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La maravillosa y antigua ciudad de Benarés, capital
religiosa de la India, es visitada cada año por miles de peregrinos. Fue fundada unos
diez siglos antes del nacimiento de Cristo con el nombre de Varanasi por estar situada
entre dos tributarios del Ganges: el Varuna al norte y el Asi al sur.
A todo lo largo del gran malecón desciende al río
una gran escalinata de piedra; aquí y allí hay ghats o embarcaderos para los botes que
surcan sus aguas. Una multitud de fieles se apiña en las gradas, pues los indios creen
que el contacto con aquellas aguas sagradas les limpiará de todos sus pecados. Como para
los indios piadosos el morir a orillas del Ganges es ver abrirse las puertas del paraíso,
el humo asciende constantemente de las piras funerarias que bordean el río.
La ceremonia funeraria es muy sencilla. Cuatro
hombres llevan unas parihuelas donde descansa el cadáver, envuelto en una ligera mortaja;
detrás van los deudos del difundo. Descienden las escalinatas y sumergen el cuerpo en las
aguas del río sagrado. Luego lo colocan sobre una pequeña pira de madera bien seca a la
que prenden fuego, mientras los deudos permanecen silenciosos, en cuclillas, a su
alrededor. Cuando termina la cremación, que dura varias horas, se echa agua sobre las
cenizas calientes que luego serán esparcidas sobre la corriente del río.

Poco antes de salir el sol da comienzo
una actividad febril en el gran anfiteatro escalonado del río.
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Los hindúes creen en un Alma Universal compuesta
por una trinidad de dioses: Brahma, el dios padre, Siva, el destructor, y Visnú, el
conservador.
Juntos se ocupan de la creación, conservación y
destrucción del universo y de todo lo que encierra. Siva es la divinidad mayor de
Benarés. En todos los templos aparece su emblema, desgastado por las manos de los fieles,
rociado con agua lustral del Ganges y adornado con flores.
Poco antes de salir el sol da comienzo una actividad
febril en el gran anfiteatro escalonado del río. Los devotos de más categoría se
acomodan bajo sombrillas hechas de hojas secas de palmera. Entre la emocionada muchedumbre
pueden verse venerables brahmanes que recitan pasajes de los libros sagrados ante grupos
de fieles que escuchan atentamente.
Por todos lados deambulan faquires embadurnados de
ceniza, vacas y toros sagrados, mendigos, barberos, cabras, barqueros y se escuchan los
agudos gritos con que pregonan su mercancía los vendedores de dulces.
Los sacerdotes ungen las frentes de los fieles con
polvos de diversos colores en símbolo de su veneración a los dioses, mientras vendedores
infantiles ofrecen clavelones amarillos, jazmines blancos y pétalos de rosa para adornar
las imágenes de los templos.
William Macquitty |