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El protagonista de esta nota
podría ser su hijo, o mi hijo; su alumno, o mi alumno. Quizás podríamos haber sido Ud.
o yo cuando éramos pequeños. Comenzó sus estudios primarios con un psicodiagnóstico
previo que dio resultados normales, aunque la experiencia posterior sería muy diferente.
Al tiempo de iniciadas las
clases, los padres fueron citados y se les sugirió cambiarlo a una escuela "menos
exigente". No es demasiado difícil imaginar el efecto de ese lenguaje encriptado y
desconcertante para un matrimonio que creía haber elegido la institución más confiable
y encontraba sólo un rígido pedido de alejamiento.
Si lo decimos sin subterfugios, la
escuela había comprobado que era un "chico problema". Para que el ciclo lectivo
se pueda desarrollar sin alteraciones con grupos de 25, 30 o más alumnos, con horarios
regulares y programas y metodologías de estudio estandarizadas, los chicos tienen que
alcanzar un grado de normalidad,
si entendemos como tal las pautas de conducta y las condiciones de aprendizaje de la
mayoría.
Lo que se aleje de esa franja
media genera situaciones inmanejables y, por lo tanto, no deseadas. Las escuelas no pueden
ni quieren retener a un alumno así. Deciden "sacárselo de encima en beneficio del
conjunto".
Desde el día siguiente, los
docentes tienen un problema menos, los padres una negra sombra de preocupación y el chico
un sentimiento de rechazo no satisfactoriamente explicado y muy difícilmente superable,
como se verá.
Transferido nuestro pequeño
personaje a otra escuela supuestamente menos exigente, los padres debieron comparecer ante
otros docentes, en otro despacho, para escuchar un libreto parecido. "Este
establecimiento no es para su hijo. Les recomendamos una escuela de recuperación".
Con una dosis de angustia que
iba en ascenso, hicieron un nuevo intento en otra institución, de cuyos directivos
escucharían un discurso similar: "Observada la evolución de su hijo, hemos llegado
a la conclusión de que lo más aconsejable es que lo inscriban en algún colegio en el
que las exigencias de estudio no sean tan elevadas".
A esa altura, la tribulación de
los padres era mayúscula. Estaban aprendiendo penosamente a interpretar aquel lenguaje.
"Le conviene buscar otra escuela" se traduce por "no queremos que su hijo
sea nuestro alumno"; pero la conclusión lacerante es: "Nuestro hijo debe de
tener una deficiencia" (aunque en ninguna de las escuelas en las que fue rechazado se
les dijera claramente cuáles eran las razones, causas o motivos, presuntamente porque ni
siquiera habían sido averiguados o establecidos; simplemente, "no era normal").
Todavía les faltaba a esos
padres recorrer algunas estaciones más de su largo vía crucis para
descubrir otro mensaje implícito, que difícilmente (jamás) será admitido: "No
somos capaces de enfrentarnos al desafío de educar a su hijo".
Después de haberse visto
obligados a retirarlo del cuarto templo de la educación, entre los que se
incluyen instituciones estatales y de gestión privada, les quedaban pocas dudas acerca de
algo: el hijo amado era deficiente,
y no se encontraba un lugar en el que fuera recibido con afecto y con solvencia
profesional. Esto, que parecía una evidencia, era una conclusión errónea o, por lo
menos, ambigua, ya que no existía un diagnóstico serio que se les hubiera proporcionado.
Entonces lo pusieron bajo
tratamiento psicológico particular. Ese recurso significó otra frustración, ya que la
relación del chico con su terapeuta fue deplorable y terminó en un nuevo fracaso.
Esta historia, aunque
extraordinariamente resumida (porque la amplitud del sufrimiento supera las palabras y el
tiempo), es absolutamente verídica. En contraste con las películas en las que se aclara
que cualquier parecido con personajes o situaciones reales es pura coincidencia, en este
caso los hechos son verdaderos, aunque los nombres se mantienen y mantendrán en reserva
para preservar la intimidad de un menor que ha padecido demasiado las deficiencias del
sistema, y porque el propósito de esta nota de tapa no es crucificar sino ayudar a
reflexionar sobre una situación que se repite.
El abandono del cuarto
establecimiento educativo ocurrió tras lo que fue definido en uno de los informes
elaborado posteriormente por profesionales especializados, como "una encarnizada
lucha de la escuela para lograr que el chico no estuviese más allí".
El drama parecía insoluble.
Cuatro psicodiagnósticos posteriores, efectuados por cuerda separada, coincidieron en
señalar un conflicto afectivo del que se derivaban, como consecuencia, dificultades de
aprendizaje.
¿Estamos ante una confusión
semántica o ante un prejuicio?;
¿analizamos el caso de un chico deficiente o el de un chico diferente, con dificultades
que puede superar?; ¿está preparada la mayoría de nuestras escuelas para afrontar las
diferencias?; ¿hay respuestas inmediatas y no traumáticas para los chicos que son
distintos?; ¿la dedicación docente personalizada tiene que ser una excepción, o es
cierto que cada ser humano tiene una singularidad que lo hace único entre sus semejantes?
Finalmente, el protagonista de
este calvario se golpeaba la cabeza y le decía a su maestra: "Soy un tonto, todos
pueden y yo no".
Sin embargo, se pudo encontrar
el ámbito, muy difícil de hallar, por cierto, en el que se le brinda una asistencia
pedagógica adecuada y, sobre todo, se trabaja para devolverle algo que no le faltaba el
primer día de su escolaridad; algo que se le había quitado dolorosamente: la confianza
en sí mismo y la seguridad de ser aceptado.
Su nueva maestra aseguró por
escrito que "tiene muy buen nivel de inteligencia y que puede aprender como todos sus
compañeros". Los trastornos de conducta se atenúan y ha vuelto a integrarse
socialmente. "Atiendo un grupo de ocho alumnos -dice la docente-. Puedo conocerlos,
comprender qué es lo que necesitan y trabajar con cada uno de ellos". Algo difícil
de lograr en las estructuras escolares convencionales. Pero es urgente que el sistema
reaccione.
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