
Alfredo Bernardo Nobel
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Inventor y químico sueco. Nació en Estocolmo el 21/10/1833 y murió el
10/12/1896. Perteneció a una familia descendiente de granjeros de Escania, extremo
meridional de Suecia, cuyo apellido original era Nobelius, nombre adoptado de la parroquia
donde naciera el primer miembros de la familia que tuvo educación universitaria.
Esta parroquia se llamaba Nöbbelöv y tal era la costumbre del siglo XVII
a que se remonta el origen de los Nobel.
La raíz familiar parte de Pedro Olavi Nobelius, que estudió leyes en la
Universidad de Upsala y contrajo matrimonio con Vendela Rudbeck, hija del guía espiritual
de esta universidad, Olof Rudbeck.
El padre de Alfredo Nobel, Immanuel, no pudo cursar estudios de ningún
género, pese a lo cual poseía un genio natural para todo tipo de conocimientos. Había
dejado la escuela a los catorce años de edad y se embarcó como grumete en Gälve, al
norte de Suecia, el pueblo marinero donde naciera en 1801. Más tarde tuvo oportunidad de
asistir a la Escuela de arquitectura de la Academia de Arte, así como a la Escuela de
Mecánica. A los veintidós años se estableció como arquitecto y constructor. No tuvo
buena suerte en sus empresas y en 1833 estaba en la ruina. En 1837 viajó a Rusia, donde
instaló un taller mecánico que floreció al estallar la guerra de Crimea. Al acabar
ésta quedó de nuevo inactivo y una vez más sin recursos. Su esposa y sus tres hijos
habían permanecido en Estocolmo, y no fueron a San Petersburgo hasta 1842.
El mayor de los hermanos era Roberto, que desarrollaría la industria
petrolera de Bakú; el segundo se llamaba Luis y fundó una fábrica de armas en San
Petersburgo; el tercero era Alfredo, que tenía nueve años cuando la familia se trasladó
a Rusia. Cursó un año de grado elemental en la parroquia de Jacob y su educación, como
la de sus hermanos, estuvo a cargo de un preceptor privado.
Alfredo no realizó estudios universitarios y jamás poseyó título
académico alguno. Como su padre, fue autodidacto y a los dieciséis años dejó de
recibir instrucción lectiva.
En 1850 era un químico con amplios conocimientos y hablaba alemán,
inglés, francés, ruso y sueco. No obstante, era un joven soñador que prefería la
soledad al bullicio.
La situación económica de la familia permitió a Alfredo Nobel viajar al
extranjero a fin de mejorar su educación. Este viaje duró dos años y aunque la mayor
parte del tiempo estuvo en París, visitó América. Trabajó en algunos laboratorios y
estudió química intensivamente.
A su regreso ayudó a su padre en el taller familiar hasta la nueva
quiebra de éste, en 1859. Parece ser que por esta época conoció las experiencias de
Ascanio Sobrero -un investigador italiano- con la nitroglicerina, cuyo invento se le
atribuye (1874). Amplió estas experiencias con el profesor Zinin, de San Petersburgo, y
la primera explosión que Nobel logró data de mediados de 1862. En octubre del año
siguiente solicitaba en Suecia la patente de su invento: un detonador de percusión
bautizado "inflamador Nobel".
La causa de esta decisión se debió a la llamada apremiante de su padre,
que creía haber descubierto una nueva pólvora, más potente que las conocidas hasta
entonces.
Alfredo regresó a Suecia, pero no tardó en comprobar que el invento de
su padre carecía de importancia. No obstante, se instaló en Heleneborg, cerca de
Estocolmo. En septiembre de 1864 su pequeña fábrica voló a causa de un experimento con
la nitroglicerina que trataba de concentrar. En el accidente murió Emilio, hermano menor
de Alfredo. La tragedia provocó un ataque cardíaco al padre, del que no lograría
sobrevivir; murió en 1872.
Pese a estos dramáticos sucesos, Alfredo Nobel no desistió y poco
después conseguía crear una empresa para la fabricación de nitroglicerina menos
peligrosa, ubicada en Suecia, que muy pronto tuvo su réplica en Noruega. Viajó por
distintos países a fin de patentar su descubrimiento y crear sociedades capitalistas para
mantener una producción regular.
Esta industria fue muy pronto de interés en casi todo el mundo y Francia,
Inglaterra y los Estados Unidos se pusieron a la cabeza de su comercialización y empleo.
En 1867, Alfredo Nobel sorprendió al mundo con una nueva patente: la
dinamita, punto de partida de otra serie de inventos interrelacionados.
Pese a haberse convertido en un hombre muy rico, Alfredo Nobel no parecía
feliz. Solía desaparecer sin dejar rastro, vencido por la melancolía y entregado a sus
sueños insondables. "Deseo vivir -escribió- entre árboles y matorrales, amigos
silenciosos que respeten el estado de mis nervios; me escapo cuando puedo, tanto de las
grandes ciudades como de los desiertos".
A los cuarenta y tres años era "de estatura algo menos que mediana,
llevaba una barba negra cerrada; su rostro no era ni feo ni hermoso, con una expresión
más bien triste, pero animada por unos amables ojos azules; en su voz alternaban un tono
melancólico y otro satírico, en descripción de la escritora austríaca Bertha von
Suttner, que fue su secretaria.
Alfredo Nobel odiaba toda ostentación y ni siquiera consintió en que le
fuera realizado un retrato del natural. "En estos tiempos de publicidad aparatosa y
desvergonzada, sólo aquellos que están especialmente adaptados para ello deberían
permitir que apareciera su fotografía en los periódicos", dijo en una ocasión.
