Poblaciones y costumbres

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Península de Krabi

Un paraíso escondido
en Tahilandia


  Magnífica vista del ocaso en Krabi

La costa escarpada y la vegetación selvática hacen de Krabi casi una isla. No hay fondeadero. Para alcanzar la orilla de Phra Nang se utiliza un chinchorro delgado que recorre los escasos cincuenta metros deslizándose como por alfombra de seda.


Rayavadee Resort

Sólo se oye el contacto de la madera sobre el agua, el canto de pájaros exóticos, el grito de algún mono juguetón; sólo se huele el salitre del aire, el perfume de palmeras, casuarinas o mangles sobre la tierra húmeda y feraz; sólo se ven playas deshabitadas que parecen tan hermosas como intangibles encerradas entre peñascos abruptos que esconden grutas, a veces iluminadas con el temblor de las velas que los pescadores mantienen eternamente encendidas; islotes cercanos como grandes columnas de un templo imaginario cuya altura es diez veces superior a su diámetro; y un muestrario de verdes en la apretada jungla sobre el oro del borde arenoso o el azul turquesa que da el mar. Con estos materiales, no es extraño que esta costa del mar de Andamán sea considerada como una de las más bellas desconocidas de nuestro planeta.

A Phra Nang, península que dista 14 kilómetros de la ciudad de Krabi (al sur de Tahilandia) limitada por las playas de Rae Lae, Nam Mao y la propia Phra Nang, no se puede llegar excepto por mar. Ni tan siquiera se puede andar de una playa a otra, pues los acantilados penetran en el agua abruptamente para formar una barrera impenetrable. Hacia el interior, el impedimento está formado por elevaciones calizas que llegan a alcanzar 300 metros de altura, por la vegetación tupida que siempre da el trópico y por las tierras inhóspitas que rodean el parque Nopparat Thara, dificultando con fortuna la construcción de caminos y carreteras. Así que la sensación que tiene quien se queda enganchado a esta quimera es la de poseer una isla solitaria (que no es isla ni está desierta) en la que todos los dones sosegados que la naturaleza puede otorgarle son dados sin esfuerzo.

Dicen que los descubridores de este tesoro escondido a los ojos occidentales fueron los amantes de la escalada en roca, siempre ávidos por descubrir las paredes calizas más singulares a las que encaramarse para gozar desde lo alto de los paisajes terrenales. Aquí hay donde escoger, y aunque la dificultad técnica no es muy elevada, la diversión es segura: basta con intentar la pared de Laem, la isla de Poda o cualquiera de los islotes cercanos en los que el primero de la cordada debe comenzar la ascensión desde el mismo bote en el que se ha llegado y el que asegura la cuerda, mantener el equilibrio en su interior para no caer al agua. Jóvenes alemanes, canadienses, británicos o franceses armados con pies de gato, una bolsa de magnesio a sus espaldas y cuerpos de asceta bien alimentado suelen visitar esta península en temporada seca, de noviembre a mayo.

Con anterioridad, ya hubo quien desde los despachos oficiales se fijaba en Krabi con otras intenciones. La masificación de Phuket (que dista 55 kilómetros por mar, hasta hace pocos años considerada el paraíso del sur tailandés), la construcción de edificios sin freno, medida o límites en sus playas, y la pérdida de imagen debido fundamentalmente a la prostitución masiva, llevaron a pensar en Krabi como el recambio adecuado para no perder la clientela de Phuket. Sin embargo, hoy corren otros tiempos y cada vez son más quienes tienen en cuenta en el momento de elegir destino el respeto por la naturaleza o la tranquilidad que dan los espacios no masificados. Ellos y quienes se preocupan por el medioambiente pueden ganar esta batalla contra el negocio salvaje que ya ha asolado otros lugares de Tahilandia.

Un buen ejemplo de esta preocupación por el entorno está en el hotel Rayavadee Resort, considerado como uno de los más exquisitos del mundo y el único situado en el extremo sur de la península de Krabi, en donde se demuestra que lujo superlativo y respeto ambiental no son conceptos antagónicos. No hay un solo vegetal que lo adorne extraño a esta tierra, a excepción de las palmeras, traídas a Tahilandia en el siglo pasado desde el continente africano; al atardecer, los monos bajan desde las alturas sin que molesten a los humanos; los pabellones (pequeños palacios de dos plantas con detalles cuidadísimos, como el hermoso suelo de madera, el baño espectacular o el equipo de alta fidelidad en cada habitación), escondidos entre la vegetación hasta hacerse invisibles desde los riscos, están fabricados con árboles de la región y techados con materiales de artesanía popular; al entrar en sus dominios se ruega a los clientes que no se lleven ni tan siquiera una concha de cualquiera de sus tres playas; menos aún que perturben la paz que reina en el altar de la cueva de La Princesa, donde acuden los pescadores a iluminarla en busca de protección. En reconocimiento a este concepto, la ONU premió la iniciativa del Rayavadee poniéndolo como ejemplo a seguir.

Al atardecer, un rojo intenso inunda el horizonte en Phra Nang hasta convertir la pared de Laem en puro rescoldo. El sonido de la arena cuando se pisa con el pie desnudo es el acompañamiento fiel del paseo por la playa. Las olas se mueven con mansedumbre entre la marea casi imperceptible hasta que llega la noche y solo queda el pequeño resplandor de las velas que se consumen allá a lo lejos en el interior de la piedra.

Fuente: http://www.masdeviajes.com


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