Poblaciones y costumbres

Índice de esta sección

Portada
Página anterior Página siguiente


Todo es frío y desolación en la Antártida

El sexto continente, el último lugar virgen del mundo. Un bloque de hielo y desolación de 14 millones de kilómetros cuadrados. En sus congeladas tierras no hay espacio para árboles, y tampoco para una población autóctona. Sólo algunos científicos y exploradores se sumergen en este infierno blanco


Una imagen satelital del continente helado

_____________________________________________________

En el interior de esta superficie salvaje los termómetros han descendido hasta los 89 grados bajo cero, y los vientos han superado los 300 kilómetros por hora. Sus pluviómetros recogen al cabo del año apenas un poco más de lluvia que los instalados en el desierto del Sahara.

La oscuridad se adueña de sus largos inviernos. Y sus gélidas aguas forman una capa de hielo que hace que la mayoría de su superficie resulte impenetrable.

La dureza de las condiciones climáticas es una garantía de conservación: la Antártida es el único ecosistema prácticamente libre de los efectos devastadores de la mano del hombre.

Su aire es el más limpio de la tierra, sus aguas las más ricas, sus cielos los más azules y sus animales los más confiados. Y su historia, la mejor surtida en leyendas.

Hombres de la talla de Scott, Amundsen o Shackleton emplearon los mejores años de sus vidas en la conquista de "los cuatro polos sur" de la Antártida: el geográfico (el eje de rotación de la Tierra pasa a través del hemisferio sur), el magnético (donde convergen todas las líneas de fuerza del campo magnético terrestre), el geomagnético (el polo magnético tomando la tierra como un imán homogéneo) y el de inaccesibilidad relativa (el punto más interno del continente, el más alejado de las costas).

La Antártida, tierra de extremos, se encuentra rodeada por los océanos más profundos, violentos y fríos del mundo. 2.200 kilómetros la separan de Nueva Zelanda, 2.250 de Australia y 3.600 de Sudáfrica. Después de dos días de navegación desde Ushuaia las aguas se oscurecen, los vientos se enfrían y el horizonte adquiere tonalidades extrañas. Las noches se acortan hasta desparecer. Los lomos de las ballenas y sus chorros de aire se convierten en algo habitual. El verano austral es un período entre los meses de octubre y marzo, en el que las condiciones climáticas son menos radicales.

En este desierto de cristal las zonas sin hielo son auténticos oasis. Líquenes y algas altamente especializados sobreviven en los ásperos suelos. Los pintados sobrevuelan las escarpadas laderas buscando sus nidos. Focas y elefantes marinos se tumban a dormir en las rocas. Un grupo de pingüinos ha abandonado ese refugio y navega en una isla flotante de hielo.

El debate sobre la presencia humana en la Antártida sigue abierto. Tierra de nadie y tierra de todos. Científicos y turistas visitan este santuario natural con diferentes finalidades, y también con distintos grados de impacto.

El turismo, la única actividad comercial que se realiza en el continente, se autolimita gracias a los elevados precios del viaje. Los visitantes de pago sólo tienen acceso de forma muy controlada y puntual a unos cuarenta lugares seleccionados por expertos, lugares que se van alternando para no causar problemas a la fauna y a la escasa vegetación.

No dejan restos, no dejan huella. Los científicos, sin embargo, marcan claramente su territorio levantando bases y construyendo pistas para sus aviones y helicópteros. Algunos dicen que producen ruidos, gases, calor, polvo, basuras, y que en algunas ocasiones los vertidos de gasolinas y residuos pueden llegar al mar.

El responsable de la histórica base británica de Port Lockroy (fundada el 16 de febrero de 1944), uno de los escasos monumentos históricos de la Antártida, no está de acuerdo: "Excepto en una base norteamericana, en la que en algunas ocasiones se reúnen casi 2.000 personas, las demás no albergan a demasiada gente. Nosotros sólo somos dos. Y casi todos son científicos que saben perfectamente qué deben hacer y qué no".

El Tratado Antártico, que tiene congelados desde su firma en 1959 los reclamos de soberanía territorial sobre este territorio, defiende la "libertad para la ciencia y su utilización para fines exclusivamente pacíficos".

Los habitantes de la Antártida están siempre atentos para recibir de forma adecuada a los viajeros. Albatros, petreles, ballenas, pingüinos y leones marinos vuelan y nadan alrededor del barco en una extraña ceremonia de bienvenida. Son auténticos especialistas, seres perfectos diseñados para sobrevivir a las condiciones más duras y desfavorables del planeta.

"En los trópicos un mono no tiene más que alargar una mano para conseguir un plátano, el alimento que necesita", asegura un científico chileno "pero aquí las cosas son bien diferentes. Estamos ante seres con una capacidad para sobrevivir asombrosa, que forman una red alimentaria perfectamente estructurada. Desde el minúsculo krill, esos crustáceos planctónicos de 4 centímetros de longitud, a la enorme ballena yubarta de casi 50 toneladas de peso".

Los científicos, como los exploradores, pertenecen a razas diferentes. "Si buscas un buen viajero polar, escoge a un hombre sin demasiado músculo, con una buena condición física, y la mente resistente como el acero", escribió un viejo aventurero. El noruego Roald Amundsen fue el primer hombre, siempre tras la pareja formada por el soñador Julio Verne y su capitán Nemo, en alcanzar el Polo Sur. Amundsen lo hizo el 15 de diciembre de 1911, sólo unos días antes que el malogrado Robert F. Scott; ambos protagonizaron una de las carreras más fascinantes en la historia de la exploración.

_____________________________________________________


Ir al tope de la página
Recuerde que para reproducir nuestros textos debe obtener autorización expresa
Portal en español de turismo de aventura, deportes y ecoturismo en Iberoamérica

Ir a la portada de la revista © El Tercer Tiempo - Todos los derechos reservados  Comuníquese con nosotros para lo que necesite
Editada en Buenos Aires - Argentina