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Buscando claves para que
la escuela se torne eficiente

© Carlos Alberto Estévez

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Hay dos desafíos en nuestro tiempo que desvelan a los especialistas de la educación. La caducidad del conocimiento y, paralelamente, su multiplicidad.

Alan C. Kay, precursor de los ordenadores personales, fundador del centro de investigación de Palo Alto, nos pone a todos de acuerdo cuando dice que "lo que una generación aprende en la infancia no sirve ya, veinte años después, en su edad adulta".

Esto significa que nadie puede poner su certificado de estudios en un marco y creer que terminó la carrera, porque es posible que, en cuestión de horas, sus conocimientos estén empezando a caducar.

Primer desafío: ¿cómo puede afrontar la escuela el ímpetu vertiginoso con que el conocimiento va quedando superado?

En un estudio reciente se comparó la evolución de la población mundial en los últimos 1500 años con el aumento del caudal de conocimientos de la humanidad. Así quedó demostrado que, en ese lapso, la cantidad de seres humanos aumentó 50 veces, mientras que el cúmulo de información se multiplicó, al menos, por diez millones. En otras palabras: a través del tiempo, el conocimiento aumenta 200.000 veces más rápido que la población.

Segundo desafío: ¿Puede subsistir en la actualidad una metodología de enseñanza fundada sobre una base memorística? ¿Qué debe hacer el sistema educativo para sobreponerse a este fenómeno tan perceptible todavía?

Es necesario cambiar el esquema mental del educador y del estudiante, acostumbrados a la fórmula dar-recibir. Ésta es la primera respuesta. Olvidémonos de ese esquema y enseñémosles a manejar la información. Que el alumno sepa, además de qué buscar, cómo hacerlo. Lo que los chicos memoricen, caducará. La destreza que adquieran para obtener nuevos conocimientos, no. Eso es lo que les servirá siempre.

Un avance sustancial sería que la universidad impulse y lidere proyectos educativos destinados a transformar los conceptos, los métodos y las técnicas de enseñanza en la escuela elemental.

Porque no basta con revisar los programas de estudio con el fin de modificar o actualizar sus contenidos. Esto sería como correr detrás de un objetivo que siempre estará escapándose. Las destrezas son las que importan. Hay que poder hacer un diagnóstico y una evaluación de resultados que no midan únicamente los contenidos asimilados sino también los niveles de destreza alcanzados por los estudiantes".

¿Pero es, acaso, la tecnología la que viene a resolver el drama de un sistema educativo que se enfrenta con resultados no deseados?

Por supuesto que no. Únicamente un proyecto serio y creativo, elaborado con una comprensión cabal de las exigencias que plantea nuestro tiempo, es el que puede darle sentido al uso de la tecnología.

La condición más decisiva es que la tecnología sea considerada como una herramienta. Hemos visto muchos proyectos funcionando y luego, en un punto, se caen. ¿Por qué? Porque dejaron fuera a la gente. Hay que ser muy crítico ante la tecnología. El maestro y los estudiantes deben permanecer incorporados en el proceso de planificar los trabajos y producir sus propios proyectos educativos.

El educador, en su lugar

El docente es protagonista, es el diseñador; pero no se espera que el estudiante hable únicamente al final, para decir "no me gustó".

Hay que conjugar el talento natural del docente y el de los estudiantes poniendo en funcionamiento una verdadera comunidad educativa. Hay que preguntarles qué necesitan, saber cómo experimentan tal o cual estrategia de trabajo; mostrarles cómo es que nos proponemos que aprendan; necesitamos trabajar con ellos en un proceso de interacción.

De este modo los chicos toman conciencia de que existe un proceso educativo funcionando con ellos y para ellos; trabajan entusiasmados junto al maestro. Y la escuela se torna eficiente.

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Editada en Buenos Aires - Argentina