
Un antiguo cementerio en Saksun,
en la isla
Streymoy. Se halla a orillas de un lago que
desagua en el Atlántico por una estrecha
garganta. En las Feroë hay pocos árboles
debido a los vientos occidentales y a las
frecuentes galernas; tampoco existen
mamíferos terrestres nativos. En cambio,
abundan los pájaros marinos, entre ellos
los pufinos, de carne comestible, por lo
que suelen cazarse
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Como un diáfano tapiz azul lleno de pliegues se
extendía a nuestros pies el Atlántico Norte. En el horizonte se divisaba una línea de
nubes suspendidas sobre las aguas más templadas de la corriente del Golfo. Al acercarnos,
vimos que aquellas nubes estaban enganchadas en los afilados dientes de unas rocas que
surgían del mar. Esas rocas eran las islas Feroë.
Cuando iniciamos el descenso pudimos distinguir la
de Mykines, la más occidentales de todas, con su pequeña aldea situada entre campos aún
más verdes que las verdes laderas que la dominan, en la que se alzan gigantescos
farallones de basalto, grises y negros a la luz de la tarde, semejantes a un ruinoso
castillo fronterizo de un tamaño diez veces superior al normal.
A medida que nos acercábamos al aeropuerto de
Vágar, la isla inmediata, íbamos divisando colonias de alcas, gaviotas, fulmares (cuyas
alas huelen a violeta) y pájaros bobos que anidan a millares en aquellos acantilados.
Dominaba una ligera niebla y no se apreciaba señal alguna de vida, a excepción de los
taxis y autobuses que nos esperaban para llevarnos a Tórshavn, la capital, en la vecina
isla de Streymoy. El aeropuerto fue construido por los ingleses durante la Segunda Guerra
Mundial, cuando los barcos feroeses navegaban al servicio de los Aliados, aunque bajo su
propio pabellón, y cuando la lejana Dinamarca -de la cual las Feroë no eran a la sazón
más que un condado- se hallaba bajo la ocupación alemana.
Aquella separación de Dinamarca durante la guerra
facilitó el establecimiento, en 1948, de un gobierno autónomo en los 870 km2
de las Feroë. En realidad, el singular lenguaje de las islas, que tiene cierta afinidad
con el islandés y el del oeste de Noruega, así como su literatura y sus artes
plásticas, hacen de ellas un país aparte. La creciente prosperidad de la industria
pesquera contribuye a la independencia económica de los feroeses, aunque Dinamarca se
hace cargo de ciertos sectores de la administración del país y corre con los gastos de
muchos de sus servicios. La autoridad danesa está representada por un Alto Comisario.
Jamás olvidaré la espléndida belleza de aquel
primer y largo viaje desde el aeropuerto hasta Tórshavn. Nos amontonamos todos en los
taxis y autobuses disponibles, cuyo alquiler se reparte equitativamente entre todos los
ocupantes. Pronto iba a descubrir que las islas Feroë constituyen una verdadera sociedad
sin clases, donde no existen ni ricos ni pobres, ni tampoco, por lo menos en lo que pude
ver, suburbios míseros.

Interior de la iglesia del pueblo
de
Killafjördur, en Streymoy. Aunque
fue construida en 1837, es de
trazo medieval. Tiene altar mayor,
una reja de madera tallada y
bancos. Las redes y aparejos de
pescar se guardan a veces en las
tribunas de las iglesias

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Bajamos entre la niebla hacia una pequeña ciudad de
casas de madera de las formas más variadas y pintadas de vivos colores. Luego cruzamos
escarpadas colinas hasta llegar a una embarcación, en la que atravesamos un estrecho
entre los acantilados más altos que jamás he visto. El tiempo era húmedo y apacible y a
la luz de la tarde pudimos contemplar, al otro lado de las tranquilas aguas, la ciudad de
Vestmanna con sus abigarradas casas al borde del mar, su muelle y sus taxis. Allí empezó
el aún más largo viaje hacia la capital, subiendo por senderos tortuosos hasta coronar
los farallones y bajando luego a la pintoresca aldea de Kvivik.
Las Feroë forman parte del reino vikingo que, por
el año 800 de la era cristiana, navegando en sus largas embarcaciones, se extendió desde
Noruega y Dinamarca en dirección oeste hasta Islandia, Groenlandia y Terranova, y en
dirección sur, a lo largo de la costa de Escocia hasta la isla de Man. Aún en nuestros
días las embarcaciones feroesas conservan la forma larga y estrecha de las vikingas,
mientras que casi todas las ciudades están asentadas al borde mismo del mar.
Después de establecer sus primeros poblados en las
cosas, los feroeses se internaron un tanto en las islas para intentar cultivar sus
empinadas laderas, por las que descienden impetuosos torrentes que vierten directamente al
mar.
Precisamente en esas laderas es donde se hallan las
casas más antiguas, construidas sobre roca volcánica, con paredes de troncos colocados
horizontalmente -leños arrojados por el mar o importados de Noruega a cambio de lana-.
Las casas, embadurnadas de negro alquitrán, sobre el que destacan las blancas ventanas,
tienen tejados de madera sobre los que crece una hierba tan alta como la de un campo de
heno.
Delante de las casas se cuelga a secar el pescado,
la carne de ballena y la de carnero. Detrás de ellas se extienden sembrados
longitudinales que suelen ararse a mano. Son las tierras de cultivo, separadas por cercas
de piedra y las praderas y las montañas que las rodean, donde pacen millares de ovejas
lanudas, de patas tan largas que casi parecen cabras.
John Betjeman
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