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En el interior de esta superficie salvaje los
termómetros han descendido hasta los 89 grados bajo cero, y los vientos han superado los
300 kilómetros por hora. Sus pluviómetros recogen al cabo del año apenas un poco más
de lluvia que los instalados en el desierto del Sahara.
La oscuridad se adueña de sus largos inviernos. Y
sus gélidas aguas forman una capa de hielo que hace que la mayoría de su superficie
resulte impenetrable.
La dureza de las condiciones climáticas es una
garantía de conservación: la Antártida es el único ecosistema prácticamente libre de
los efectos devastadores de la mano del hombre.
Su aire es el más limpio de la tierra, sus aguas
las más ricas, sus cielos los más azules y sus animales los más confiados. Y su
historia, la mejor surtida en leyendas.
Hombres de la talla de Scott, Amundsen o Shackleton
emplearon los mejores años de sus vidas en la conquista de "los cuatro polos
sur" de la Antártida: el geográfico (el eje de rotación de la Tierra pasa a
través del hemisferio sur), el magnético (donde convergen todas las líneas de fuerza
del campo magnético terrestre), el geomagnético (el polo magnético tomando la tierra
como un imán homogéneo) y el de inaccesibilidad relativa (el punto más interno del
continente, el más alejado de las costas).
La Antártida, tierra de extremos, se encuentra
rodeada por los océanos más profundos, violentos y fríos del mundo. 2.200 kilómetros
la separan de Nueva Zelanda, 2.250 de Australia y 3.600 de Sudáfrica. Después de dos
días de navegación desde Ushuaia las aguas se oscurecen, los vientos se enfrían y el
horizonte adquiere tonalidades extrañas. Las noches se acortan hasta desparecer. Los
lomos de las ballenas y sus chorros de aire se convierten en algo habitual. El verano
austral es un período entre los meses de octubre y marzo, en el que las condiciones
climáticas son menos radicales.
En este desierto de cristal las zonas sin hielo son
auténticos oasis. Líquenes y algas altamente especializados sobreviven en los ásperos
suelos. Los pintados sobrevuelan las escarpadas laderas buscando sus nidos. Focas y
elefantes marinos se tumban a dormir en las rocas. Un grupo de pingüinos ha abandonado
ese refugio y navega en una isla flotante de hielo.
El debate sobre la presencia humana en la Antártida
sigue abierto. Tierra de nadie y tierra de todos. Científicos y turistas visitan este
santuario natural con diferentes finalidades, y también con distintos grados de impacto.
El turismo, la única actividad comercial que se
realiza en el continente, se autolimita gracias a los elevados precios del viaje. Los
visitantes de pago sólo tienen acceso de forma muy controlada y puntual a unos cuarenta
lugares seleccionados por expertos, lugares que se van alternando para no causar problemas
a la fauna y a la escasa vegetación.
No dejan restos, no dejan huella. Los científicos,
sin embargo, marcan claramente su territorio levantando bases y construyendo pistas para
sus aviones y helicópteros. Algunos dicen que producen ruidos, gases, calor, polvo,
basuras, y que en algunas ocasiones los vertidos de gasolinas y residuos pueden llegar al
mar.
El responsable de la histórica base británica de
Port Lockroy (fundada el 16 de febrero de 1944), uno de los escasos monumentos históricos
de la Antártida, no está de acuerdo: "Excepto en una base norteamericana, en la que
en algunas ocasiones se reúnen casi 2.000 personas, las demás no albergan a demasiada
gente. Nosotros sólo somos dos. Y casi todos son científicos que saben perfectamente
qué deben hacer y qué no".
El Tratado Antártico, que tiene congelados desde su
firma en 1959 los reclamos de soberanía territorial sobre este territorio, defiende la
"libertad para la ciencia y su utilización para fines exclusivamente
pacíficos".
Los habitantes de la Antártida están siempre
atentos para recibir de forma adecuada a los viajeros. Albatros, petreles, ballenas,
pingüinos y leones marinos vuelan y nadan alrededor del barco en una extraña ceremonia
de bienvenida. Son auténticos especialistas, seres perfectos diseñados para sobrevivir a
las condiciones más duras y desfavorables del planeta.
"En los trópicos un mono no tiene más que
alargar una mano para conseguir un plátano, el alimento que necesita", asegura un
científico chileno "pero aquí las cosas son bien diferentes. Estamos ante seres con
una capacidad para sobrevivir asombrosa, que forman una red alimentaria perfectamente
estructurada. Desde el minúsculo krill, esos crustáceos planctónicos de 4 centímetros
de longitud, a la enorme ballena yubarta de casi 50 toneladas de peso".
Los científicos, como los exploradores, pertenecen
a razas diferentes. "Si buscas un buen viajero polar, escoge a un hombre sin
demasiado músculo, con una buena condición física, y la mente resistente como el
acero", escribió un viejo aventurero. El noruego Roald Amundsen fue el primer
hombre, siempre tras la pareja formada por el soñador Julio Verne y su capitán Nemo, en
alcanzar el Polo Sur. Amundsen lo hizo el 15 de diciembre de 1911, sólo unos días antes
que el malogrado Robert F. Scott; ambos protagonizaron una de las carreras más
fascinantes en la historia de la exploración.
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