Poblaciones y costumbres

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Una práctica amena y sedante

La sauna en Laponia


Una clásica sauna a orillas de un lago. Para los finlandeses, la sauna representa mucho más que un baño: es un auténtico rito que deja al bañista limpio "por dentro y por fuera".

El famoso baño de vapor escandinavo llamado sauna se ha extendido por toda Europa. Sin embargo, al norte del círculo ártico la sauna no es un baño; es toda una filosofía

Cada pueblo tiene su manera de expansionarse, sus días de descanso y recreo, sus pasatiempos que espera con ilusión. En Finlandia todo esto lo resume la sauna, un baño de vapor que se toma el viernes o el sábado por la noche. Sus efectos son aún mayores en Laponia, pues es evidente que sólo en aquel clima puede soportar el cuerpo humano unos cambios de temperatura que van desde el punto de ebullición del agua hasta los veinte grados bajo cero o más aún.

Existen varias clases de sauna en Finlandia, tanto particulares como públicas; pero sin duda alguna las más pintorescas son las que están en el campo. En aquel país hay cerca de 70.000 lagos. Muchos son meras charcas aisladas y solitarias. A la orilla de otros lagos apenas hay un par de casas, y bastante separadas; pero aquellos situados junto a los grandes centros turísticos están densamente poblados y tienen numerosos hoteles en sus cercanías.


  El graderío de madera de una sauna. A medida que se
   suben los escalones, la temperatura es más elevada. Las
   saunas de este tipo, como la que se ve en la foto, están
   construidas con maderas especiales, muy resistentes
   al calor.

En cualquiera de estos lagos puede verse algo de los más típicamente finlandés: una casita construida al borde del agua. Desde fuera parece que sólo puede tener una habitación, o todo lo más dos pequeñas. Tiene un porche frontal con un largo banco que mira al lago. La casita es, naturalmente, de madera y desde su misma puerta sale un largo embarcadero en cuyo extremo hay unos escalones para bajar al agua.

Es un sauna. Para saber si está funcionando, basta mirar si sale humo por la chimenea.

Al abrir la puerta se entra en una habitación pulcra, amueblada con sencillez: un banco a lo largo de las cuatro paredes, unas cuantas perchas, una mesa y un espejo. Es el vestuario. Aquí, si se va a tomar una sauna, se quita uno la ropa, y ya desnudo y provisto de una palanganita, jabón y cepillo, se cruza una segunda puerta, que da acceso a la sauna propiamente dicha. Casi siempre hay allí un termómetro que suele señalar entre los 80 y los 100 grados centígrados; incluso puede llegar a 110, por encima del punto de ebullición. El efecto de este tremendo calor es, al principio, alarmante; se duda si se podrá soportar por más de uno o dos segundos. A mí, la primera vez que entré en un sauna, me pareció que se me estaban chamuscando los pelillos de la nariz.

Dos cosas saltan a la vista en esta estancia principal de la sauna: una hilera de grandes escalones de madera de unos 30 cm de altura, lo bastante anchos como para sentarse o echarse sobre ellos y, en un rincón, una estufa de metal con piedras encima. En la pieza hay cubos y jofainas y un desagüe en el centro. Una de las ventajas de la sauna es que no hay que temer salpicaduras ya que toda el agua sobrante se escurre por allí.

Contrariamente al baño ordinario, que es asunto privado, la sauna es algo esencialmente social. Hay horas reservadas a los hombres y otras a las mujeres; por lo general, la toman varias personas al mismo tiempo. Lo primero que hace un bañista al entrar en la pieza caldeada es coger agua en un cuenco de metal y verterla sobre las piedras calientes que hay encima de la estufa. Al instante el agua sisea y se convierte en una nube de vapor. Luego el bañista se echa sobre uno de los escalones, que llegan casi hasta el techo, y allí permanece tumbado, relajándose.


Para provocar una nube de vapor, insoportable para el que no está habituado a las altas temperaturas de la sauna, basta con verter un cucharón de agua caliente sobre las piedras candentes de la estufa.

Las indispensables ramas de abedul. Mientras se toma la sauna, se sumergen en agua caliente y luego se usan para azotarse el cuerpo, reactivando así la circulación sanguínea y ayudando a la transpiración.

Existe una notable diferencia de temperatura entre el suelo y el techo, de modo que se puede, hasta cierto punto, controlar la intensidad del calor. A medida que éste penetra en los músculos, se va experimentando una sensación de paz y bienestar. Al aumentar la humedad de nuestra piel, debido en parte al sudor y en parte a la condensación del vapor en la atmósfera, empieza uno a pensar en la conveniencia de asearse un poco.

Pero antes de lavarse hay que azotarse con ramas de abedul. Dicho así, sin más, parece una barbaridad. Pero en realidad se trata de una práctica amena y sedante. Las ramas de abedul que se usan son suaves y con hojas, de manera que producen un agradable cosquilleo; suelen guardarse junto a la entrada, dando a la atmósfera la pura fragancia de un bosque.

Después de azotarse y lavarse, viene el punto culminante de la sauna: el súbito y rápido paso del calor al frío. Abriendo la puerta de un tirón, se sale corriendo por el embarcadero y se tira uno de cabeza al lago.

Al principio, nuestro cuerpo no nota este brusco y extremado cambio de temperatura. Si la sauna estaba lo suficientemente caldeada, la piel no siente el frío del agua, sino más bien una sensación acariciadora, aterciopelada. Hay quien se refresca así antes del lavado final, volviendo luego por más calor a la sauna; los entusiastas repiten la operación hasta cuatro veces. Después de la sauna se descansa un rato, contemplando perezosamente la puesta de sol desde el porche, si es verano; luego se bebe -pues se está sediento- té, café, jugo de frutas o bebidas más fuertes, a gusto de cada cual.

Esta es la sauna campestre. La de la ciudad no es tan atrayente, pues hay que reemplazar el chapuzón en el lago por un lavado con agua fría. Pero tanto en el campo como en la ciudad, la sauna es mucho más que un baño, mucho más que un acto social. Para el finlandés, tiene un significado francamente espiritual: "Después de la sauna se siente uno limpio por dentro y por fuera". Y hay que respetar la costumbre: al que se le ocurriese dar una fiesta en una de las noches que la gente tiene reservadas habitualmente a la sauna, iría al fracaso.

Se cree que la sauna es buena para la salud. "Lo que no cura la brea, el aguardiente y la sauna -dicen los viejos finlandeses- no lo cura nada". A mí, desde luego, me desapareció un resfriado como si la sauna me lo hubiese sorbido; aunque también creo que desaparecieron todas mis energías.

Walter Bacon


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Editada en Buenos Aires - Argentina