Nota de Tapa

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Desventuras de un chico al
que le robaron la autoestima

© Carlos Alberto Estévez

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El protagonista de esta nota podría ser su hijo, o mi hijo; su alumno, o mi alumno. Quizás podríamos haber sido Ud. o yo cuando éramos pequeños. Comenzó sus estudios primarios con un psicodiagnóstico previo que dio resultados normales, aunque la experiencia posterior sería muy diferente.

Al tiempo de iniciadas las clases, los padres fueron citados y se les sugirió cambiarlo a una escuela "menos exigente". No es demasiado difícil imaginar el efecto de ese lenguaje encriptado y desconcertante para un matrimonio que creía haber elegido la institución más confiable y encontraba sólo un rígido pedido de alejamiento.

Si lo decimos sin subterfugios, la escuela había comprobado que era un "chico problema". Para que el ciclo lectivo se pueda desarrollar sin alteraciones con grupos de 25, 30 o más alumnos, con horarios regulares y programas y metodologías de estudio estandarizadas, los chicos tienen que alcanzar un grado de normalidad, si entendemos como tal las pautas de conducta y las condiciones de aprendizaje de la mayoría.

Lo que se aleje de esa franja media genera situaciones inmanejables y, por lo tanto, no deseadas. Las escuelas no pueden ni quieren retener a un alumno así. Deciden "sacárselo de encima en beneficio del conjunto".

Desde el día siguiente, los docentes tienen un problema menos, los padres una negra sombra de preocupación y el chico un sentimiento de rechazo no satisfactoriamente explicado y muy difícilmente superable, como se verá.

Transferido nuestro pequeño personaje a otra escuela supuestamente menos exigente, los padres debieron comparecer ante otros docentes, en otro despacho, para escuchar un libreto parecido. "Este establecimiento no es para su hijo. Les recomendamos una escuela de recuperación".

Con una dosis de angustia que iba en ascenso, hicieron un nuevo intento en otra institución, de cuyos directivos escucharían un discurso similar: "Observada la evolución de su hijo, hemos llegado a la conclusión de que lo más aconsejable es que lo inscriban en algún colegio en el que las exigencias de estudio no sean tan elevadas".

A esa altura, la tribulación de los padres era mayúscula. Estaban aprendiendo penosamente a interpretar aquel lenguaje. "Le conviene buscar otra escuela" se traduce por "no queremos que su hijo sea nuestro alumno"; pero la conclusión lacerante es: "Nuestro hijo debe de tener una deficiencia" (aunque en ninguna de las escuelas en las que fue rechazado se les dijera claramente cuáles eran las razones, causas o motivos, presuntamente porque ni siquiera habían sido averiguados o establecidos; simplemente, "no era normal").

Todavía les faltaba a esos padres recorrer algunas estaciones más de su largo vía crucis para descubrir otro mensaje implícito, que difícilmente (jamás) será admitido: "No somos capaces de enfrentarnos al desafío de educar a su hijo".

Después de haberse visto obligados a retirarlo del cuarto templo de la educación, entre los que se incluyen instituciones estatales y de gestión privada, les quedaban pocas dudas acerca de algo: el hijo amado era deficiente, y no se encontraba un lugar en el que fuera recibido con afecto y con solvencia profesional. Esto, que parecía una evidencia, era una conclusión errónea o, por lo menos, ambigua, ya que no existía un diagnóstico serio que se les hubiera proporcionado.

Entonces lo pusieron bajo tratamiento psicológico particular. Ese recurso significó otra frustración, ya que la relación del chico con su terapeuta fue deplorable y terminó en un nuevo fracaso.

Esta historia, aunque extraordinariamente resumida (porque la amplitud del sufrimiento supera las palabras y el tiempo), es absolutamente verídica. En contraste con las películas en las que se aclara que cualquier parecido con personajes o situaciones reales es pura coincidencia, en este caso los hechos son verdaderos, aunque los nombres se mantienen y mantendrán en reserva para preservar la intimidad de un menor que ha padecido demasiado las deficiencias del sistema, y porque el propósito de esta nota de tapa no es crucificar sino ayudar a reflexionar sobre una situación que se repite.

El abandono del cuarto establecimiento educativo ocurrió tras lo que fue definido en uno de los informes elaborado posteriormente por profesionales especializados, como "una encarnizada lucha de la escuela para lograr que el chico no estuviese más allí".

El drama parecía insoluble. Cuatro psicodiagnósticos posteriores, efectuados por cuerda separada, coincidieron en señalar un conflicto afectivo del que se derivaban, como consecuencia, dificultades de aprendizaje.

¿Estamos ante una confusión semántica o ante un prejuicio?; ¿analizamos el caso de un chico deficiente o el de un chico diferente, con dificultades que puede superar?; ¿está preparada la mayoría de nuestras escuelas para afrontar las diferencias?; ¿hay respuestas inmediatas y no traumáticas para los chicos que son distintos?; ¿la dedicación docente personalizada tiene que ser una excepción, o es cierto que cada ser humano tiene una singularidad que lo hace único entre sus semejantes?

Finalmente, el protagonista de este calvario se golpeaba la cabeza y le decía a su maestra: "Soy un tonto, todos pueden y yo no".

Sin embargo, se pudo encontrar el ámbito, muy difícil de hallar, por cierto, en el que se le brinda una asistencia pedagógica adecuada y, sobre todo, se trabaja para devolverle algo que no le faltaba el primer día de su escolaridad; algo que se le había quitado dolorosamente: la confianza en sí mismo y la seguridad de ser aceptado.

Su nueva maestra aseguró por escrito que "tiene muy buen nivel de inteligencia y que puede aprender como todos sus compañeros". Los trastornos de conducta se atenúan y ha vuelto a integrarse socialmente. "Atiendo un grupo de ocho alumnos -dice la docente-. Puedo conocerlos, comprender qué es lo que necesitan y trabajar con cada uno de ellos". Algo difícil de lograr en las estructuras escolares convencionales. Pero es urgente que el sistema reaccione.

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