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"La función de la escuela
es la de abrir posibilidades; educar es adaptarse a los niños; seleccionar es querer
adaptar a los niños a la sociedad; enseñar, en un auténtico sentido, es tratar de que
todos tengan éxito; seleccionar supone esperar que algunos fallen", escribió el
educador francés Albert Jacquard, como una síntesis digna de profunda reflexión, al
ocuparse de los resultados de la educación.
Jamás dejarán de tener
vigencia estos desafíos intelectuales; no porque las aseveraciones deban ser aceptadas
sin más, como si alguien hubiese descubierto alguna vez la piedra filosofal, sino porque
son sólo ellos -los desafíos- los que pueden mantener despierta la inquietud de
pedagogos, psicólogos, sociólogos y hasta economistas y empresarios, cuando por todas
partes se escucha hablar del fracaso escolar, a tal punto que ha llegado a ocupar los
primeros planos en la preocupación y en el reproche de cuantos conviven (¿y quién no?)
con el sistema educativo.
Definiciones como las de
Jacquard sirven como un punto de apoyo constante para un debate que no debería ahogarse,
impotente, en un mar de silencio frente a ciertas estadísticas y a lo que ellas suponen
como indicador del rendimiento y calidad de los sistemas educativos: el fracaso escolar.
Antes que nada, "¿quién
es el que fracasa?", se pregunta José Blat Gimeno, distinguido educador español de
gran experiencia, en un libro titulado "El fracaso escolar en la enseñanza primaria:
medios para combatirlo", editado en Suiza por la Unesco.
¿Quién es el que fracasa? Una
pregunta que sólo podría dejar de lado quien temiera seguir en busca de alguna verdad.
Gimeno califica el fracaso escolar como una expresión ambigua y busca precisiones
mediante preguntas que encierran en sí mismas las respuestas: "¿Fracasa el alumno,
el maestro, la escuela, el sistema educativo?".
En "Educación creativa y
futurismo", el educador español E. P. Torrance afirma: "Hay un lamento muy
difundido según el cual los niños de las escuelas de hoy no aprenden tanto como
aprendían en el pasado y a la vez que no son tan inteligentes como lo eran antes. El
error está, en que no se comprende debidamente que han cambiado las necesidades, los
textos, los métodos de enseñanza y los fines de la educación".
Esta afirmación deja de ser
declamatoria, cuando Roger Girod reflota, en "Política educacional: lo ilusorio y lo
posible", una investigación efectuada en Suiza. Las pruebas tomadas entre 1881 y
1913 demostraron lo siguiente: en 1881 fue calificado como absolutamente insuficiente el
27 %. En 1896, el 9, y en 1913, el 5.
Para Blat Gimeno, el desencanto,
la desilusión en torno de la educación radica, en buena parte, en que se depositaron
esperanzas desmedidas en su potencialidad, en particular como instrumento de movilidad y
de promoción social, sin tener en cuenta sus limitaciones intrínsecas.
Habría que replantear el
interrogante en torno de las finalidades de la escuela primaria para ver si la
selectividad (aplazos, promociones) es congruente con dichos objetivos. El principio
fundamental debería ser estimular y ayudar al alumno a dar de sí cuanto es capaz.
Esto significa, para el experto,
que no se debería esperar que todos alcancen un nivel estándar de formación, ni que lo
hagan a la misma edad.
Blat Gimeno no discute la
necesidad de la evaluación, pero advierte que, si se la convierte en una prioridad, se
desequilibra el proceso organizativo escolar. Sostiene que las calificaciones, como las
cifras sobre abandono y repetición, no pasan de ser indicadores parciales del rendimiento
de la enseñanza en su conjunto.
Al profundizar sobre el fracaso,
sin aditamentos, distingue los factores internos y externos, para dejar bien en claro que,
a su juicio, no fracasa sólo el escolar, sino el sistema.
"Ningún sistema educativo
será superior al nivel de sus maestros, que no son reemplazables por medio ni tecnología
alguna" -avanza- para referirse luego, al abordar las dificultades de la formación
docente, a las propias materias pedagógicas como "uno de los peores males". El
autor sostiene que existe un divorcio entre las teorías pedagógicas que se exponen y el
método empleado para su enseñanza.
En cuanto a los programas,
subraya como factores negativos su uniformidad y obligatoriedad, su carácter
enciclopédico, la falta de pertinencia, utilidad y valor formativo de determinados
conocimientos exigidos.
Como los medios más eficaces
para combatir el fracaso, señala la educación y colaboración de los padres y la
orientación escolar y personal, que debería ir más allá de un simple diagnóstico y
preparar al alumno para tomar decisiones no sólo frente a lo escolar, sino también en
cuestiones personales.
Asimismo, aconseja salvar la
desconexión existente entre los centros de investigación docente y la propia escuela.
Los métodos de evaluación también son observados. Si ésta se extiende a la escuela, a
sus elementos personales, organizativos y materiales -afirma-, será mucho más compleja,
pero también más eficaz.
Una de sus más llamativas
conclusiones es que el retraso que algunas de las investigaciones ponen de manifiesto es
más aparente que real. "Es difícil aceptar que los chicos y adolescentes de ahora
saben menos que los de años y décadas anteriores. Posiblemente están menos preparados
en determinados aspectos de los programas escolares, pero su ámbito de saberes es más
extenso".
El debate, centrado en lo
pedagógico, será fructífero.
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