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Los chicos argentinos miran
televisión, en promedio, durante cinco horas diarias. Así lo indica una estadística
elaborada mediante una encuesta que se realizó entre padres y maestros de todo el país.
El conocimiento de este dato no
puede dejar insensible a quien, de un modo u otro, esté relacionado con la educación. De
hecho, seguramente nadie ha quedado ajeno al desafío estimulante que proponen los medios
visuales y existen diversas posiciones adoptadas al respecto.
Están los que, premeditadamente
o no, se identifican con una frase que implica abiertas o disimuladas censuras (al menos,
deseadas) y que sigue siendo demasiado escuchada en los comentarios cotidianos:
"Deberían prohibir...".
En otro ángulo, encontramos a
docentes que se muestran desconcertados e inermes ante el poder de convocatoria que la
televisión ha ganado entre la juventud. Para ellos, los efectos de la pantalla chica son
contraproducentes y echan por tierra, inevitablemente, cualquier esfuerzo de los
educadores.
Tienen también un lugar
prominente los que han consagrado sus mejores energías a luchar contra el flagelo de una
televisión supuestamente disociadora. Ellos declararon una guerra total contra todo lo
que, a su juicio, degrade las costumbres de las nuevas generaciones y están dispuestos a
presentar batalla en cualquier terreno hasta destruir aquello que seduzca a la juventud
con modelos que sean considerados pulverizadores de los mejores principios de la sociedad.
¿Cuál es el remedio?
Los cortocircuitos entre
educación y televisión resultan innegables. También debería admitirse que, echando una
mirada panorámica y general, la televisión en su totalidad no asumió, todavía, como
una de sus más grandes posibilidades y responsabilidades, la de contribuir real y
efectivamente con la educación.
Sin embargo, quienes están a
favor de prohibir no tuvieron en cuenta, seguramente, que lo vedado se reviste
automáticamente con una pátina de incitación doblemente atractiva para todos, y
especialmente para los chicos, sin analizar lo que este recurso contiene de contrario al
espíritu que hoy anima a las sociedades democráticas, y sin advertir tampoco que no
estarían administrando un remedio de fondo a la cuestión; apenas un paliativo enojoso
que sólo duraría hasta la consiguiente y segura derogación.
Quienes se declaran impotentes,
sencillamente deberían dejar paso a otros mejor inspirados y preparados.
En cuanto al propósito de los
simpatizantes de los planes de lucha, se puede decir que no deja de ser loable, por
cierto, pero quienes se suscriben a la guerra olvidaron algo importante: que las palabras,
aunque no sean más que palabras, se estampan como consignas en el espíritu tierno de un
chico. Se graban a fuego.
Hoy se lucha por la vida, se
lucha contra la droga, contra el SIDA y contra el cólera. Se lucha contra la pobreza,
contra la discriminación, contra la inflación y hasta se lucha contra el colesterol.
Siempre se nos plantea una necesidad vital, casi primitiva, de luchar contra algo.
En el deplorable naufragio de la
creatividad y del discurso, provocado quizás por un espíritu de lucha demasiado
arraigado o, tal vez, por la incapacidad para encontrar otras imágenes, otras actitudes,
otras metodologías más sabias y más eficaces, se ha llegado a plantear la más
ininteligible de todas las incongruencias; la necesidad de luchar por la paz.
En síntesis, la juventud
termina, entonces, aprendiendo que no hay mejor virtud ni más alto valor que la lucha.
Sólo necesita elegir un enemigo y arremeter contra él. Después nos escandalizaremos.
Pero falta mencionar una cuarta
actitud. La de quienes no hablan de lucha ni de guerra, pero se ocupan del asunto,
trabajan incansablemente, multiplican su saber y su creatividad para encontrar soluciones
armoniosas, más profundas y más permanentes.
Ellos encaran el más
dificultoso de los caminos, que casi siempre es el más acertado. Propugnan, básicamente,
que la libertad no se marchite y que la energía no se consuma en batallas sino en actos
de crecimiento. Se proponen mirar con los chicos la pantalla y ayudarlos a desarrollar su
espíritu crítico, de tal manera que la oferta indiscriminada se depure naturalmente, se
perfeccione y se autorregule frente a una demanda selectiva y pensante.
No luchan. Trabajan con todos.
Juegan con los chicos y les enseñan a discernir, a juzgar y a elegir; incentivan a los
maestros, para que cooperen en la formación de seres con auténtico poder de decisión;
asesoran a los padres, para que la televisión no sea chupete electrónico sino un moderno
recurso educativo; suscitan la atención del periodismo, para que acompañe a la sociedad
en esta inversión a largo plazo; comprometen, finalmente, la acción de los productores,
de los actores, de los publicitarios y de las empresas. Porque en esta sublime ocupación
de mejorar el mañana, nadie puede estar en contra de nadie. Podemos dejar de luchar.
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