Poblaciones y costumbres

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Imágenes de Marruecos (I)

Viaje de ida y vuelta al
corazón de Marrakech

© Carlos Alberto Estévez

MARRAKECH (Marruecos).- Cuando el carruaje se detuvo frente a la plaza Jemaa el Fná, pusimos en manos de Malik, el cochero, dos monedas de diez dirhams (dos dólares) con un muchas gracias envuelto en sonrisas y gestos que pudieran dar al simpático marroquí una pista sobre lo que queríamos decirle. Y como juzgamos que igual no entendería, porque hasta el momento sólo había hablado en francés, le anexamos al protocolo dos "mercí" bastante mal pronunciados y nos quedamos como esperando el resultado.

El precio había sido pactado de antemano a través de un babilónico diálogo que iniciamos señalando un punto en el plano turístico de la ciudad. Dijimos nuestra palabra francesa más repetida, casi mágica ("¿combian?"), y como quien aprieta el disparador automático del regateo nos vimos envueltos en un intercambio de monosílabos e interjecciones, mientras iba y venía un papelito en el que Malik y nosotros anotábamos cifras (arábigas, claro). Cuando pronunció el anhelado d’accord, la tarifa del viaje se había reducido de ochenta a veinte dirhams.

Este episodio fue la primera aproximación a lo que parece ser el conservatorio de las verdaderas esencias del comercio, una actividad que, si bien provee a la subsistencia, tiene también para los marroquíes connotaciones filosóficas, humanísticas, sociales, recreativas, deportivas y hasta picarescas.

Por eso nos arrepentimos de haber comentado entre nosotros tan despreocupadamente aquel éxito cuando, al despedirnos, Malik respondió al merci diciéndonos sinceramente: "Latinoamericanos, amigos. Yo habla español algo".

El vehículo no era en nada distinto de nuestros mateos palermitanos, por lo que en el trayecto se habían mezclado viejas reminiscencias de la infancia con la ínfula de descubridores que nos embargaba en nuestra primera incursión autónoma por esta antigua ciudad imperial, fundada por el jefe almoravide Yusef Ben Tachfin en el año 1062.

Encanto, color y muchedumbre

En la plaza, corazón del Marrakech tradicional y límite entre la ciudad moderna y la vieja medina amurallada, sumergidos en la muchedumbre, los ojos se nos llenaron de escenas de color y encanto desconocidos, con un fondo de palmeras que eternizan el recuerdo del antiguo oasis.

Había prestidigitadores, magos, recitadores, narradores, bailarines y toda clase de vendedores ambulantes, amén de una caterva incontable de niños dispuestos a seguirlo a uno hasta el fin del mundo en tanto sospecharan que podían ablandar nuestros corazones y recibir alguna dádiva. La perplejidad quedaba reservada para los tragafuegos y los que caminaban como si nada sobre increíbles felpudos de clavos.

Los narradores debían poseer una gran habilidad, pues mantenían casi en éxtasis al más atento auditorio que se haya visto. Sentados en el suelo formando un círculo, con las piernas cruzadas bajo la chilaba, los escuchas sufrían, lloraban o reían a voluntad del sabihondo.

Después de admirar y fotografiar el minarete de la mezquita de la Kutubia, torre gemela de la Giralda de Sevilla, nos llamaron la atención dos jóvenes vendedoras prácticamente encajonadas en un estrechísimo quiosco de madera. Entre ese ridículo embalaje y los velos tradicionales, sólo podía admirarse de aquellas damas el brillo de sus ojos; y eso si no hubiera ocurrido lo que ocurrió.

Bastó levantar unos centímetros la cámara fotográfica para que se taparan primero la cara con los melones que vendían y desaparecieran después hacia abajo, como si la tierra se hubiera abierto bajo sus pies.

Abandonamos el intento, para caer atrapados por un enjambre de chiquillos que nos rodeaban pidiendo y pidiendo, y que mostraban su firme determinación de no separarse de nosotros hasta que fuéramos tan amables de dar a cada uno de ellos idéntica suma que la que había recibido una simpática niñita luego de embelesarnos con su sonrisa melancólica e impetratoria.

Concierto para reptiles

La huida fue facilitada por los numerosos espectadores que atraía el encantador de serpientes, entre quienes nos refugiamos. Éste, sentado sobre una envidiable alfombra artesanal, ejecutaba con tanto virtuosismo la flauta al tiempo que se ponía de pie, que tres electrizantes cobras alzaban sus cabecitas y se estiraban verticalmente casi cuan largas eran.

No pudimos resistir una fuerza interior que nos obligó a fotografiar la escena desde todos los ángulos. El encantador sonreía como una modelo publicitaria. No bien hubo terminado la sesión, empero, su rostro se transformó en la cara amenazante de un acreedor engañado y la mano extendida y sus ojos de azabache, llameantes, indicaban que había que pagar por el recuerdo visual. Las cobras ya descansaban enroscadas.

Este buen hombre no hablaba más que árabe. Discutimos cada uno en su lengua como si nos entendiéramos. Pero nada de eso. Esta vez no hubo d’accord. No pudimos convenir un precio razonable para ambas partes, por lo que después de darle cinco dirhams debimos soportar estoicamente una retahíla ininteligible. Mal que nos pesara, sin embargo, lo que decía estaba clarísimo.

Nos alejábamos con una mezcla de temor y de culpa, pero todo quedó olvidado enseguida porque una simpática doncella llamada Samara nos abordó con toda clase de señales amistosas. Estaba tan acongojada por nosotros -también éramos latinoamericanos amigos- y tan dispuesta a que olvidáramos el bochornoso incidente, que nos ofreció como regalo expiatorio una de las pulseras que vendía. Claro que nos negamos una y mil veces a tomar el inmerecido obsequio, pero, como ocurre casi siempre, ganó Samara.

Luego aprenderíamos que aquel desprendimiento no era más que el señuelo para asegurarse una forzada venta de sus baratijas. De todas formas, con Samara fue menos babilónico el regateo porque nos habló en español desde el principio.

Y como recompensa final, nos ayudó a encontrar en la calle atestada el viejo mateo de Malik, que nos rescató de aquel escenario fascinante.


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Editada en Buenos Aires - Argentina