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"¡Solamente en Tahití..."! Este fue mi
primer pensamiento a mi llegada a la isla. Mientras nuestro buque se dirigía al muelle,
un grupo de jóvenes chinos evolucionaba en torno de nosotros practicando el esquí
acuático y hablándose a gritos en francés. Una motocicleta pasaba veloz por el
malecón, conducida por un hombre y en la que iban amontonados una mujer, un niño y un
cerdo. Sentado en el bordillo de la acera cercana estaba el clásico vagabundo, harapiento
y mal afeitado, acariciando una botella de champaña con su gollete envuelto en el dorado
y tradicional papel de estaño.
En mi primera noche tahitiana cené en el
restaurante situado en la azotea del Grand Hôtel de Papeete. Los manjares que iban
surgiendo ante mí eran un regalo para los ojos y una tentación para el paladar. Y el
hecho de haber sido servido por una vahiné de dorada piel, negra cabellera hasta la
cintura y una amarilla flor de hibiscus en cada oreja, no disminuyó en nada la euforia de
este sueño. Mientras paladeaba el café y el coñac, se sentó a mi lado. Me dijo que se
llamaba Louise y me preguntó si me había gustado la comida. Le aseguré que había sido
la mejor de mi vida. Y ahora que había terminado de cenar, preguntó, ¿qué planes
tenía para acabar la velada? Bueno..., ¡ejem!, eran algo vagos. La verdad es que no
tenía ninguno.
- Entonces iremos a bailar a Quinn's -dijo Luisa. Y
a Quinn's nos fuimos. Hace casi dos siglos, los primeros europeos que la visitaron -los
que iban con Wallis, Bougainville y Cook- saltaron a tierra, miraron a su alrededor y ya
nunca volvieron a ser los mismos de antes. Al principio fue la isla el refugio ideal para
los marineros y balleneros que desertaban de sus barcos y también, como consecuencia
lógica, un verdadero reto a la labor del misionero más tenaz que haya existido. incluso
Charles Darwin - al que no se le puede tildar de soñador-, cuando llegó a Tahití en su
viaje alrededor del mundo en el Beagle, reconoció que esta escala "será siempre
obligatoria para el viajero que visite los mares del Sur".
A Tahití, con preferencia a cualquier otra isla del
Pacífico, vinieron multitud de escritores: Melville y Stevenson, Pierre Loti y Rupert
Brooke. También los pintores se pueden contar por centenas, encabezados por el genial
Gauguin. Han arribado millonarios en sus yates, playboys con sus neurosis, astros de la
pantalla con su amante de turno, jóvenes airados, hasta humildes y soberbios de todas las
partes del mundo, hasta el extremo de que el mero nombre de Tahití se ha convertido en
sinónimo de aventura y evasión.
Breve descripción geográfica
La isla está formada por dos escarpados conos
volcánicos hace tiempo apagados que, unidos por el estrecho istmo de Taravao, le dan la
forma de un ocho. El círculo mayor es Tahití propiamente dicho (Tahití-nui) y el menor
la península de Taiarapu, o Pequeña Tahití (Tahití-iti); juntos cubren una extensión
de 1560 kilómetros cuadrados.
La población pasa de los 30.000 habitantes, de los
cuales la mitad viven en Papeete, la única ciudad de la isla, situada en la costa
noroeste del Gran Tahití; el resto se halla repartido por el cinturón de costa llana que
la rodea.
El interior, completamente despoblado, es una
maraña casi impenetrable de montes y valles, riscos, desfiladeros y cascadas, todo
recubierto de exuberante vegetación tropical. Su pico más alto, el monte Orohena (2400
m), no fue escalado hasta 1953, el mismo año en que se conquistó el Everest. Pocos
viajeros en Tahití logran siquiera echarle una ojeada, pues aunque la costa es muy
soleada, las alturas están casi siempre envueltas en espesas nubes.
