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La evaluación como un factor
decisivo para los cambios

© Carlos Alberto Estévez

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Más de cien millones de chicos en todo el mundo permanecen actualmente fuera de los sistemas formales de educación, según datos proporcionados por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco).

Las estadísticas ayudan a comprender cabalmente la gravedad de las circunstancias que afrontan los sistemas educativos, agonía que no se reduce al analfabetismo absoluto, como se verá.

Ante aquella cifra estremecedora aparecen indicadores de un aumento vertiginoso de la población escolar, empinados al compás de los índices de crecimiento demográfico.

Este incremento de la cantidad de alumnos matriculados en las escuelas no sirve para alimentar exitismos, no sólo al pensar en esos cien millones de chicos que no irán mañana (nunca) a la escuela, sino también porque es proporcional a la tasa de población, y porque los análisis del rendimiento escolar -en otros términos, de la eficiencia educativa- se han volcado en gráficos que representan una pronunciada curva descendente.

Según datos de la Unesco, la diferencia de logros en lectura, matemática y ciencias entre los países desarrollados y los países en desarrollo se estima entre un 25% y un 33%, lo cual se considera grave, ya que los niveles más altos tampoco satisfacen las necesidades.

Pero que no sea todo pesimismo. "Las investigaciones realizadas en los dos últimos decenios indican que los problemas de porcentajes y de distribución en cuanto al nivel de aprendizaje tienen solución", asegura uno de los documentos. A renglón seguido advierte que la gestión educativa debe concentrarse más en los resultados de la enseñanza, con lo que señala directamente la evaluación como uno de los factores decisivos para impulsar los cambios.

Resulta sumamente interesante leer, a la luz de las recientes experiencias argentinas, la parte final del documento en lo que se refiere a la "utilización de las capacidades de evaluación para mejorar el aprendizaje":

Para cumplir con sus responsabilidades en materia de educación para todos, los administradores de la educación (se refiere a una línea que va desde el maestro hasta el ministro) deberán estar más capacitados y mejor informados; deberán perfeccionar su capacidad de evaluación y análisis.

La evaluación de los logros del aprendizaje incluye tanto las actividades formativas como las acumulativas y siempre deberá incorporar un mecanismo de retroinformación para permitir que los administradores de la educación utilicen adecuadamente sus resultados.

Los tres modelos de evaluación son el basado en la clase, el basado en la escuela y el de evaluación externa.
·    El marco en el que se organiza la evaluación no tiene tanta importancia como su amplitud, forma y frecuencia, así como la utilización de sus resultados.

En la evaluación es necesario incorporar, en lo posible, los componentes psicomotores y afectivos al mismo tiempo que los cognoscitivos.

Las evaluaciones sólo tienen un valor a largo plazo, si conducen a una instrucción y aprendizaje más equitativos y eficaces.

Está claro que la evaluación no proporciona nada más (y nada menos) que la información a partir de la cual el sistema educativo debe replantearse permanentemente los cambios necesarios para mejorar los resultados.

Mediante el seguimiento de indicadores educativos, como el logro de los alumnos, el número y la proporción de los que pasan de grado, el empleo y el rendimiento de los egresados en el lugar de trabajo, los responsables de la educación pueden mejorar sus bases para la toma de decisiones en cuestiones como la aplicación del plan de estudios, las tareas de los profesores y la asignación de los recursos.

La evaluación no debe limitarse a los exámenes, sino a poner de manifiesto los factores que fomentaron o impidieron el aprendizaje, incluidos el apoyo de los padres y de la comunidad, el plan de estudios, los materiales didácticos, el personal docente y los directores de escuela.

El documento citado dice que "el producto final debería ser, más bien, información sobre la causa de los resultados, antes que la mera diseminación de cifras".

En otras palabras, si ha de servir, la evaluación deberá funcionar como disparador de una gestión dinámica, susceptible de automodificarse cada día, si es necesario; capaz de impedir que se repita el inmovilismo escolar que nos dejó donde estamos.

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Editada en Buenos Aires - Argentina