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Los incentivos que eliminan
la pasividad frente al saber

© Carlos Alberto Estévez

Los investigadores y expertos más avanzados en las tecnologías informática y de comunicaciones comparten hoy la visión esperanzada de un futuro que se edifica sobre una infraestructura de información que, al liberarnos de tareas banales, enriquecerá nuestra vida, mejorará la forma en que trabajamos, aprendemos y vivimos, al tiempo que abrirá las puertas a nuevas libertades personales y sociales.

Sin embargo, aunque no lo parezca, la tentativa de imaginar cómo será ese edificio nuevo es todavía un reto difícil, según la opinión de Michael L. Dertouzos, director del laboratorio de Ciencias de la Computación del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT). Él considera que aún se están cociendo los primeros ladrillos para construir la era de la información.

Aun así, ya tenemos a la vista una realidad concreta. La fusión de la informática y las comunicaciones modifica profundamente la investigación, la economía, el derecho, la educación y, en definitiva, a la sociedad misma.

Las computadoras permiten hoy la predicción del tiempo y el análisis de imágenes médicas. Ya funcionan ordenadores sensorios que responden a frases habladas o reconocen "de visu" las piezas en una cadena de montaje, donde los robots las transforman en productos terminados.

Mientras usted lee estas líneas, cien millones de ordenadores personales están funcionando con miles de variedades de programas al servicio de cualquier profesión, y millones de kilómetros de fibras ópticas desparraman información sobre todo el planeta a una velocidad de hasta un gigabit (mil millones de señales digitales) por segundo.

Entretanto, la escuela, esa ventana por donde los chicos aprenden primero a mirar el mundo y luego saltan hacia él para revitalizar la fuerza creadora del hombre, no puede quedarse de espaldas al futuro. Lo que nos está pasando es que los chicos conviven cada vez más con la imagen y el sonido, con todas las expresiones del progreso vertiginoso de esa tecnología y, a veces, nosotros, los maestros, los recibimos con un mapa de hule y una pizarra.

Coincidentemente, un trabajo realizado por el Instituto de Investigación de la Comunicación Social, dependiente de la Universidad Nacional de La Plata, señaló, entre otras conclusiones, que "los alumnos adquieren información mecánicamente, desconectada de la realidad diaria". Fue uno de los resultados de más de 150 experiencias desarrolladas con estudiantes.

Está claro que generalizar sería perder la perspectiva en el análisis de la actualidad educativa en la Argentina, que no puede dibujarse en blanco y negro. Hay muchos tonos de gris y también colores vivos.

Cualquiera que se aproxime hoy a las aulas conoce las múltiples iniciativas que se han encarado para encontrar, aplicar y difundir las estrategias a través de las cuales los educadores pueden ser protagonistas de primera línea en este cambio de la historia; para incorporar los recursos que ofrecen los medios tecnológicos; siempre y cuando no vaya uno a pasar por algunas escuelas que lo tientan a decir, con Atahualpa Yupanqui, "por aquí, Dios no pasó".

El desafío más importante que afrontamos es el de adaptarnos a los cambios. La dificultad que debemos superar es nuestra propia información. En ese sentido, uno de los objetivos es conocer e interpretar el lenguaje y los nuevos símbolos que manejan los jóvenes; aprender y utilizar la tecnología disponible.

Sin perder nuestra originalidad como educadores, siendo fieles a las raíces, permaneciendo profundamente comprometidos con nuestra tarea formadora, será necesario renovarnos, no para modificar lo esencial, sino para aprender a utilizar los instrumentos más apropiados en este momento.

En otras palabras, si hace cien años un pizarrón y una caja de tizas no le otorgaban al maestro un certificado de calidad, tampoco puede hacerlo ahora, por sí misma, la presencia de una computadora.

Aprender a utilizar bien los medios actuales significa evitar que la enseñanza se disocie de la realidad y lograr una relación positiva entre maestros y alumnos; implica buscar los incentivos que arremetan contra la pasividad frente al conocimiento.

Alan C. Kay, precursor de los ordenadores personales y autor de numerosas experiencias aplicadas al campo de la educación, escribió: "Se sabe más cuando se formula uno sus propias preguntas, se buscan las respuestas en muchos lugares, se consideran diferentes perspectivas, se intercambian puntos de vista con otros y se añaden sus propios descubrimientos a los conocimientos existentes".

El docente no puede esperar lo inesperable; pero sí le corresponde descubrir ese secreto.

 

 

 

 

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