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Juan Bautista Alberdi |
Pasado mañana (29/08/2007) se cumplirán 197 años del nacimiento de Juan
Bautista Alberdi, que ocurrió en su casa familiar de San Miguel del Tucumán, frente a la
plaza Independencia.
A pesar de las casi dos centurias transcurridas desde entonces, sigue
singularmente viva la memoria de este hombre, cuya gravitación en la Historia Nacional no
se debió a la condición de gobernante ni a la de guerrero (pues no fue ninguna de ambas
cosas), sino a su acción de pensador de la Patria y para Ella.
Nacido cuando ésta iniciaba su proceso de independencia, Alberdi llegó a
la edad de la razón en medio de las sangrientas instancias de la anarquía, y se vio
envuelto en la lucha de facciones, que parecía interminable.
Su lúcido pensamiento lo llevó, ni bien pudo tomar distancia de tales
cuestiones, a buscar con empeño una síntesis que representase la unión nacional,
utilizando lo que "unitarios" y "federales" tuvieran de positivo para
construir el "país posible". Y quiso que esa unión se sustentara en una unidad
legal, capaz de apaciguar las conciencias y dar un estatuto político realista a la
República. De allí que, cuando la cancelación del ciclo rosista abrió la posibilidad
de la organización, se apresuró a ofrecer a sus compatriotas ese memorable material de
sus "Bases" y su proyecto de Constitución.
Pero, con ser ese aporte el más conocido y consagratorio de Juan Bautista
Alberdi, dista de ser el único que le debe la Argentina moderna. El tucumano, desde la
distancia -que le dio inmejorable perspectiva-, quiso opinar, en el libro, en el
periodismo, en la correspondencia, sobre todos los problemas de su país, a cuyo análisis
aplicó la lucidez de su privilegiada inteligencia y su sentido innato de la claridad para
encarar cada instancia.
Se debe resaltar que, en ese afán, no titubeó en rectificarse cada vez
que estimó haber errado. Lo tuvo sin cuidado la crítica, por enconada que fuera, del
mismo modo que jamás rehuyó la polémica, por encumbrado que fuera su interlocutor.
Quienes han estudiado su vida señalan que la autenticidad, fue la
condición suprema de Alberdi. Era un buscador sincero de la verdad, y quería abrirse
paso hacia ella, desdeñando todo preconcepto, con un criterio independiente que buscaba
el equilibrio entre ideales y realidad. Otra de sus condiciones fue la confianza, a prueba
de desánimos, que tenía en los destinos de su tierra. Estaba convencido de que la
Argentina llegaría a ser un gran país y que ese futuro merecía soportar las
turbulencias y contramarchas del presente.
Un hombre así tenía que ser esencialmente desinteresado, y por cierto
que Alberdi lo fue. Jamás buscó provecho económico ni dignidades como premios a su
tarea. No debe olvidarse que su denodada acción, durante las presidencias de Urquiza y de
Derqui, como embajador de la Confederación en varios países de Europa, y la lucha
esforzada que desarrolló allí contra la acción separatista porteña, se llevó a cabo
costeada por su peculio, ya que era consciente de que el país no tenía medios para
pagarle sueldos regularmente.
Desde que desapareció Alberdi, sin duda es mucho lo que ha variado la
realidad de Argentina y la del mundo. Pero también es verdad, que mucho de lo que dijo el
gran tucumano, sigue vigente. Es difícil recorrer cualquiera de sus páginas sin
encontrar reflexiones perfectamente aplicables a nuestro hoy. Nos puso en guardia, por
ejemplo, contra la falsa prosperidad, basada en el crédito exterior; postuló el ahorro
del gasto superfluo y recomendó no endeudarse más allá de lo estrictamente
indispensable; pautas que, si las hubiéramos seguido, nos hubieran dado una situación
muy distinta de la actual.
Su máximo legado, su pensamiento central, fue y es, que la Argentina
sólo podrá recorrer un camino ascendente, si en cada ciudadano alienta el amor a la
libertad, dentro de la Justicia y del Derecho. Advirtió que más allá, sólo nos
esperaba la disolución.
Convendría que seamos capaces de dar nueva vida a estas ideas.
Marta
del Valle Zamora
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