Pero Tahití no mira hacia arriba ni hacia el
interior: Tahití tiene puestos los ojos en el mar. Y con razón, pues el espectáculo del
océano es deslumbrante. Únicamente sus playas, como tantas otras de las islas del
Pacífico, pueden desilusionar al turista; ni son numerosas ni están bien cuidadas, y en
casi todas la arena es de un pardo oscuro o negra. Pero todo lo demás es como un
verdadero sueño: el brillante esmeralda de la costa; el verde claro de la laguna, que se
va oscureciendo poco a poco hasta llegar al azul y luego al zafiro de las aguas profundas,
la blanca franja de rocas en el arrecife que circunda la isla y, más allá, a través de
nueve millas de aguas resplandecientes que bañan la costa del noroeste, la isla vecina de
Moorea, cuya mole se recorta verticalmente en el horizonte dibujando las siluetas de una
cúpula y una aguja, y que unas veces se tiñe de verde o de púrpura, o de negro, o del
rojo encendido del crepúsculo.
La belleza de la tierra corre pareja con la del mar.
Recorrer los 145 kilómetros de tortuosas pero buenas carreteras que circundan la isla
equivale a hacer un viaje a un tropical país de las maravillas. Todo el trayecto
transcurre entre dos inmensidades, a un lado la de las montañas, al otro la del mar; pero
en la estrecha franja de tierra que se extiende entre ambas todo es pequeño, suave,
amable, íntimo. Por todas partes las palmeras inclinan sus suaves penachos ondulantes
hacia el mar. Entre ellas crece el mango y el árbol del pan, el aguacate y el pandanus,
el plátano, el bambú y la casuarina en increíble profusión. En las tierras bajas y
pantanosas hay campos de taro; en terrenos más altos se ven hileras de cafetos y
vainillas.
Cuando pasamos entre ellos, el aire está impregnado
de su fragancia. Luego respiramos el olor de la copra. Luego -aún más intenso- el aroma
de las flores. Por todas partes sus brillantes colores nos alegran la vista: hibiscus,
buganvillas, franchipanes, gardenias y la famosa tiaria Tahití, que inspiró una bella
leyenda de la isla.
Para los turistas concienzudos quedan, además,
muchas otras cosas que ver, desde las ruinas de antiguos templos hasta los lugares donde
desembarcaron los primeros descubridores. Pero l'ambiance tahitienne no le inclina a uno a
meterse en honduras y al turista corriente y moliente le basta y le sobra con el
espectáculo de la vida actual de la isla.
Aunque es verdad que todas las islas del Pacífico
son pródigas en historia y belleza, la vida, l'ambiance de Tahití, son algo diferente y
único. Se respira incluso en el campo, en las aldeas con sus casas de bambú y bálago (o
de tablas y zinc), donde el sonar de las guitarras y el entrechocar de las bolas en los
billares apenas dejan oír el cacareo de los gallos. Se hace sentir en los viejos
autobuses, llenos hasta el techo -y hasta por encima del techo- de cuerpos morenos,
rostros sonrientes, cerdos que chillan y pollos que aletean. En las chicas con pantalones
cortos y brazos y espaldas al aire, que pasan veloces en sus velomotores o en sus motos,
ondeando al viento sus largas cabelleras. En la proliferación de todos estos vehículos
que -juntamente con los autobuses, los camiones y los turismos- hacen que, al aproximarnos
a Papeete, nos encontremos con unos atascos de tráfico que nada tienen que envidiar a los
de París.
Papeete es el centro y el corazón de Tahití, el
foco de su actual actividad y la llave de su porvenir. Vibra, late y hasta salta de puro
dinamismo. Sus muelles son, sin lugar a duda, uno de los grandiosos espectáculos del
mundo.
Es el único puerto, que yo sepa, donde
transatlánticos y buques de carga, lo mismo que goletas, transbordadores y pesqueros, se
ven amarrados a lo largo de la calle principal de la ciudad. Bordeando los muelles se
hallan los establecimientos mercantiles, las tiendas principales, las agencias de turismo
y de las compañías navieras, los cafés y los restaurantes, todos llenos a cualquier
hora. Detrás están las tiendas más pequeñas, casi todas ellas chinas, desparramadas en
un laberinto de retorcidas callejuelas. Por todas partes se ve gente que compra o que
vende algo, curiosos, vagos, bosques de motociclos aparcados y manadas de otros en marcha
que surgen de improviso de cualquier esquina. Con la excepción de sus muelles, la ciudad
es fea, amorfa, destartalada, decrépita. pero no encontraréis otra más bullentes de
vida desde París a San Francisco.
