_______________________________________________________
Hay dos desafíos en nuestro
tiempo que desvelan a los especialistas de la educación. La caducidad del conocimiento y,
paralelamente, su multiplicidad.
Alan C. Kay, precursor de los
ordenadores personales, fundador del centro de investigación de Palo Alto, nos pone a
todos de acuerdo cuando dice que "lo que una generación aprende en la infancia no
sirve ya, veinte años después, en su edad adulta".
Esto significa que nadie puede
poner su certificado de estudios en un marco y creer que terminó la carrera, porque es
posible que, en cuestión de horas, sus conocimientos estén empezando a caducar.
Primer desafío: ¿cómo puede
afrontar la escuela el ímpetu vertiginoso con que el conocimiento va quedando superado?
En un estudio reciente se
comparó la evolución de la población mundial en los últimos 1500 años con el aumento
del caudal de conocimientos de la humanidad. Así quedó demostrado que, en ese lapso, la
cantidad de seres humanos aumentó 50 veces, mientras que el cúmulo de información se
multiplicó, al menos, por diez millones. En otras palabras: a través del tiempo, el
conocimiento aumenta 200.000 veces más rápido que la población.
Segundo desafío: ¿Puede
subsistir en la actualidad una metodología de enseñanza fundada sobre una base
memorística? ¿Qué debe hacer el sistema educativo para sobreponerse a este fenómeno
tan perceptible todavía?
Es necesario cambiar el esquema
mental del educador y del estudiante, acostumbrados a la fórmula dar-recibir. Ésta es la
primera respuesta. Olvidémonos de ese esquema y enseñémosles a manejar la información.
Que el alumno sepa, además de qué buscar, cómo hacerlo. Lo que los chicos memoricen,
caducará. La destreza que adquieran para obtener nuevos conocimientos, no. Eso es lo que
les servirá siempre.
Un avance sustancial sería que
la universidad impulse y lidere proyectos educativos destinados a transformar los
conceptos, los métodos y las técnicas de enseñanza en la escuela elemental.
Porque no basta con revisar los
programas de estudio con el fin de modificar o actualizar sus contenidos. Esto sería como
correr detrás de un objetivo que siempre estará escapándose. Las destrezas son las que
importan. Hay que poder hacer un diagnóstico y una evaluación de resultados que no midan
únicamente los contenidos asimilados sino también los niveles de destreza alcanzados por
los estudiantes".
¿Pero es, acaso, la tecnología
la que viene a resolver el drama de un sistema educativo que se enfrenta con resultados no
deseados?
Por supuesto que no. Únicamente
un proyecto serio y creativo, elaborado con una comprensión cabal de las exigencias que
plantea nuestro tiempo, es el que puede darle sentido al uso de la tecnología.
La condición más decisiva es
que la tecnología sea considerada como una herramienta. Hemos visto muchos proyectos
funcionando y luego, en un punto, se caen. ¿Por qué? Porque dejaron fuera a la gente.
Hay que ser muy crítico ante la tecnología. El maestro y los estudiantes deben
permanecer incorporados en el proceso de planificar los trabajos y producir sus propios
proyectos educativos.
El educador, en su lugar
El docente es protagonista, es
el diseñador; pero no se espera que el estudiante hable únicamente al final, para decir
"no me gustó".
Hay que conjugar el talento
natural del docente y el de los estudiantes poniendo en funcionamiento una verdadera
comunidad educativa. Hay que preguntarles qué necesitan, saber cómo experimentan tal o
cual estrategia de trabajo; mostrarles cómo es que nos proponemos que aprendan;
necesitamos trabajar con ellos en un proceso de interacción.
De este modo los chicos toman
conciencia de que existe un proceso educativo funcionando con ellos y para ellos; trabajan
entusiasmados junto al maestro. Y la escuela se torna eficiente.
_______________________________________________________ |