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Más de cien millones de chicos
en todo el mundo permanecen actualmente fuera de los sistemas formales de educación,
según datos proporcionados por la Organización de las Naciones Unidas para la
Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco).
Las estadísticas ayudan a
comprender cabalmente la gravedad de las circunstancias que afrontan los sistemas
educativos, agonía que no se reduce al analfabetismo absoluto, como se verá.
Ante aquella cifra estremecedora
aparecen indicadores de un aumento vertiginoso de la población escolar, empinados al
compás de los índices de crecimiento demográfico.
Este incremento de la cantidad
de alumnos matriculados en las escuelas no sirve para alimentar exitismos, no sólo al
pensar en esos cien millones de chicos que no irán mañana (nunca) a la escuela, sino
también porque es proporcional a la tasa de población, y porque los análisis del
rendimiento escolar -en otros términos, de la eficiencia educativa- se han volcado en
gráficos que representan una pronunciada curva descendente.
Según datos de la Unesco, la
diferencia de logros en lectura, matemática y ciencias entre los países desarrollados y
los países en desarrollo se estima entre un 25% y un 33%, lo cual se considera grave, ya
que los niveles más altos tampoco satisfacen las necesidades.
Pero que no sea todo pesimismo.
"Las investigaciones realizadas en los dos últimos decenios indican que los
problemas de porcentajes y de distribución en cuanto al nivel de aprendizaje tienen
solución", asegura uno de los documentos. A renglón seguido advierte que la
gestión educativa debe concentrarse más en los resultados de la enseñanza, con lo que
señala directamente la evaluación como uno de los factores decisivos para impulsar los
cambios.
Resulta sumamente interesante
leer, a la luz de las recientes experiencias argentinas, la parte final del documento en
lo que se refiere a la "utilización de las capacidades de evaluación para mejorar
el aprendizaje":
Para cumplir con sus
responsabilidades en materia de educación para todos, los administradores de la
educación (se refiere a una línea que va desde el maestro hasta el ministro) deberán
estar más capacitados y mejor informados; deberán perfeccionar su capacidad de
evaluación y análisis.
La evaluación de los logros del
aprendizaje incluye tanto las actividades formativas como las acumulativas y siempre
deberá incorporar un mecanismo de retroinformación para permitir que los administradores
de la educación utilicen adecuadamente sus resultados.
Los tres modelos de evaluación
son el basado en la clase, el basado en la escuela y el de evaluación externa.
· El marco en el que se organiza la evaluación no tiene tanta
importancia como su amplitud, forma y frecuencia, así como la utilización de sus
resultados.
En la evaluación es necesario
incorporar, en lo posible, los componentes psicomotores y afectivos al mismo tiempo que
los cognoscitivos.
Las evaluaciones sólo tienen un
valor a largo plazo, si conducen a una instrucción y aprendizaje más equitativos y
eficaces.
Está claro que la evaluación
no proporciona nada más (y nada menos) que la información a partir de la cual el sistema
educativo debe replantearse permanentemente los cambios necesarios para mejorar los
resultados.
Mediante el seguimiento de
indicadores educativos, como el logro de los alumnos, el número y la proporción de los
que pasan de grado, el empleo y el rendimiento de los egresados en el lugar de trabajo,
los responsables de la educación pueden mejorar sus bases para la toma de decisiones en
cuestiones como la aplicación del plan de estudios, las tareas de los profesores y la
asignación de los recursos.
La evaluación no debe limitarse
a los exámenes, sino a poner de manifiesto los factores que fomentaron o impidieron el
aprendizaje, incluidos el apoyo de los padres y de la comunidad, el plan de estudios, los
materiales didácticos, el personal docente y los directores de escuela.
El documento citado dice que
"el producto final debería ser, más bien, información sobre la causa de los
resultados, antes que la mera diseminación de cifras".
En otras palabras, si ha de
servir, la evaluación deberá funcionar como disparador de una gestión dinámica,
susceptible de automodificarse cada día, si es necesario; capaz de impedir que se repita
el inmovilismo escolar que nos dejó donde estamos.
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