Comienza la fiesta

Estas bailarinas coronadas con
guirnaldas bailan al ritmo de la música
tradicional
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Al caer la tarde, en Papeete la animación es aún mayor. Se encienden las
luces. Suena la música. El ejército de motociclos se hace aún más denso.
Durante mi estancia, en el hotel principal de la
isla había baile cuatro noches por semana; en los bares, abarrotados de clientes que
parecían correrla por todo lo alto, todas las noches daban la impresión de ser noches de
sábado.
De todos los pueblos del mundo, creo que el
tahitiano es el que con más entusiasmo practica el proselitismo de la vida de juerga, y
el celo con que ejerce su apostolado impresiona. Cuando asiste a un festín, pone tal
entusiasmo es tal su capacidad de disfrutar con todo, que haría palidecer de envidia a un
emperador romano. Cuando bebe, apura hasta el fondo, no el vaso, sino la botella.
Cuando a él (o a ella) le dan una guitarra, toca y
canta hasta que saltan las cuerdas; y si le anima a a bailar, tal vez sólo pare para
desayunar ya entrada la mañana, o tal vez ni eso. Quizá sus pasatiempos favoritos sean
las giras campestres y los paseos alrededor de la isla. Y estas romerías, en las que hay
un derroche de cerveza, de guirnaldas de flores, de música y de risas, llegan a alcanzar
proporciones épicas.
En honor de la verdad, hay que reconocer que no
todos los tahitianos están de juerga todo el tiempo. Los demasiado jóvenes y los
demasiado viejos son la excepción más notable, y también a aquellos entre esas dos
edades se les ve, de cuando en cuando, dedicados a otras actividades. Dentro de lo
razonable, desde luego.
Las duras faenas cotidianas las hacen casi
exclusivamente los chinos que, al igual que los indostanes en Fiji, fueron importados hace
un siglo como peones para las plantaciones, quedándose en la isla, de la que ha llegado a
ser -con grandes ganancias- su auténtica fuerza motriz.
Al tahitiano no le interesa el lucro. Cuando
trabaja, lo hace en algo que no sólo tenga que hacer, sino que goce haciéndolo, como por
ejemplo pescar, construir una casa o una canoa, o guiar un bonito camión, grande y
ruidoso. Su capacidad para disfrutar, tanto de esta clase de actividades como de las de
puro recreo, es excepcional. Cuando llega un buque a Papeete, las faenas de descarga
recuerdan más que nada un partido de baloncesto. En el restaurante donde estaba de
camarera mi amiga Louise, era cosa corriente que ella o sus compañeras aprovecharan el
trayecto de la cocina a las mesas del comedor para ensayar algún paso de baile, sin
derramar nada de la bandeja mantenida en perfecto equilibrio en la palma de la mano.
¿Cómo ha llegado el tahitiano a tener este
temperamento?
La historia nos dice que desde hace doscientos años
ha sido robado, corrompido y explotado por el hombre blanco. Hay quienes sostienen que,
bajo esas apariencias, el tahitiano es un ser triste y desorientado, vagando por un mundo
que él nunca creó ni pretendió crear, sabedor de que su raza está condenada a
extinguirse.
Sin embargo, cualquiera que sean su pasado y su
futuro, lo cierto es que hoy por hoy representa a la perfección el papel de hombre más
feliz del mundo.
Las razones de esta felicidad, real o aparente, son,
en mi opinión, tres. La primera estriba en la misma naturaleza del pueblo tahitiano, que
aún en los días de los primeros descubridores, era el más alegre y amante del placer de
todo el Pacífico. La segunda, que guarda alguna relación con la primera, es que los
misioneros no han conseguido influir de un modo decisivo en la mentalidad tahitiana como
lo han hecho con otros polinesios; la fe del hombre blanco, ya sea católica o
protestante, apenas ha calado en el alma y las costumbres de este pueblo. Y la tercera y
última es la circunstancia histórica que hizo que la isla perteneciera a Francia.
