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Saint-Exupéry,
mi amigo
© Carlos
Alberto Estévez
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Más de ocho años de espera me exigió mi
empecinado propósito de conseguir las obras completas de Antoine de Saint-Exupéry.
Estaba entonces totalmente agotada la cuidada
edición de Plaza & Janés, y yo puedo dar fe. Únicamente la constancia y lealtad de
mi amigo librero, Oscar Casale, pudo descubrir el escondite desde donde ese tesoro tan
deseado y tan inasible se me negaba. Después de más de ocho años, pude comprobar que,
en efecto, había un ejemplar, en alguna parte, reservado para mí.
Lo busqué por toda Buenos Aires. Y la desesperanza
se convirtió en ilusión cuando tuve la oportunidad de viajar a Europa. "Allá me
encontraré con Antoine, con su personalidad, sus dudas y sus verdades, su fervor y su
soledad", me decía a mí mismo, convencido de que al fin podría quedar incluido en
el selecto grupo de sus confidentes. Porque leer a Saint-Exupéry es investirse con el
privilegio de participar de esa intimidad amurallada del pensamiento, de la búsqueda de
su propia identidad, de la inefable sensibilidad con que intentó hasta el último día de
su vida descubrir el misterio de la existencia y ayudarnos a develar el nuestro.
Y me fui derecho a Toulouse, en donde Antoine vivió
y escribió durante un período de su vida. Estuve en su propia habitación, conservada
hoy todavía como una reliquia. Sentía que El Principito se me aparecería en cualquier
momento entre alguno de los muebles, que aún permanecen como él los dejó, antes del
despegue final. Pero el libro no estaba en Toulouse, ni en París.
Al menos la versión en idioma español se había
esfumado, sin más noticias, como un día Saint-Exupéry partió sin que nadie supiera que
era su último vuelo y, simplemente, jamás volvió. Y casi desaparezco yo también de
esta vida, volando de Toulouse a Dakar, donde tantas veces Saint-Exupéry habrá
aterrizado cargado de sensaciones que se apresuraría a dejar asentadas en sus cuadernos
de anotaciones.
Los Pirineos estiraron sus fauces en medio de la
noche tratando de atraparnos, pero por esa vez pudimos evadir los manotazos del coloso
gracias a nuestro piloto francés, que se debatió con gran serenidad en medio de las
tinieblas. El incidente aéreo me valió volver a Toulouse, recorrer en una espléndida
noche su columna vertebral navegando en un restorán flotante, comprarme una cámara de
fotos que se me había antojado, y cenar otra vez en un jardín de ensueño, con champaña
francesa, nada más.

Exupéry, entre el Cielo y la Tierra
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Madrid se convirtió en la última esperanza del
encuentro, pero la ilusión se hizo cada vez más tenue a medida que recorría librerías;
duró mucho menos que el viaje, porque un amabilísimo vendedor de la propia Plaza &
Janés me dijo: "Olvídelo. Ya no lo conseguirá, a menos que encuentre usted alguien
que quiera deshacerse de él y se lo venda". Y eso era para mí más que improbable.
¿Quién decidiría no volver sobre alguna de las páginas de Antoine en el momento en que
evocara esa amistad que se transmite, también, y tan bien, leyendo lo que alguien de su
talla espiritual y literaria ha escrito?
Y pasaron los años. Dos visitas más al Viejo Mundo
me hicieron regresar con hermosos recuerdos, un espacio vacío en mi espíritu y otro en
mi equipaje: el que había reservado para el libro que pensaba encontrar alguna vez.
Una tarde de fines de 1997 estaba yo trabajando en
mi oficina del Ministerio de Educación, en Buenos Aires, cuando sonó el teléfono. Era
la esposa de Casale que me dijo: "Tengo una buena noticia para darle. Oscar
consiguió un libro que Ud. busca desde hace mucho".

El último aparato que comandó el
héroe
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Casi doy un grito de alegría, pero me contuve, no
sé cómo. Era la llegada de quien iba a ser mi amigo para siempre, porque abriría de par
en par, esta vez para mí, el pesado portal de todos sus imperios y me mostraría su
Ciudadela, y su Tierra de Hombres... toda su vida hecha letras; hasta sus cartas más
guardadas, las que escribía a su madre, a su esposa...; y aterrizaría conmigo en Punta
Arenas y en San Julián, y en medio del Sahara, en territorio insumiso; o conversaría
confidente durante la noche, en pleno vuelo, sentado como un dios en la carlinga de su
máquina voladora; y relataría para mí las cosas que en un momento fueron sólo propias,
no compartidas.
Tengo siempre a mano ese libro, junto a un lápiz.
Porque es imposible no volver sobre tantas conclusiones y evidencias suyas que llegan
entremezcladas con relatos de una sencillez y al mismo tiempo de una profundidad
admirables. Y subrayo sus frases, ya que no puedo mover la cabeza para que él perciba
nuestra coincidencia.
Estoy dispuesto a compartir con ustedes, amigos, con
todos los que no han tenido aún la fortuna de dar con esta obra monumental, algunos de
sus más elaborados pensamientos. Cada vez que pueda agregaré algo, así que no dejen de
pasar por aquí cuando quieran, para ver el menú de la derecha (arriba). Una
inspiración nueva -siempre habrá una más- los estará esperando.
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