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Glaciar del gigante, en el macizo del
Mont Blanc

La inmensa pirámide de
los Grandes
Jorasses, tras un mar de nubes
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Si se la compara con otros continentes, la Europa
moderna da una sensación de pulcritud y esmero. Las ciudades, los campos de cultivo, las
carreteras y ferrocarriles, las pintorescas aldeas, todo proclama que el hombre, su
artífice, ha triunfado sobre la Naturaleza.
Pero esta sensación se desvanece ante los Alpes; de
cara a estas montañas, nadie -siquiera la criatura más arrogante del mundo- seguirá
defendiendo la superioridad del hombre sobre la Naturaleza.
Los Alpes hacen que aquel que los contempla se
sienta como un enano en el país de los gigantes; le sobrecogen, le inspiran respeto y
temor e incluso le hacen olvidar todos los adelantos de la ciencia. Son montañas que
sólo se rinden ante hombres de probado valor y que castigan sin piedad a los impulsivos y
a los temerarios.
En la antigüedad, los romanos se limitaron a cruzar
sus puertos, sin explorar los picos que se alzan por encima de la zona de bosques y
praderas.
Esta aventura la emprendió un puñado de
excursionistas británicos en el siglo XIX. Cruzando los peligrosos glaciares cuyas aguas
alimentan los grandes ríos de Europa -el Rin, el Danubio y el Po- ganaron con mil fatigas
los picos más altos de la cordillera, pero no para fundar imperios. Su única razón fue,
sencillamente, que las cumbres del Cervino y del Mont Blanc les llamaban.
Desde aquellos días históricos hasta la presente
generación de alpinistas -que no se inmuta ante los inmensos peligros que representa, por
ejemplo, la cara norte del pico Eiger- los Alpes han seguido hechizando a los montañeros.
En torno del Cervino, para mencionar sólo un
picacho, han surgido leyendas de un simbolismo casi religioso.
Según ha escrito un alpinista, "las montañas
no le ponen mala cara al hombre. No. Su expresión es más bien de una rara
dignidad". Otro ha revelado la eterna atracción que ejercen las cumbres nevadas al
decir que cuando escala, ve las montañas "como nunca las había pintado nadie,
llenas de prodigios que ningún cuento de hadas ha podido imaginar, que jamás he visto,
ni siquiera en sueños".
Desde luego, los glaciares que rodean al Mont Blanc
no tienen muy buena cara. El alpinista que pierde pie se juega la vida; si cae en una
grieta, ésta no devolverá su cadáver hasta que, pasados unos años, el hielo haya
concluido su lenta marcha hacia las regiones más templadas al pie de los montes.
En efecto, los glaciares son un vestigio de la
última Edad de Hielo, cuando la vida terrestre era una continua lucha contra el frío.
Desde aquellos tiempos, el peligro que representan ha disminuido muy poco, pues queda
todavía suficiente hielo en los glaciares de este planeta como para sepultar un
continente del tamaño de Sudamérica.
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