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Doblan las campanas de Navidad

Un nuevo camino para el
diálogo y la reconciliación

© Carlos Alberto Estévez

  Ya suenan las campanas de una nueva Navidad. Campanas que llaman a la paz, a la unidad, al amor.

Celebración íntimamente ligada  a la fe cristiana, que ve en aquel milagro de Belén la gran esperanza de la salvación, la Navidad es, a la vez, un acontecimiento que la tradición ha convertido en una convocatoria general, aún más allá de la práctica religiosa, a la unidad familiar, a la más sentida renovación de las expresiones de afecto y solidaridad, a una comunión espiritual con todos aquellos a quienes amamos y a todos aquellos con quienes interactuamos.

Mensajes y anhelos

Millones de tarjetas se agolpan en estos días hasta desbordar las sacas de los correos de todo el mundo, electrónicos o no. Allí van, mudas, con su formal aspecto de la correspondencia común. Pero cada una de ellas transporta un sentimiento en el que está latente el espíritu que impregna los corazones en la Navidad.

No faltarán los símbolos clásicos de la fecha y alrededor de la mesa tendida con especial esmero se estrecharán padres, hijos, hermanos y amigos, informalmente, en un cálido encuentro que, sin duda, puede sintetizarse en dos palabras: paz y amor.

El amor que nace, llama y exige

Navidad es el misterio de Dios que habla en silencio y se encuentra en el recogimiento de la Nochebuena, que es la noche del Amor que nace, del Amor que llama, del Amor que exige.

En la Navidad, el Hijo de Dios se hace Hombre para que el hombre viva como hijo de Dios. Es Dios que entra en la historia humana para que ella sea historia de salvación. Dios viene al hombre para que el hombre vaya a Dios. Dios se hace Hermano para que los hombres sean hermanos entre sí. Dios se inserta en la historia para que la historia camine con Dios. Finalmente, Navidad es Dios en la Tierra y Navidad es Dios nacido en familia, para que la humanidad sea familia renovada en el encuentro, la comunión, la paz.

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La reconciliación

La Navidad parece proyectar la dimensión más profunda del misterio: la reconciliación con Dios y la reconciliación entre los argentinos. Esto supone capacidad de diálogo, reconocimiento de nuestros propios límites y gran respeto por la dignidad del otro.

La simple coexistencia de los ciudadanos no forma la nueva comunidad que todos anhelamos; exige una comunión profunda de corazones nuevos que nos lleve a compartir el dolor y la alegría, la angustia y la esperanza, la austeridad y las innumerables posibilidades de crecimiento.

La paz entre todos

La Navidad nos muestra un camino nuevo en el corazón de los hombres y en la vida de las instituciones, que exige vivir en un estado constante de conversión que necesita lucha interior, sufrimiento y humildad, que arranque de nosotros los sentimientos de egoísmo e indiferencia y suscite el sincero respeto y la capacidad de diálogo; la comprensión mutua, la fidelidad y el amor fraterno. O entre todos construimos la paz, sin egoísmos ni espíritu de revancha o sectarismo, o tendremos siempre la inestabilidad de la injusticia, la esterilidad de la discordia y la explosiva tentación de la violencia cuyas consecuencias sufren siempre los más desposeídos.

La Navidad nos da la posibilidad y nos exige a todos que seamos hoy los fundamentales hacedores de la unidad.

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