Maravillosa longevidad de los hounzas
© Carlos Alberto Estévez
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Los hounzas parecen protegidos por una
misteriosa influencia de la Naturaleza; o por
hábitos de existencia con los que han
sabido vencer casi todas las miserias
fisiológicas del cuerpo humano.
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Hace más de dos mil años, tres soldados desertaron del ejército de
Alejandro Magno y buscaron refugio en las montañas del Himalaya. Llevaron con ellos
algunas mujeres persas y se instalaron en un valle, a 2.800 metros sobre el nivel del mar,
y a muchos kilómetros de distancia de cualquier otro valle habitado.
Los descendientes de aquellos primeros pobladores son los Hounzas o Hunzas
actuales.
El país es un reino independiente, con alrededor de los 20.000
habitantes. Queda aislado del resto de las tierras habitadas por montañas inaccesibles.
Sus habitantes tienen la tez blanca y rasgos raciales distintos de los otros asiáticos.
Nadie tiene coche en el diminuto país. No hay hoteles. No se conocen los periódicos, ni
el tabaco, ni los impuestos, ni la policía, ni el dinero. Y algo que es aún más
asombroso: no se conocen las enfermedades.
Los Hounzas viven normalmente bastante más de cien años, y hasta muy
viejos trabajan lo mismo que los jóvenes y cruzan, a pie, largas distancias. Y los
hombres pueden ser padres hasta alrededor de los noventa años. La longevidad de los
Hounzas es extraordinaria. Y lo más extraordinario es que casi todos los habitantes del
valle son igualmente longevos.
Cuando un Hounza está enfermo, cosa muy rara, pues la única enfermedad
que a veces sufren es una especie de gripe, lo envuelven en una manta caliente y lo
tienden en el suelo, al aire libre y a la sombra. La fiebre no tarda en desaparecer y el
enfermo recobra la salud.
Los viejos tienen la mirada tan clara como los adolescentes. Cuando se les
pregunta cuál es el camino para algún determinado pueblo dicen: "Está muy
cerca". Y ese "muy cerca" significa horas de marcha a través de abruptos
desfiladeros.
Las jovencitas realizan hazañas atléticas que dejarían atrás a las
campeonas de occidente. Todas las enfermedades clásicas son desconocidas en el valle de
los Hounzas. No hay un solo canceroso, un solo tuberculoso, un solo diabético. Y las
enfermedades del corazón, que tanto estrago causan en el mundo entero, no existen.
Un médico escocés, de apellido McCarrison, permaneció durante catorce
años al norte de Cachemira, en un pueblo relativamente vecino de los Hounzas. Anunció a
los Hounzas que acudiría si lo llamaban. Y lo llamaron tres veces, siempre por fracturas
óseas debido a caídas. Nada más.
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