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La escuela secundaria, en
una de sus peores crisis

© Carlos Alberto Estévez

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“Una triste escuela media consume los años preciosos de la adolescencia, inutiliza talentos en cantidades increíbles y genera rebeldías y rechazos culturales a veces irreversibles”.

Estos conceptos forman parte de un diagnóstico (uno de los más certeros y valientes entre los que se conocen) que Luis Jorge Zanotti hacía en 1981, y en el que denunciaba que “el sistema escolar contemporáneo prosigue empecinadamente, sordo a todos los reclamos, sin siquiera dar respuesta a uno solo, haciendo lo que quiere”. Como si lo hubiera escrito ayer.

Desde entonces hasta ahora, justo es decirlo, mucho se ha trabajado para revertir ese proceso de deterioro. De todos modos, los resultados parecen cada vez más lejanos. El momento de cantar victoria está demasiado lejano.

Los resultados de una política educativa exigen mucho tiempo y, por lo tanto, continuidad en la aplicación. Además, no están supeditados exclusivamente al acierto en la elaboración de las leyes y reglamentaciones, porque no hay que olvidar que el Gobierno traza y conduce las políticas educativas pero los docentes son los que educan, y de ellos dependerán siempre los verdaderos frutos.

Particularmente, la enseñanza secundaria es uno de los dolores de cabeza más agudos para quienes vienen pensando, discutiendo y trabajando en los cambios educativos. Casi todo debe ser construido desde la nada o, peor, a partir de un sistema anquilosado y fallido.

Después de tantos postergaciones y fracasos, ya no es posible comprender las transformaciones imprescindibles, y mucho menos ponerlas en práctica, tarea que le compete a cada uno de nuestros maestros y profesores, sin una clara y amplia visión de lo que se hizo mal, o de lo que no se hizo.

Uno de esos intentos es el que realizaron Guillermo A. Obiols y Silvia Di Segni de Obiols, y que condensaron en el libro titulado “Adolescencia, posmodernidad y escuela secundaria”, en cuya lectura todo educador encontrará, si no plena y total coincidencia, por lo menos varias verdades incontrastables para rescatar.

El ensayo aborda primeramente lo que los autores llaman el “clima de ideas” posmodernista gestado en la década del 80 como el marco de referencia en el que se mueven y se redefinen el adolescente y la escuela secundaria. Sostienen que “no sólo buena parte de los adolescentes son posmodernos, sino que la sociedad misma se “adolescentiza” en las condiciones de posmodernidad y la escuela secundaria, una institución hija de las ideas de la modernidad, ingresa en una crisis mucho más profunda que en cualquiera de sus etapas anteriores”.

Con la crudeza del observador imparcial, que mira muy de cerca el desarrollo de las diversas actividades en cada jornada escolar, hacen un vivo retrato de las actitudes y reacciones de alumnos y profesores: falta de límites, pérdida de la creatividad, dificultades en la comunicación, el recurso de la pedagogía “light” (a la que Jorge E. Bosch le ha dedicado un excelente libro titulado “Contrapedagogía y conocimiento”), la falsa opción entre disciplina o convivencia...

Todo esto ha constituido, con el tiempo --dicen--, “una cultura escolar, verdaderos patrones cristalizados de comportamiento muy difíciles de modificar en el corto plazo y en los que, decididamente, poco inciden las resoluciones ministeriales referidas al proceso de enseñanza”.

Señalan así una escuela secundaria “adolescentizada”, que más que una preparación para los estudios superiores acaba siendo una especie de prolongación, lo más indolora posible, de la primaria, en la que el docente tiende a convertirse en el animador de un grupo frente al cual trata de competir con la fuerza que lo audiovisual tiene para los chicos, que se han criado y alimentado alrededor de imágenes.

La hipótesis es que esa infantilización institucional, una degeneración de ciertas reivindicaciones contra la escuela autoritaria, lleva al facilismo y a la falta de compromiso y de formación real de los alumnos que, teniendo que desenvolverse en un mundo crecientemente profesionalizado, están cada vez peor preparados para afrontarlo.

Basta el triste proceso de recibir noticias, cada día.

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Editada en Buenos Aires - Argentina