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Siempre nos acordamos después

Aquel ansiado objetivo que
se nos escapó de las manos

© Carlos Alberto Estévez

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Durante el ciclo lectivo actual, han sido ya demasiado reiterados los episodios en los que colegios, escuelas y universidades de distintos puntos de nuestro país han visto interrumpido el curso normal de sus actividades a causa de la sublevación de sus alumnos, que sin medir las consecuencias de los métodos que aplican (obviamente por la inconmensurable falta de formación que han recibido hasta ahora), enfrentan a sus directivos, los insultan, ocupan las instalaciones, interrumpen el tránsito y llegan hasta perpetrar la agresión física.

El Colegio Carlos Pellegrini, dependiente de la Universidad de Buenos Aires, se convirtió, durante un lapso incomprensiblemente prolongado, en uno de los escenarios más alarmantes de estos hechos deplorables, ya que el desacato de los adolescentes fue acompañado también -y estimulado-, en un alarde insuperable de carencia total de responsabilidad, por un puñado de docentes y de padres.

Estaríamos equivocados si comenzáramos presuponiendo que este desquicio es una desgracia que se circunscribe a nuestro país. Al margen del mal ejemplo y de la incitación que reinan en el medio local, al enfocar esta penuria tengamos en cuenta que el mundo es ya una aldea global; y así como se expanden los "reality shows", se generalizan también las desviaciones de cualquier naturaleza.

Hace ya algunos años, los despachos noticiosos provocaron gestos de estupor en más de un avezado seguidor de noticias, al relatar lo ocurrido en una escuela del bosque de Capodimonte, cerca de Nápoles. La agencia ANSA informaba que una maestra de ese establecimiento había requerido la ayuda de los carabineros como último recurso para restaurar el orden y la disciplina, quebrantados ya por completo.

Se trata de una escuela de enseñanza elemental, donde la edad de los alumnos oscila entre los ocho y los diez años. A pesar de su breve existencia, estos chicos protagonizaban constantemente episodios de violencia que llegaron a encender señales de alarma en todo el vecindario, especialmente en el personal de la escuela, periódicamente agredido a pedradas u obligado a sofocar pequeños incendios, entre otros desmanes.

Como era de esperar, un buen día se colmó el vaso, lo que equivale a decir que la maestra asumió su propia impotencia y decidió convertir el conflicto en un asunto policial.

La actuación del cuerpo de seguridad, naturalmente, atrajo la curiosidad periodística, lo que derivó en nuevas situaciones lamentables, ya que fotógrafos y camarógrafos fueron recibidos con insultos y otras agresiones.

La investigación llevó al director, al cuerpo docente y al personal auxiliar a prestar declaraciones en medio de un sumario destinado a garantizar la seguridad colectiva, puesta en peligro por chicos que no superaban aún la primera etapa de su escolaridad, en la que las experiencias de vida marcan patrones de conducta muy difícilmente modificables.

Un experto educador y ex funcionario público en el área educativa explica que habría que desandar mucho tiempo y muchos errores para encontrar la génesis de lo que, finalmente, termina siendo una noticia que da la vuelta al mundo a través de las redes informativas. Pero su experiencia de muchos años de gestión le sirve para señalar que la llegada a esos extremos marca el punto en el que ya no hay retorno fácil ni gratuito (tal vez no haya retorno) a un clima de convivencia.

Después del escándalo que provocan los desbordes a partir de la pérdida de autoridad, de un lado y del otro quedan heridas muy difícilmente cauterizables. Es el instante en que, rotos los cauces normales de contención, la situación se torna altamente inmanejable, no para las fuerzas de seguridad, sino para quienes deberán tratar de recuperar, a partir de allí, aquel ansiado objetivo que se les escapó de las manos.

Aquí también afrontamos casos extremos que constituyen el triste final de un camino, insospechadamente fácil de alcanzar si el docente, la dirección, y también los padres, no están suficientemente preparados para prevenirlo.

El clima escolar deseable no es, a estas alturas, un objetivo que los maestros pueden lograr mediante la repetición de patrones cristalizados desde la infancia (del tipo de "esto era lo que a mí me hacían") o arraigados a través de una asimilación inconsciente de modelos pedagógicos dignos del olvido.

En su libro "La disciplina en el aula", editado por Santillana, David Fontana proporciona a los docentes que edifican hoy las aulas del siglo XXI muchas pautas que vale la pena conocer.

Al sostener que la conducta es la resultante de los movimientos de dos agentes, el alumno y el profesor, en un contexto determinado, Fontana aboga por una interpretación inteligente de la conducta del chico y por la comprensión, por el profesor, del hecho de que su propia conducta adquiere suma importancia: es la única que está bajo su control directo y, una vez modificada, puede convertirse en un instrumento útil.

"Una necesidad constante de todo chico es llamar la atención", subraya como una de las causas de las dificultades, para explicar seguidamente lo que él llama el "condicionamiento operante". La conducta recompensada (atención lograda - necesidad satisfecha) tiende a repetirse y se asocia en la mente del individuo con sensaciones de placer y con emociones positivas, mientras que la conducta carente de recompensa se asocia con emociones negativas y tiende a evitarse.

Ciertas formas de comportarse suelen lograr la atención buscada y, por lo tanto, se repetirán. Quien no sea consciente de esto, puede terminar estimulando, sin darse cuenta, las respuestas que menos desearía recibir.

Probar los límites sería el segundo gran motivo de los disparadores de actitudes indeseables. Fontana advierte que "gran parte de las conductas son exploratorias" y que el maestro consciente de esto y capaz de despertar en sus alumnos una cuota de autorresponsabilidad puede obtener éxitos insospechados.

La sucesión de propuestas pedagógicas que se ofrecen en este trabajo, orientadas a resolver uno de los temas que en mayor grado determinan el éxito o el fracaso en el aula, merecen la lectura atenta, la prueba, el intercambio de opiniones, tal vez mucho más que la disputa por la redacción de un plan de estudios, sujeto, como siempre debió estarlo, a una evolución constante.

Una frase para no olvidar fue vertida por un psiquiatra infantil de indudable experiencia en el tema. Para que se entienda uno de los mecanismos inconscientes que llevan a una conducta indeseada, expresó: "Si no me ayudan a distinguirme por algo positivo que yo pueda hacer, de todos modos descollaré, aunque muera en el intento. Ya verán".

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Editada en Buenos Aires - Argentina