En estas latitudes las noches son muy cortas en
verano, aunque la luz disminuye al atardecer. En medio de esta especie de penumbra
recorrimos otros sombríos fiordos dejando más islas y picachos hacia el este. Como
ondulantes cintas blancas, caían las cataratas desde acantilados de enorme altura, cuyas
cimas se perdían en la niebla. parecía imposible que se pudiera encontrar una ciudad de
9000 habitantes al final de una jornada tan abrupta y áspera.
Lo primero que llamó mi atención en Tórshavn fue
el colorido de las flores en los jardines y la insólita presencia de árboles, pues uno
de los rasgos más sorprendentes de las islas Feroë es la ausencia casi total de árboles
y arbustos. Era el día de San Olav y las fiestas estaban en su apogeo. Gran parte de los
35.000 habitantes de las islas se habían congregado en Tórshavn para bailar y cantar en
las calles. En las Feroë no existen bares ni tabernas, pero el whisky, la ginebra, la
cerveza y los licores en general se importan para consumo privado. Todo el mundo estaba
alegre, pero nadie se mostraba agresivo ni pendenciero, ni siquiera con los forasteros que
no lucíamos el traje regional.

Las abigarradas casas de Kollafjördur
destacan sus vivos colores entre el verdor
de las laderas que rodean el pueblo
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Había largas colas para entrar en la sala donde se
bailaba y se cantaban canciones folklóricas. Al igual que los antiguos griegos conocían
las narraciones homéricas de sus dioses y héroes, los modernos habitantes de las Feroë
aprenden la historia de su país desde la infancia por medio de las sagas. Cantan las
sagas mientras bailan sus danzas medievales: una persona entona los versos y los demás, a
coro, el estribillo.
En la plaza las danzas continuaron hasta la
madrugada. Luego hubo carreras de barcas en el puerto y mientras se celebraban yo me
dirigí, por la parte antigua de la ciudad y entre casas de tejados de hierba, hacia el
viejo Parlamento en su promontorio rocoso. Este parlamento feroés, llamado el
"Lögting", es uno de los tres más antiguos del mundo. Los otros dos son el de
Islandia y el de la isla de Man.
Uno de los más bellos lugares es el pueblo de
Kirkjuböur, al sur de Tórshavn. Entre sus muchos monumentos se encuentran las ruinas de
una iglesia que nunca se terminó, la gran Catedral, empezada a construir en el siglo XIII
con basalto gris. Junto a ella se levantan la milenaria iglesia parroquial y las ruinas de
un tercer templo. Visitamos una típica granja feroesa más allá de la catedral. Guardo
un grato recuerdo de aquella simpática vivienda. Tenía una moderna cocina eléctrica, un
cuarto de estar con muebles daneses de estilo moderno, paredes claras donde colgaban
cuadros de excelentes pintores isleños, textos sagrados enmarcados sobre las puertas, un
sólido y elegante armario de madera construido alrededor del año 1800 y una mesa rodeada
de sillas. En menos que canta un gallo la mesa se vio cubierta de platos con pan casero,
carne, pollo, pescado, jamón y queso del país, todo ello acompañado de café y té.
Desde la ventana de la granja contemplamos el
paisaje más inolvidable del mundo: más allá de unas aguas de color esmeralda, las
verdes tierras de cultivo del Potro y del Caballo y los grises bancales de estas
escarpadas islas: al norte, los gigantescos acantilados de Vágar, -donde está emplazado
el aeropuerto- cuyas rocas, cortadas a pico, forman precipicios de más de 300 metros
sobre el mar. La luz cambiaba a cada instante y con ella los colores. El oro se tornaba
rosa mientras el mar se volvía lechoso; nubes gris perla cubrían y descubrían los
picachos; por todos lados reinaba un silencio tan puro y radiante, que se podía oír el
rumiar de las vacas, el pacer de las ovejas y el ladrido de un perro lejano.

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Las Feroë son dieciocho islas, diecisiete de las
cuales están habitadas. Cada una de las que visité tiene su propia y fuerte
personalidad. Sandoy es la más delicada, con menos acantilados gigantes y con playas de
arena -aunque ni en lo más fuerte del verano hace suficiente calor para bañarse-, casas
e iglesias de madera, algunas muy antiguas, y buen servicio de transbordadores hasta
Tórshavn. Eysturoy tiene lagos, montañas y, hacia el norte, tremendos acantilados que
desde una altura de casi 600 metros caen a pico sobre el mar; hay también cataratas,
iglesias de madera, antiguas casas señoriales y numerosas aldeas a lo largo de los
fiordos. Bordoy posee la segunda ciudad en importancia de las islas, Klaksvik, que es el
centro de la indispensable industria pesquera. En un restaurante local tomamos el
exquisito bistec de ballena, que sabe igual que la mejor carne de vaca.
Las iglesias, luteranas, son casi todas de madera,
las más antiguas pintadas de negro por fuera y con ventanas blancas, tejados en los que
crecen altas hierbas y pequeños campanarios colocados en ángulo en el extremo occidental
del edificio. Los domingos, los muchachos trepan a ellos por una escalerilla desde la
galería occidental de la iglesia y tocan las campanas para anunciar el culto.
En las galerías de algunas iglesias se almacenan
las redes de pescar así como las cuerdas que se utilizan para escalar los acantilados en
busca de pájaros marinos.
El uso de la iglesia como almacén para proteger
estos aparejos de la humedad se remonta a los tiempos en que el templo era no sólo el
principal edificio del pueblo, sino el más seco.
En su trazo, se asemejan a las iglesias rurales
inglesas que lograron escapar a las restauraciones victorianas. Su extremo oriental es
cuadrado y tienen rejas de madera tallada. La profusión de pino natural, las vigas
entrecruzadas en la techumbre abierta, reforzadas aquí y allí por varengas que bajan
diagonalmente al suelo, pone de manifiesto que estos pequeños santuarios fueron
construidos por carpinteros de ribera para que resistieran las galernas del Atlántico.
En el exterior, verdes colinas, rocas grises, el
romper de pequeñas olas y el murmullo de un riachuelo saltarín. Me sorprendió comprobar
que estas iglesias fueron en su mayor parte construidas, o, mejor dicho, reconstruidas
entre 1829 y 1847. Evidentemente, se ajustan a un modelo medieval que ha sido reproducido
a través de los siglos. Sus bordes cuadrados y sus rejas guardan más relación con los
templos ingleses de East Anglia, que con los daneses.
John Betjeman
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