Apenas recibió honores públicos y aceptó con sarcasmo las distinciones
de que fue objeto: "Mis condecoraciones carecen de fundamentos académicos. La
medalla de la Estrella Polar Sueca se la debo a mi cocinero, cuyo arte culinario conmovió
a un estómago extremadamente aristocrático; la Legión de Honor la recibí por mi
íntima amistad con un miembro del Gobierno francés; la Orden de la Rosa brasileña,
porque me presentaron al embajador don Pedro; finalmente, en lo que se refiere a la famosa
Orden de Bolívar, la recibí porque Max Philipp (director de la Cía. Alemana de la
Dinamita) había visto Niniche y quería demostrar que en la vida real también existen
las condecoraciones".
Entendía la religión como un modo de expresar amor por la humanidad y
rechazaba la fe en el Dios convencional de todos los credos. Su ideario político tenía
alguna remota influencia del nihilismo ruso imperante en sus años jóvenes. Además de
algunos versos de aficionado, entre sus papeles se encontró el esbozo de una novela sin
título definitivo, en la que uno de sus personajes, monsieur Avenir (señor Futuro),
expone en la "Casa del Tumulto" (el Parlamento) una suerte de programa
pintoresco acerca de cómo gobernar y quiénes deben y no deben hacerlo.
En una carta a su hermano Luis hacía este sarcástico autorretrato:
"Alfredo Nobel, lastimoso medioviviente, debió ser muerto de asfixia por un médico
filántropo tan pronto como, con un vagido, entró en la vida".
En 1875 llevó a cabo su tercer invento importante, la gelatina explosiva,
si consideramos el primero la "Nobel fighter" (cápsula de mercurio Nobel) y el
segundo la dinamita "Kieselguhr".
A partir de este último trabajo de investigación y pruebas
consiguientes, Alfredo Nobel comenzó a manifestar síntomas de agotamiento. Muy sensible
a los cambios climáticos, sufría un resfriado continuo que no tardó en derivar en
trastornos cardíacos, padecimiento del que moriría su hermano Luis en 1888.
En octubre de 1887, después de una crisis, escribía: "Cuando a los
cincuenta y cuatro años le dejan a uno tan solo en el mundo, y un sirviente a sueldo es
la única persona que le ha demostrado hasta ahora la máxima amabilidad, entonces acuden
pensamientos tristes, más tristes de los que la mayoría puede imaginar".
En el otoño de 1895, en París, Alfredo Nobel formuló las cláusulas de
su testamento, base de la Fundación Nobel y sus actividades. Este testamento, fechado el
27 de noviembre de 1895, lo escribió de puño y letra, y más tarde sería firmado en
presencia de cuatro testigos en el Club Sueco de la capital de Francia.
El texto completo de dicho documento dice:
"Con el total del remanente realizable de mis bienes se procederá
como se expresa a continuación: El capital se invertirá por mis albaceas en valores
seguros y constituirán un fondo cuyos intereses se distribuirán anualmente en forma de
premios a aquellos que, durante el año precedente, hayan proporcionado el mayor beneficio
a la humanidad. Dichos intereses se dividirán en cinco partes iguales, que se
distribuirán del modo siguiente una parte a la persona que haya hecho el descubrimiento o
la invención más importante en el campo de la física; una parte, a la persona que haya
hecho el descubrimiento o progreso más importante en el de la química; una parte, a la
persona que haya hecho el descubrimiento más importante en los dominios de la fisiología
o la medicina; una parte, a la persona que haya producido en el campo de la literatura la
obra más sobresaliente de tendencia idealista, y una parte, a la persona que haya hecho
la obra mayor o mejor en pro de la fraternidad entre las naciones, de la abolición o
reducción de los armamentos permanentes y de la celebración o promoción de Congresos de
la Paz. Los premios de física y química serán concedidos por la Academia de Ciencias
sueca; los destinados a trabajos de fisiología o medicina, por el Instituto Carolino de
Estocolmo; los de literatura, por la Academia de Estocolmo, y los destinados a los
defensores de la paz, por una Comisión de cinco personas elegida por el parlamento
noruego. Es mi especial deseo que en la adjudicación de los premios no debe tomarse en
consideración la nacionalidad de los candidatos, de modo que la obra más meritoria
recibirá el premio tanto si es escandinava como si no lo es."
Alfredo Nobel canceló con este testamento todas las disposiciones
testamentarias precedentes, en relación expresa a un testamento anterior, fechado el 14
de marzo de 1893. En ambos documentos, sin embargo, la idea básica era la misma, es
decir, que una parte principal de sus bienes fuese destinada a ayudar a inventores e
investigadores, incluido el movimiento pacifista internacional en otra vertiente de los
sentimientos y convicciones de Nobel.
Murió en San Remo como consecuencia de un colapso cardíaco, el 10 de
diciembre de 1896, a las dos de la madrugada, solo, rodeado por su servidumbre y sin
algún "amigo íntimo o pariente cuya mano cariñosa cierre algún día los ojos de
uno y susurre al oído una palabra de consuelo dulce y sincera", como temiera y
dejara escrito en varias de sus cartas.
Se sintió morir en su mesa de trabajo y fue penosamente llevado por los
criados a su dormitorio, en la segunda planta de la casa.
Sus últimos instantes fueron particularmente dramáticos. Con la lengua
extraviada, pronunció palabras ininteligibles que su mayordomo Augusto trataba
inútilmente de comprender.
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