Poblaciones y costumbres

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La grandeza de los Alpes

Aníbal los cruzó para derrocar el poder de Roma, César para conquistar las Galias y Bretaña, y Napoleón para sojuzgar a Italia. Hoy, los Alpes, majestuosos y temibles como siempre, no desafían a ejércitos en pie de guerra sino a osados deportistas


El monte Cervino, visto desde la vertiente suiza

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   Glaciar del gigante, en el macizo del
   Mont Blanc


   La inmensa pirámide de los Grandes
  Jorasses, tras un mar de nubes

Si se la compara con otros continentes, la Europa moderna da una sensación de pulcritud y esmero. Las ciudades, los campos de cultivo, las carreteras y ferrocarriles, las pintorescas aldeas, todo proclama que el hombre, su artífice, ha triunfado sobre la Naturaleza.

Pero esta sensación se desvanece ante los Alpes; de cara a estas montañas, nadie -siquiera la criatura más arrogante del mundo- seguirá defendiendo la superioridad del hombre sobre la Naturaleza.

Los Alpes hacen que aquel que los contempla se sienta como un enano en el país de los gigantes; le sobrecogen, le inspiran respeto y temor e incluso le hacen olvidar todos los adelantos de la ciencia. Son montañas que sólo se rinden ante hombres de probado valor y que castigan sin piedad a los impulsivos y a los temerarios.

En la antigüedad, los romanos se limitaron a cruzar sus puertos, sin explorar los picos que se alzan por encima de la zona de bosques y praderas.

Esta aventura la emprendió un puñado de excursionistas británicos en el siglo XIX. Cruzando los peligrosos glaciares cuyas aguas alimentan los grandes ríos de Europa -el Rin, el Danubio y el Po- ganaron con mil fatigas los picos más altos de la cordillera, pero no para fundar imperios. Su única razón fue, sencillamente, que las cumbres del Cervino y del Mont Blanc les llamaban.

Desde aquellos días históricos hasta la presente generación de alpinistas -que no se inmuta ante los inmensos peligros que representa, por ejemplo, la cara norte del pico Eiger- los Alpes han seguido hechizando a los montañeros.

En torno del Cervino, para mencionar sólo un picacho, han surgido leyendas de un simbolismo casi religioso.

Según ha escrito un alpinista, "las montañas no le ponen mala cara al hombre. No. Su expresión es más bien de una rara dignidad". Otro ha revelado la eterna atracción que ejercen las cumbres nevadas al decir que cuando escala, ve las montañas "como nunca las había pintado nadie, llenas de prodigios que ningún cuento de hadas ha podido imaginar, que jamás he visto, ni siquiera en sueños".

Desde luego, los glaciares que rodean al Mont Blanc no tienen muy buena cara. El alpinista que pierde pie se juega la vida; si cae en una grieta, ésta no devolverá su cadáver hasta que, pasados unos años, el hielo haya concluido su lenta marcha hacia las regiones más templadas al pie de los montes.

En efecto, los glaciares son un vestigio de la última Edad de Hielo, cuando la vida terrestre era una continua lucha contra el frío. Desde aquellos tiempos, el peligro que representan ha disminuido muy poco, pues queda todavía suficiente hielo en los glaciares de este planeta como para sepultar un continente del tamaño de Sudamérica.

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