MARRAKECH (Marruecos).- Una multitud disímil se
escurre por las callejas estrechas, pobladas de ruidos y de voces extrañas, políglotas
por necesidad. Desniveles caóticos y trazos irregulares diseñan un laberinto. Hay un
andar y desandar incierto. En cada vuelta una sorpresa.
El agua cristalina de la fuente refleja en el patio
central del zoco El Bahja la arquitectura prieta y rojiza de la medina.
Como una invitada tímida, la luz del sol se cuela
en los puestos de venta amontonados en desorden por los siglos, que se abren al paso como
cajas de sorpresas.
"Pase. Sólo para mirar. Sin compromiso,
amigo". Unas manos surcadas tallan la madera. Unas manos tersas manejan el telar. Es
la artesanía de la subsistencia, la sabiduría hereditaria.
Los sentidos se embriagan con el olor penetrante del
cuero y de la resina, con el brillo de la seda, la suntuosidad de los vestidos, la riqueza
de las alfombras y el arabesco de las mantas. Es una incontable variedad de candilejas que
desparraman colores excitantes sobre un escenario fantástico.
Detrás de las bambalinas, una historia secreta se
resiste: hay que seguir vendiendo para poder vivir; hay que seguir viviendo para poder
vender. Ambas verdades parecen confundirse.
Las piedras preciosas, los kaftanes y las capas, las
teteras de plata, los cofres y las pieles conviven en un revoltijo de ilusiones: el pan de
cada día en la venta conquistada; el testimonio cálido en el recuerdo que se adquiere.
Todo está allí. Son como sirenas que emiten el
llamado irresistible. La magia de la oferta alimentando esperanzas.
¡Adiós, Mouat!
Con unas babuchas de cuero de camello y una chilaba
blanca con trencillas doradas, Mouatassim se aparece de improviso. Su sonrisa es una media
luna blanca iluminando un paisaje de rasgos morenos con dos lagos redondos, profundos y
oscuros que miran desde el alma.
Parece un príncipe recortado de un libro de
cuentos. Pero no es un príncipe. Mouatassim no pudo ir a la escuela. Sólo aprendió a
escribir cifras y a contar dirhams, o dólares. Pero habla el árabe, el francés, el
inglés y el español. A su manera.
Mouatassim es amigo enseguida. Pronto le decimos,
simplemente, Mouat, como si lo conociéramos desde siempre. Se interesa por todo. Hay que
contarle la vida. Hay que caminar con él por ese laberinto y, a veces, dejarse llevar del
brazo para no perderse. Se convierte en asesor y guía.
De pronto se esfuma como un espejismo y uno se queda
quieto sin explicarse por qué lo espera. Pero él aparece corriendo otra vez con su
alegría y su amistad y vuelve a conversar de cualquier cosa.
Responde a la curiosidad y cuenta historias.
Intercala ofertas y regateos con admirable ubicuidad. Pregunta por América. Quiere
sacarse una foto de recuerdo. Y, entretanto, vende mucho. Vende y venderá siempre, porque
Mouat lleva en su alma y en su cuerpo una necesidad vital que es a la vez su herencia y su
destino.
¡Ah!, falta decir que Mouatassim Motramo, al frente
del puesto número 244 del zoco El Bahja, tiene apenas diez años de vida.
Consejos útiles
En buen romance, el zoco no es otra cosa que un
supermercado medieval; pero las disparidades son capaces de convertir la visita en una
evasión casi terapéutica.
Hay que saber, de antemano, que el precio definitivo
jamás está prefijado. Será una especie de "score"; resultado incierto de una
partida de ingenio; el punto exacto de equilibrio entre dos fuerzas de igual dirección y
sentido contrario.
Para comprar con buen éxito en el zoco hay que
ejercitar la imaginación y la picardía; ser firme como un roble y elástico como la red
de un circo; verborrágico como el narrador de la plaza Jemaa el Fná y dueño de un
acentuado buen humor; tener mucho tiempo disponible y una paciencia infinita; penetración
psicológica, enorme respeto por las reglas del juego y buena memoria para recordar por
dónde se sale del mercado.
Es muy probable que, después de pasar una tarde en
El Bahja, zoco de Marrakech, cualquiera de nosotros experimente, por poca plata, una
plenitud inigualable.
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