Sólo se oye el contacto de la madera sobre el agua,
el canto de pájaros exóticos, el grito de algún mono juguetón; sólo se huele el
salitre del aire, el perfume de palmeras, casuarinas o mangles sobre la tierra húmeda y
feraz; sólo se ven playas deshabitadas que parecen tan hermosas como intangibles
encerradas entre peñascos abruptos que esconden grutas, a veces iluminadas con el temblor
de las velas que los pescadores mantienen eternamente encendidas; islotes cercanos como
grandes columnas de un templo imaginario cuya altura es diez veces superior a su
diámetro; y un muestrario de verdes en la apretada jungla sobre el oro del borde arenoso
o el azul turquesa que da el mar. Con estos materiales, no es extraño que esta costa del
mar de Andamán sea considerada como una de las más bellas desconocidas de nuestro
planeta.
A Phra Nang, península que dista 14 kilómetros de
la ciudad de Krabi (al sur de Tahilandia) limitada por las playas de Rae Lae, Nam Mao y la
propia Phra Nang, no se puede llegar excepto por mar. Ni tan siquiera se puede andar de
una playa a otra, pues los acantilados penetran en el agua abruptamente para formar una
barrera impenetrable. Hacia el interior, el impedimento está formado por elevaciones
calizas que llegan a alcanzar 300 metros de altura, por la vegetación tupida que siempre
da el trópico y por las tierras inhóspitas que rodean el parque Nopparat Thara,
dificultando con fortuna la construcción de caminos y carreteras. Así que la sensación
que tiene quien se queda enganchado a esta quimera es la de poseer una isla solitaria (que
no es isla ni está desierta) en la que todos los dones sosegados que la naturaleza puede
otorgarle son dados sin esfuerzo.
Dicen que los descubridores de este tesoro escondido
a los ojos occidentales fueron los amantes de la escalada en roca, siempre ávidos por
descubrir las paredes calizas más singulares a las que encaramarse para gozar desde lo
alto de los paisajes terrenales. Aquí hay donde escoger, y aunque la dificultad técnica
no es muy elevada, la diversión es segura: basta con intentar la pared de Laem, la isla
de Poda o cualquiera de los islotes cercanos en los que el primero de la cordada debe
comenzar la ascensión desde el mismo bote en el que se ha llegado y el que asegura la
cuerda, mantener el equilibrio en su interior para no caer al agua. Jóvenes alemanes,
canadienses, británicos o franceses armados con pies de gato, una bolsa de magnesio a sus
espaldas y cuerpos de asceta bien alimentado suelen visitar esta península en temporada
seca, de noviembre a mayo.
Con anterioridad, ya hubo quien desde los despachos
oficiales se fijaba en Krabi con otras intenciones. La masificación de Phuket (que dista
55 kilómetros por mar, hasta hace pocos años considerada el paraíso del sur
tailandés), la construcción de edificios sin freno, medida o límites en sus playas, y
la pérdida de imagen debido fundamentalmente a la prostitución masiva, llevaron a pensar
en Krabi como el recambio adecuado para no perder la clientela de Phuket. Sin embargo, hoy
corren otros tiempos y cada vez son más quienes tienen en cuenta en el momento de elegir
destino el respeto por la naturaleza o la tranquilidad que dan los espacios no
masificados. Ellos y quienes se preocupan por el medioambiente pueden ganar esta batalla
contra el negocio salvaje que ya ha asolado otros lugares de Tahilandia.
Un buen ejemplo de esta preocupación por el entorno
está en el hotel Rayavadee Resort, considerado como uno de los más exquisitos del mundo
y el único situado en el extremo sur de la península de Krabi, en donde se demuestra que
lujo superlativo y respeto ambiental no son conceptos antagónicos. No hay un solo vegetal
que lo adorne extraño a esta tierra, a excepción de las palmeras, traídas a Tahilandia
en el siglo pasado desde el continente africano; al atardecer, los monos bajan desde las
alturas sin que molesten a los humanos; los pabellones (pequeños palacios de dos plantas
con detalles cuidadísimos, como el hermoso suelo de madera, el baño espectacular o el
equipo de alta fidelidad en cada habitación), escondidos entre la vegetación hasta
hacerse invisibles desde los riscos, están fabricados con árboles de la región y
techados con materiales de artesanía popular; al entrar en sus dominios se ruega a los
clientes que no se lleven ni tan siquiera una concha de cualquiera de sus tres playas;
menos aún que perturben la paz que reina en el altar de la cueva de La Princesa, donde
acuden los pescadores a iluminarla en busca de protección. En reconocimiento a este
concepto, la ONU premió la iniciativa del Rayavadee poniéndolo como ejemplo a seguir.
Al atardecer, un rojo intenso inunda el horizonte en
Phra Nang hasta convertir la pared de Laem en puro rescoldo. El sonido de la arena cuando
se pisa con el pie desnudo es el acompañamiento fiel del paseo por la playa. Las olas se
mueven con mansedumbre entre la marea casi imperceptible hasta que llega la noche y solo
queda el pequeño resplandor de las velas que se consumen allá a lo lejos en el interior
de la piedra.
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