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La época del desencanto, de la
ausencia de grandes proyectos

© Carlos Alberto Estévez

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"La relación profunda se ha hecho una especie en extinción, el individuo está fragmentado en una gama de relaciones parciales y circunscritas, y la vida consiste en una especie de ademanes y posturas incoherentes", escribió Kenneth Gergen, tratando de dibujar uno de los mil confusos rostros de la inconfundible cultura posmoderna, en "El yo saturado".

Más adelante, dejaría sentada en esa misma obra una verdad que a uno le puede doler (y le duele) a cada paso, cada día, en cualquier momento: "Todo intento de autenticidad o toda búsqueda sincera de una finalidad se torna vacía, una mera postura que la refinada conciencia desbaratará como se pincha un globo".

Es que, por si alguien no se ha dado cuenta, estamos viviendo en el reino de la posmodernidad, definida como la época del desencanto, del fin de las utopías, de la ausencia de los grandes proyectos que descansaban en la idea de progreso. Y los que no tienen un título de propiedad en este territorio, igual están viviendo en él, mal que les pese, con un equipo de supervivencia sin garantías.

Es una época de naufragio, donde vive una nueva generación que nació cansada de confiar en la razón y, por lo tanto, desconfía del concepto de obediencia. Una época en la que sus protagonistas, natural y físicamente jóvenes, apuestan a la absolutización de la libertad, sin mirar para atrás o para arriba, sin importar el más allá, aunque sea mañana mismo. ¿Quién promete el mañana?

El presente es el tiempo real, sin límites. Todo es ahora. Todo está bien (¿nunca escuchó decirlo?), y no importa qué es todo; importa que sea ahora, porque ha desaparecido la certeza de una trascendencia, ahogada en un mar de sentimientos de insignificancia y de vacío. "No sé lo que quiero, pero lo quiero ya" cantaba el falso ídolo Luca Prodán.

La escuela no se escapa de este escenario. No podría hacerlo. Vive desgarrada entre maestros que dudan de sus certezas y chicos tan seguros de sus propias dudas. Vive la crisis de los modelos que se diluyen, de la relación cotidiana, de lo que se puede, de lo que se elige, de lo que vale la pena. Vive el riesgo de tornarse inválida ante la crisis de la invalidez total.

Y los educadores tienen muchas razones para creer que la dimensión de su papel se empequeñece. Viven, disimuladamente o no, un estado de ansiedad que se traduce en las grandes dificultades para establecer límites, en la crisis de valores, en un diálogo entorpecido, en acciones agresivas que generan reacciones esencialmente idénticas, en la búsqueda del facilismo, en la apatía, en la indiferencia. Y lo peor, la soledad...

Y aunque nos duela, aunque la esperanza pugne por alejarse, lo mejor que se puede hacer positivamente es tratar de comprender, sin condenar. Y más que eso: tratar de aprender, sin claudicar.

Pero... ¿hay razones para la esperanza?, ¿sigue siendo posible e importante educar?

El doctor Julio César Labaké, después de analizar minuciosamente y con innegable objetividad estos síntomas, ha dado una respuesta contundente, y la convirtió en el título de su libro: "Es posible educar".

Su obra, más que un ensayo, es una tesis, y más que un canto de esperanza, es una revalorización de la razón desatada del prejuicio; una razón que sepa que no puede ser la medida absoluta de todo ni el poder absoluto sobre todo; una razón que no se reduzca, como dice el autor, "a una intelectualización estéril, disociada de la experiencia total de las pulsiones humanas".

Y no eludió la validez de la prueba. Once preguntas convertidas en una encuesta con todas las características que exige un instrumento de medición confiable demuestran que hay dos imágenes; que al observar al adolescente, "no siempre estamos atentos para percibir detrás de los gestos. ¡O todos los gestos!". Demuestran que podríamos estar mirando a través de un prisma que distorsiona bastante, y que en esa disparidad podría estar la clave para retomar la iniciativa.

Sería imposible resumir aquí los resultados en su totalidad, pero veamos una muestra: el 83,66 % de los chicos encuestados respondió negativamente cuando se les preguntó si realmente quieren que sus padres y educadores les dejen hacer todo lo que se les ocurra. Las expectativas de los adultos fueron otras. Se les planteó a docentes y padres la misma pregunta, para que opinaran sobre cuál sería la respuesta de los chicos. El 55 % se inclinó a pensar que sería afirmativa.

Al responder en qué fallan más frecuentemente las familias, el 52,41 % de los chicos opinó que "dan demasiada libertad", el 24,74 % señaló que "dan poca libertad", y el 22,54 % señaló la "falta de diálogo y comunicación".

Bastará tomarse el trabajo de analizar por completo la compulsa, para no resistir la tentación de leer y releer los capítulos posteriores, que podrán ser motivo de opiniones diversas, pero que emanan, sin duda, de una prolongada experiencia, de una búsqueda tenaz y de una fe inquebrantable en la educación.

"Los chicos nos están reclamando el ejercicio de la autoridad y el planteo de límites -afirma Labaké-. No están haciendo la apología del 'todo es igual, nada es mejor'. Sólo hay grupos minoritarios que llegan a esas posiciones."

Los enfoques que propone el autor pueden servir a padres y docentes en dificultades para encontrar nuevos espacios de acción y mecanismos de acercamiento más eficientes.

Julio César Labaké cita una frase que Francoise Doltó escribió en "La causa de los adolescentes". Lo hace antes de llegar a la mitad de su trabajo, aunque podría haber servido, por su profundidad, como epígrafe: "Los adolescentes son adolescentes, pero no son locos. Hay una capacidad de cordura que nos sorprende cada vez que el ámbito de convivencia les permite actuar". Convendría releer esto varias veces.

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Editada en Buenos Aires - Argentina