Lo cual no quiere decir que los franceses, a través
de los siglos, hayan sido colonizadores modelos. pero los que creen que la isla lo hubiera
pasado mejor bajo los ingleses o los norteamericanos son muy pocos y muy despistados. A
los franceses no les interesa el dinero. Lo que les interesa es ganarse el prestigio
internacional y retener las últimas briznas de su imperio. No les importa la vida privada
de sus súbditos coloniales, ni lo que bebe cada cual, ni con quién se acuesta, ni a qué
hora de la noche -o de la mañana- lo hace. Y estas cosas son precisamente las que cuentan
en la isla.
Aún más importante es el hecho de que no existen
barreras raciales. El concepto de "color" en Tahití, donde las pieles suelen
ser acarameladas, dista mucho del que se tiene en Melanesia o en el África negra. En
Tahití ha habido tantos cruces de nativos con franceses, con chinos, con mestizos, con
casi todas las razas del mundo, que es muy difícil determinar en qué consiste un
tahitiano. Con los ingleses o los norteamericanos quedaría todavía, inevitablemente,
alguna forma de discriminación racial. Con los franceses no hay ninguna. La categoría
depende de la situación económica o profesional, como en todo el mundo, incluso en Rusia
o China.
Pero la igualdad social es absoluta. Durante mi
estancia en la isla pude comprobar que tanto el vestíbulo como el embarcadero y la
terraza del hotel principal de Tahití pertenecían lo mismo a los pescadores y golfillos
que pasaban por allí (y también a algún que otro gato) que a los clientes. El taxista
que hoy me ha llevado a alguna parte muy bien pudiera ser mañana mi anfitrión en una
fiesta. Louise era camarera en el Grand Hôtel seis noches por semana; la ´septima podía
volver allí, y si le apetecía, como cliente, y sentarse a la mesa mientras su
acompañante pedía para ella un tournedos con salsa bearnesa.
Todo tiene su precio
El ambiente de Tahití es una mezcla de todos estos
ingredientes: de lo antiguo y lo moderno; de lo tahitiano y lo francés; de lo lánguido y
despreocupado y de lo febril y frenético. El resultado es un conjunto encantador y
fascinante, pero que no es totalmente un paraíso. Por muy exótico y "especial"
que sea, Tahití sigue formando parte de un mundo donde todo tiene su precio.
No tienen nada de paradisíacos, por ejemplo, la
suciedad y el abandono, las ratas y las cucarachas, las calles llenas de cáscaras
pisoteadas de mango. ¡Pobre del que tenga que resolver algún asunto urgente! Le
parecerá que está en las antípodas del paraíso. La dirección de uno de los más
importantes hoteles no estaba para cantar alabanzas a Tahití cuando, la noche de una de
sus fiestas de gala, sólo acudieron a trabajar dos de sus catorce camareras, pues las
demás se habían marchado a celebrar un picnic en la playa.
Tampoco estaba yo para dar saltos de alegría
aquella resplandeciente mañana en que tardé cuatro malditas horas en hacer dos llamadas
telefónicas, enviar un cable y cambiar un cheque en el banco. Desde el mismo momento en
que uno abandona la laguna o deja la guitarra, las pegas y las dificultades se acumulan
hasta tal punto que estamos expuestos a enfermar de úlcera de estómago.
Esto, naturalmente, sólo le ocurre al popaa u
hombre blanco. El tahitiano tiene otros problemas, aún más serios, el primero de los
cuales es la salud. La antigua plaga isleña de la filariasis-elefantiasis está casi
dominada. pero la tuberculosis impera, así como las enfermedades venéreas. Como la venta
de licores no está limitada, las borracheras son frecuentes. El popaa concienzudo no
puede por menos de sentir algún remordimiento, pues comprende que fueron él, o sus
antepasados, los que infligieron esta maldición a la isla. Pero el tahitiano no
acostumbra a perder el tiempo en lamentaciones.
Para terminar, hay que decir que en Tahití no se
oyen muchas quejas por el estilo de las de Mark Twain, de que todo el mundo habla del
tiempo, pero que nadie hace nada por él... En Tahití ¡aué!, las cosas son muy
distintas.
James Ramsey Ullman
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