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Durante el ciclo lectivo actual,
han sido ya demasiado reiterados los episodios en los que colegios, escuelas y
universidades de distintos puntos de nuestro país han visto interrumpido el curso normal
de sus actividades a causa de la sublevación de sus alumnos, que sin medir las consecuencias de
los métodos que aplican (obviamente por la inconmensurable falta de formación que han
recibido hasta ahora), enfrentan a sus directivos, los insultan, ocupan las instalaciones,
interrumpen el tránsito y llegan hasta perpetrar la agresión física.
El Colegio Carlos Pellegrini,
dependiente de la Universidad de Buenos Aires, se convirtió, durante un lapso
incomprensiblemente prolongado, en uno de los escenarios más alarmantes de estos hechos
deplorables, ya que el desacato de los adolescentes fue acompañado también -y
estimulado-, en un alarde insuperable de carencia total de responsabilidad, por un puñado
de docentes y de padres.
Estaríamos equivocados si
comenzáramos presuponiendo que este desquicio es
una desgracia que se circunscribe a nuestro país. Al margen del
mal ejemplo y de la incitación que reinan en el medio local, al enfocar esta penuria
tengamos en cuenta que el mundo es ya una aldea global; y así como se expanden
los "reality shows", se generalizan también las desviaciones de
cualquier naturaleza.
Hace ya algunos años, los
despachos noticiosos provocaron gestos de estupor en más de un avezado seguidor de
noticias, al relatar lo ocurrido en una escuela del bosque de Capodimonte, cerca de
Nápoles. La agencia ANSA informaba que una maestra de ese establecimiento había
requerido la ayuda de los carabineros como último recurso para restaurar el orden y la
disciplina, quebrantados ya por completo.
Se trata de una escuela de
enseñanza elemental, donde la edad de los alumnos oscila entre los ocho y los diez años.
A pesar de su breve existencia, estos chicos protagonizaban constantemente episodios de
violencia que llegaron a encender señales de alarma en todo el vecindario, especialmente
en el personal de la escuela, periódicamente agredido a pedradas u obligado a sofocar
pequeños incendios, entre otros desmanes.
Como era de esperar, un buen
día se colmó el vaso, lo que equivale a decir que la maestra asumió su propia
impotencia y decidió convertir el conflicto en un asunto policial.
La actuación del cuerpo de
seguridad, naturalmente, atrajo la curiosidad periodística, lo que derivó en nuevas
situaciones lamentables, ya que fotógrafos y camarógrafos fueron recibidos con insultos
y otras agresiones.
La investigación llevó al
director, al cuerpo docente y al personal auxiliar a prestar declaraciones en medio de un
sumario destinado a garantizar la seguridad colectiva, puesta en peligro por chicos que no
superaban aún la primera etapa de su escolaridad, en la que las experiencias de vida
marcan patrones de conducta muy difícilmente modificables.
Un experto educador y ex
funcionario público en el área educativa explica que habría que desandar mucho tiempo y
muchos errores para encontrar la génesis de lo que, finalmente, termina siendo una
noticia que da la vuelta al mundo a través de las redes informativas. Pero su experiencia
de muchos años de gestión le sirve para señalar que la llegada a esos extremos marca el
punto en el que ya no hay retorno fácil ni gratuito (tal vez no haya retorno) a un clima
de convivencia.
Después del escándalo que
provocan los desbordes a partir de la pérdida de autoridad, de un lado y del otro quedan
heridas muy difícilmente cauterizables. Es el instante en que, rotos los cauces normales
de contención, la situación se torna altamente inmanejable, no para las fuerzas de
seguridad, sino para quienes deberán tratar de recuperar, a partir de allí, aquel
ansiado objetivo que se les escapó de las manos.
Aquí también afrontamos casos
extremos que constituyen el triste final de un camino, insospechadamente fácil de
alcanzar si el docente, la dirección, y también los padres, no están suficientemente
preparados para prevenirlo.
El clima escolar deseable no es,
a estas alturas, un objetivo que los maestros pueden lograr mediante la repetición de
patrones cristalizados desde la infancia (del tipo de "esto era lo que a mí me
hacían") o arraigados a través de una asimilación inconsciente de modelos
pedagógicos dignos del olvido.
En su libro "La disciplina
en el aula", editado por Santillana, David Fontana proporciona a los docentes que
edifican hoy las aulas del siglo XXI muchas pautas que vale la pena conocer.
Al sostener que la conducta es
la resultante de los movimientos de dos agentes, el alumno y el profesor, en un contexto
determinado, Fontana aboga por una interpretación inteligente de la conducta del chico y
por la comprensión, por el profesor, del hecho de que su propia conducta adquiere suma
importancia: es la única que está bajo su control directo y, una vez modificada, puede
convertirse en un instrumento útil.
"Una necesidad constante de
todo chico es llamar la atención", subraya como una de las causas de las
dificultades, para explicar seguidamente lo que él llama el "condicionamiento
operante". La conducta recompensada (atención lograda - necesidad satisfecha) tiende
a repetirse y se asocia en la mente del individuo con sensaciones de placer y con
emociones positivas, mientras que la conducta carente de recompensa se asocia con
emociones negativas y tiende a evitarse.
Ciertas formas de
comportarse suelen lograr la atención buscada y, por lo tanto, se repetirán. Quien no
sea consciente de esto, puede terminar estimulando, sin darse cuenta, las respuestas que
menos desearía recibir.
Probar los límites sería el
segundo gran motivo de los disparadores de actitudes indeseables. Fontana advierte que
"gran parte de las conductas son exploratorias" y que el maestro consciente de
esto y capaz de despertar en sus alumnos una cuota de autorresponsabilidad puede obtener
éxitos insospechados.
La sucesión de propuestas
pedagógicas que se ofrecen en este trabajo, orientadas a resolver uno de los temas que en
mayor grado determinan el éxito o el fracaso en el aula, merecen la lectura atenta, la
prueba, el intercambio de opiniones, tal vez mucho más que la disputa por la redacción
de un plan de estudios, sujeto, como siempre debió estarlo, a una evolución constante.
Una frase para no olvidar fue
vertida por un psiquiatra infantil de indudable experiencia en el tema. Para que se
entienda uno de los mecanismos inconscientes que llevan a una conducta indeseada,
expresó: "Si no me ayudan a distinguirme por algo positivo que yo pueda hacer, de
todos modos descollaré, aunque muera en el intento. Ya verán".
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