MARRAKECH (Marruecos).- Cuando el carruaje se detuvo
frente a la plaza Jemaa el Fná, pusimos en manos de Malik, el cochero, dos monedas de
diez dirhams (dos dólares) con un muchas gracias envuelto en sonrisas y gestos que
pudieran dar al simpático marroquí una pista sobre lo que queríamos decirle. Y como
juzgamos que igual no entendería, porque hasta el momento sólo había hablado en
francés, le anexamos al protocolo dos "mercí" bastante mal pronunciados
y nos quedamos como esperando el resultado.
El precio había sido pactado de antemano a través
de un babilónico diálogo que iniciamos señalando un punto en el plano turístico de la
ciudad. Dijimos nuestra palabra francesa más repetida, casi mágica
("¿combian?"), y como quien aprieta el disparador automático del regateo nos
vimos envueltos en un intercambio de monosílabos e interjecciones, mientras iba y venía
un papelito en el que Malik y nosotros anotábamos cifras (arábigas, claro). Cuando
pronunció el anhelado daccord, la tarifa del viaje se había reducido de
ochenta a veinte dirhams.
Este episodio fue la primera aproximación a lo que
parece ser el conservatorio de las verdaderas esencias del comercio, una actividad que, si
bien provee a la subsistencia, tiene también para los marroquíes connotaciones
filosóficas, humanísticas, sociales, recreativas, deportivas y hasta picarescas.
Por eso nos arrepentimos de haber comentado entre
nosotros tan despreocupadamente aquel éxito cuando, al despedirnos, Malik respondió al merci
diciéndonos sinceramente: "Latinoamericanos, amigos. Yo habla español algo".
El vehículo no era en nada distinto de nuestros
mateos palermitanos, por lo que en el trayecto se habían mezclado viejas reminiscencias
de la infancia con la ínfula de descubridores que nos embargaba en nuestra primera
incursión autónoma por esta antigua ciudad imperial, fundada por el jefe almoravide
Yusef Ben Tachfin en el año 1062.
Encanto, color y muchedumbre
En la plaza, corazón del Marrakech tradicional y
límite entre la ciudad moderna y la vieja medina amurallada, sumergidos en la
muchedumbre, los ojos se nos llenaron de escenas de color y encanto desconocidos, con un
fondo de palmeras que eternizan el recuerdo del antiguo oasis.
Había prestidigitadores, magos, recitadores,
narradores, bailarines y toda clase de vendedores ambulantes, amén de una caterva
incontable de niños dispuestos a seguirlo a uno hasta el fin del mundo en tanto
sospecharan que podían ablandar nuestros corazones y recibir alguna dádiva. La
perplejidad quedaba reservada para los tragafuegos y los que caminaban como si nada sobre
increíbles felpudos de clavos.
Los narradores debían poseer una gran habilidad,
pues mantenían casi en éxtasis al más atento auditorio que se haya visto. Sentados en
el suelo formando un círculo, con las piernas cruzadas bajo la chilaba, los escuchas
sufrían, lloraban o reían a voluntad del sabihondo.
Después de admirar y fotografiar el minarete de la
mezquita de la Kutubia, torre gemela de la Giralda de Sevilla, nos llamaron la atención
dos jóvenes vendedoras prácticamente encajonadas en un estrechísimo quiosco de
madera. Entre ese ridículo embalaje y los velos tradicionales, sólo podía admirarse de
aquellas damas el brillo de sus ojos; y eso si no hubiera ocurrido lo que ocurrió.
Bastó levantar unos centímetros la cámara
fotográfica para que se taparan primero la cara con los melones que vendían y
desaparecieran después hacia abajo, como si la tierra se hubiera abierto bajo sus pies.
Abandonamos el intento, para caer atrapados por un
enjambre de chiquillos que nos rodeaban pidiendo y pidiendo, y que mostraban su firme
determinación de no separarse de nosotros hasta que fuéramos tan amables de dar a cada
uno de ellos idéntica suma que la que había recibido una simpática niñita luego de
embelesarnos con su sonrisa melancólica e impetratoria.
Concierto para reptiles
La huida fue facilitada por los numerosos
espectadores que atraía el encantador de serpientes, entre quienes nos refugiamos. Éste,
sentado sobre una envidiable alfombra artesanal, ejecutaba con tanto virtuosismo la flauta
al tiempo que se ponía de pie, que tres electrizantes cobras alzaban sus cabecitas y se
estiraban verticalmente casi cuan largas eran.
No pudimos resistir una fuerza interior que nos
obligó a fotografiar la escena desde todos los ángulos. El encantador sonreía como una
modelo publicitaria. No bien hubo terminado la sesión, empero, su rostro se transformó
en la cara amenazante de un acreedor engañado y la mano extendida y sus ojos de azabache,
llameantes, indicaban que había que pagar por el recuerdo visual. Las cobras ya
descansaban enroscadas.
Este buen hombre no hablaba más que árabe.
Discutimos cada uno en su lengua como si nos entendiéramos. Pero nada de eso. Esta vez no
hubo daccord. No pudimos convenir un precio razonable para ambas partes, por
lo que después de darle cinco dirhams debimos soportar estoicamente una retahíla
ininteligible. Mal que nos pesara, sin embargo, lo que decía estaba clarísimo.
Nos alejábamos con una mezcla de temor y de culpa,
pero todo quedó olvidado enseguida porque una simpática doncella llamada Samara nos
abordó con toda clase de señales amistosas. Estaba tan acongojada por nosotros -también
éramos latinoamericanos amigos- y tan dispuesta a que olvidáramos el bochornoso
incidente, que nos ofreció como regalo expiatorio una de las pulseras que vendía. Claro
que nos negamos una y mil veces a tomar el inmerecido obsequio, pero, como ocurre casi
siempre, ganó Samara.
Luego aprenderíamos que aquel desprendimiento no
era más que el señuelo para asegurarse una forzada venta de sus baratijas. De todas
formas, con Samara fue menos babilónico el regateo porque nos habló en español desde el
principio.
Y como recompensa final, nos ayudó a encontrar en
la calle atestada el viejo mateo de Malik, que nos rescató de aquel escenario fascinante.
|