiedad que se traduce en las grandes dificultades para establecer
límites, en la crisis de valores, en un diálogo entorpecido, en acciones agresivas que
generan reacciones esencialmente idénticas, en la búsqueda del facilismo, en la apatía,
en la indiferencia. Y lo peor, la soledad...
Y aunque nos duela, aunque la
esperanza pugne por alejarse, lo mejor que se puede hacer positivamente es tratar de
comprender, sin condenar. Y más que eso: tratar de aprender, sin claudicar.
Pero... ¿hay razones para la
esperanza?, ¿sigue siendo posible e importante educar?
El doctor Julio César Labaké,
después de analizar minuciosamente y con innegable objetividad estos síntomas, ha dado
una respuesta contundente, y la convirtió en el título de su libro: "Es posible
educar".
Su obra, más que un ensayo, es
una tesis, y más que un canto de esperanza, es una revalorización de la razón desatada
del prejuicio; una razón que sepa que no puede ser la medida absoluta de todo ni el poder
absoluto sobre todo; una razón que no se reduzca, como dice el autor, "a una
intelectualización estéril, disociada de la experiencia total de las pulsiones
humanas".
Y no eludió la validez de la
prueba. Once preguntas convertidas en una encuesta con todas las características que
exige un instrumento de medición confiable demuestran que hay dos imágenes; que al
observar al adolescente, "no siempre estamos atentos para percibir detrás de los
gestos. ¡O todos los gestos!". Demuestran que podríamos estar mirando a través de
un prisma que distorsiona bastante, y que en esa disparidad podría estar la clave para
retomar la iniciativa.
Sería imposible resumir aquí
los resultados en su totalidad, pero veamos una muestra: el 83,66 % de los chicos
encuestados respondió negativamente cuando se les preguntó si realmente quieren que sus
padres y educadores les dejen hacer todo lo que se les ocurra. Las expectativas de los
adultos fueron otras. Se les planteó a docentes y padres la misma pregunta, para que
opinaran sobre cuál sería la respuesta de los chicos. El 55 % se inclinó a pensar que
sería afirmativa.
Al responder en qué fallan más
frecuentemente las familias, el 52,41 % de los chicos opinó que "dan demasiada
libertad", el 24,74 % señaló que "dan poca libertad", y el 22,54 %
señaló la "falta de diálogo y comunicación".
Bastará tomarse el trabajo de
analizar por completo la compulsa, para no resistir la tentación de leer y releer los
capítulos posteriores, que podrán ser motivo de opiniones diversas, pero que emanan, sin
duda, de una prolongada experiencia, de una búsqueda tenaz y de una fe inquebrantable en
la educación.
"Los chicos nos están
reclamando el ejercicio de la autoridad y el planteo de límites -afirma Labaké-. No
están haciendo la apología del 'todo es igual, nada es mejor'. Sólo hay grupos
minoritarios que llegan a esas posiciones."
Los enfoques que propone el
autor pueden servir a padres y docentes en dificultades para encontrar nuevos espacios de
acción y mecanismos de acercamiento más eficientes.
Julio César Labaké cita una
frase que Francoise Doltó escribió en "La causa de los adolescentes". Lo hace
antes de llegar a la mitad de su trabajo, aunque podría haber servido, por su
profundidad, como epígrafe: "Los adolescentes son adolescentes, pero no son locos.
Hay una capacidad de cordura que nos sorprende cada vez que el ámbito de convivencia les
permite actuar". Convendría releer esto varias veces.
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