
Juan B. Ambrosetti:
Explorador, Arqueólogo,
Maestro
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Fue proclamado en 1960 "padre de la ciencia folclórica
argentina", por el Congreso Internacional de la especialidad reunido en Buenos Aires.
Nació en Gualeguay (provincia de Entre Ríos), pero desde muy niño
vivió en Buenos Aires. Viajó por todo el país, ya por propio impulso, ya en
cumplimiento de cargos oficiales y misiones científicas.
Desde muy joven publicó estudios folklóricos en la Revista del jardín
Zoológico, dirigida por Eduardo L. Holmberg, su gran amigo, con cuya hija se casó.
Desde entonces aprovecha la visión y los materiales que el folclore le
proporciona, en sus relatos de viaje y en sus estudios etnográficos arqueológicos.
Algunos de sus trabajos fueron reunidos en el conocido libro póstumo "Supersticiones
y leyendas".
La personalidad de Ambrosetti como folclorista y escritor se completa,
para los lectores contemporáneos, con otro libro: "Viaje de un maturrango y otros
relatos folklóricos" (Bs. As., Centurión, 1963), que incluye cuatro cuentos
costumbristas (aparecidos en "Caras y caretas" y firmados por Fray Tetera,
desconocido seudónimo de Ambrosetti) y una selección de estudios folclóricos de
singular interés y sugestión, como "La leyenda del Yaguareté-abú",
"Participación mágica de la lluvia", "Fetiches y amuletos", "El
símbolo de la serpiente", "Folklore de la puna", etc.
El volumen se integran con un estudio preliminar, notas, aclaraciones a
cada capítulo, bibliografía de Ambrosetti y sobre él y su época, índice de temas
folclóricos, ilustraciones y mapa.
Del parágrafo titulado "El sabio y el hombre" son las
siguientes palabras: "A medida que más se ahonda en el conocimiento de la vida y la
obra de Ambrosetti, más nítida surge la imagen de un hombre de ciencia auténtico:
vocación indudable, revelada por temprana precocidad; espíritu observador; mente
sistemática; hábitos metódicos; amor al estudio, tanto en los libros como en la vida y
en la naturaleza; rigor en la documentación de los datos y en la legitimidad de las
conclusiones, noblemente rectificadas cuando nuevos aportes lo convencían de una errónea
interpretación; tendencia a especializarse, partiendo de una amplia base de cultura
general; laboriosidad incansable y actitud humilde de perenne estudioso..."
La posteridad prolonga, con juicio ya definitivo, la impresión que
Ambrosetti produjera en sus colegas, discípulos, amigos y contemporáneos. Los abundantes
testimonios se suceden sin interrupción.
La placa bautismal de la calle porteña que lleva el nombre del sabio
resume con epigramática concisión, en tres palabras, facetas características de su
personalidad: "Explorador - Arqueólogo - Maestro". Así lo presenta a la
consideración del transeúnte cotidiano de la ciudad tumultuosa y despreocupada.
Satisfactoria síntesis, por cierto, siempre que recordemos que exploró
regiones casi inaccesibles y remotas llevado por su amor a la naturaleza, a los indios y
al pueblo de su tierra; que como arqueólogo cimentó esa ciencia en el país; que como
maestro fundó museos sobre la base de sus propias colecciones, formó discípulos y
marcó el rumbo científico a disciplinas como el Folclore, convirtiéndose en el guía
insustituible de nuestra propia generación y de las sucesivas promociones de estudiantes
que nos sigan. Todo esto sin aniquilar los más auténticos valores humanos, pues realizó
el ideal del sabio capaz de comprender a los hombres, emocionarse ante la belleza y
rendirse al amor.
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