Si decide Ud. hacer el viaje, la primera impresión
que le cause el país dependerá de la vía que utilice para llegar a Lisboa, uno de los
puertos más bellos del mundo. Si llega por mar, desembarcará en una pintoresca ciudad
dieciochesca. Grandes edificios destinados a dependencias del gobierno forman los tres
lados de una inmensa plaza abierta sobre el puerto, que anteriormente fue la terraza del
Palacio de la Ribera, destruido en el terremoto de 1775.
Al fondo aparecen las siete colinas de Lisboa
salpicadas de palacios, iglesias y casas, en un derroche de colores que van desde el azul
celeste hasta el ocre pálido, y el rojo de la sandía. Todo ello parece un marco tan
apropiado para una ópera, que uno se queda casi sorprendido al comprobar la existencia
del moderno y veloz tráfico rodado.

En Oporto está centralizado el
mercado de su famoso vino. Las
viejas casas de la ciudad son de
estilo oriental
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Si llega Ud. por avión, tomará tierra en un
Portugal del siglo XX. Todo es moderno, lleno de luz y cómodo: las amplias salas de
espera del aeropuerto; los grandes autobuses que lo llevan al centro de la ciudad en pocos
minutos; las anchas avenidas con sus magníficas casas, arriates de flores y fuentes de
sobria belleza.
Pero si entra Ud. desde la frontera española, ya
sea en coche o en tren, penetrará en el corazón del Portugal castizo y podrá saborear
inmediatamente su fuerte personalidad. Aunque España y Portugal tienen tanto en común
geográfica y racialmente, los paisajes, la arquitectura y aun los habitantes de los dos
países son muy diferentes. En Portugal todo es más blando, más suave y sosegado. La
campiña sobre todo es de un verde fresco y lozano.
Lo de "jardín de Europa a la orilla del
mar" es más que una frase poética. Gran parte de los 90.600 kilómetros cuadrados
de Portugal están cubiertos de vegetación gracias a los vientos húmedos del océano
Atlántico, que baña los 800 kilómetros de su costa. Crecen allí más de 2700
variedades de árboles, arbustos y flores. Plantas nativas del norte de Europa florecen
junto a otras del Mediterráneo y hasta del norte de África.
Reina entre los portugueses una cortesía tan
exquisita que recuerda la de la vieja Europa. En las tiendas, hasta el cliente más
humilde recibe el tratamiento de Vossa Excelência y el revisor de billetes del
transbordador que cruza el Tajo le desea a uno boa viagem cuando le taladra el
billete. Todo el mundo es cortés sin ser servil con una dignidad innata exenta de
arrogancia.
Es éste un país de magníficas iglesias
centenarias. Las más notables, como las de Tomar, Batalha, Alcobaça y la de los
Jerónimos, están adornadas con hileras de columnas retorcidas como si fueran cables
náuticos, con gigantescas conchas, inmensas anclas, globos rodeados de cuerda y otros
motivos exóticos que ciñen ventanas, portadas y arcos cual enredaderas tropicales.
A la entrada de toda ciudad portuguesa de alguna
importancia se alza un edificio singular: la plaza de toros. Al contrario de sus vecinos
españoles, los portugueses no dan muerte a los toros; cuando el toureiro ha
probado su maestría perforando la piel de la res con cuatro pares de banderillas de
vistosos colores, se acaba la corrida. Como el acosado animal no sabe que la lidia ha
terminado, se le echan vacas para que lo conduzcan fuera de la plaza.
El orgullo de ser portugués cunde entre los 300.000
habitantes de Oporto, la segunda ciudad del país y la que ha dado su nombre a la nación
y a uno de los vinos más famosos del mundo. Es la más antigua de Portugal, fundada por
colonizadores griegos, según se cree, unos 2000 años antes de Jesucristo. Durante muchos
siglos, Oporto fue el centro del comercio y de las finanzas portuguesas y su diminuto pero
histórico reino fue el núcleo del gran imperio colonial portugués.

Las mujeres de Nazaré, descalzas,
llevan la pesca del día al mercado

En los tranquilos caminos vecinales se
ven, con frecuencia, carros tirados por burros
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Cuando, en la antigua aldea pesquera de Nazaré,
regresan al atardecer las pintorescas barcas cargadas con la pesca del día, con sus
esbeltas proas y popas curvas como los cuernos de una luna en cuarto creciente y pintadas
de alegres colores, los bueyes las arrastran pesadamente y las sacan de la playa. El
retorno de la flota pesquera es un espectáculo sin igual. Los pescadores y sus hijos,
descalzos, llevan camisas a cuadros marrones, verdes y amarillos y calzones remangados
hasta la rodilla, indumentaria tradicional que ha perdurado a través de las generaciones.
Se cubren la cabeza con un largo gorro de lana cuyo extremo les cae sobre el hombro y que
les sirve para guardar el tabaco y las cerillas. Los jóvenes visten por lo general una
falda de lana y blusa de los mismos cuadros que los hombres. Las viejas se enfundan en
amplias capas negras que llevan sujetas a un sombrero de fieltro, también negro y
completamente plano. Envueltas en las capas, que les caen hasta los pies, parecen
gigantescos murciélagos.
Al oeste de Lisboa y a lo largo de más de 30
kilómetros se extiende la Costa do Sol, la Riviera de Portugal. Es la zona más
elegante y más visitada del país. Tiene todo lo que pudiera interesar a turistas
portugueses y a extranjeros: playas, aldeas de pescadores, bellos chalets en colinas
cubiertas de eucaliptos y pinos, modernos hoteles, campos de golf, casinos y salas de
fiestas, así como la hermosa cordillera de Cintra con sus espléndidos panoramas. Muchos
lisboetas acomodados tienen sus residencias veraniegas en la Costa do Sol o viven
allí todo el año. Hay también en esta privilegiada zona antiguos palacios sin rey, y
reyes desterrados sin palacio.
Una tortuosa carretera que corre a lo largo de la
costa lleva a Cabo da Roca, el extremo occidental de toda Europa. Allí los pinos donceles
y los eucaliptos con su fuerte fragancia dan paso al tamarindo y a otras plantas rastreras
cuyas flores, color de azufre, son lo suficientemente fuertes como para resistir los
vientos del mar. Más adelante, incluso estas plantas desaparecen y sólo queda la tierra
desnuda y pedregosa y, a la izquierda del viajero, entre el océano y la carretera, un mar
de dunas.
Haga Ud. un alto en uno de los humildes figones de
esta carretera. El comedor tiene el techo bajo y poca luz, pero el lenguado y la langosta
son extraordinariamente sabrosos, y el vino ligero, fresco y seco. A la hora del fuerte
café portugués, el mesonero lo invita a tomar una copa de licor de enebro, obsequio de
la casa.
Anochece. Una canción se oye por encima del viento
que ruge afuera. Es el fado portugués, cantar cuyo nombre deriva de la palabra
"destino". Vibra de angustia y de melancolía. Es tierno, sentimental y llega al
corazón. Lo acompaña palpitante el lamento sonoro de una guitarra.
Sigue otra canción, la saudade, todavía
más nostálgica, cargada de eternos pesares. Fue precisamente aquí donde, hace siglos,
se hicieron a la mar las carabelas de intrépidos navegantes que descubrirían nuevas
tierras en América y en Asia. Desde aquí partieron también muchos emigrantes
portugueses para el Brasil o para las grandes colonias de África.
¿Quién inventó esa palabra tan musicalmente
triste: saudade? Fue el adiós de una madre al hijo que se alejaba. Sólo al
abandonar Portugal se comprenden todos los matices de su significado.
André Visson |