Sorpresas

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El Rubicón lo cruzás... sólo si vos querés

© Carlos Alberto Estévez

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Para que nunca hagamos a
otros responsables de nuestros
actos o de nuestras decisiones
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Todo el mundo sabe que Julio César cruzó el Rubicón. Si lo hubiese pasado sin un ejército, nadie habría citado después la proeza.

El Rubicón es un río que no está en los mapas actuales. Simplemente, porque ha cambiado de nombre. Ahora se llama Fiumicino, y también Pisatello. Pero el nombre de Fiumicino es más conocido porque coincide con el de un pueblecito, a 36 kilómetros de Roma, donde está el aeropuerto más famoso de Italia y uno de los más bonitos del mundo entero.

En la división que los romanos habían hecho del país, el antiguo Rubicón separaba dos regiones: Roma, o la región romana, de la llamada entonces Galia Cesalpina.

César estaba en la Galia conquistando el país. Entretanto, su socio en el gobierno, Pompeyo, intentaba librarse de él como fuese.

Se había apoderado ya de todo el mando y había conseguido que el Senado, formado por viejos hidalgos que sólo deseaban mantenerse en sus puestos y enriquecerse para dejar un buen nombre y una buena fortuna a sus herederos (los políticos del siglo XXI no inventaron nada, ¿no?), declarase sacrílego a quien se atreviera a pasar el Rubicón con un ejército en pie de guerra. Una medida de pura previsión por si Julio César tenía esta ocurrencia.

Y la tuvo. La tuvo enseguida de que misteriosos mensajeros (había muchos en aquellos tiempos y todos cobraban, cosa que encarecía mucho la vida) lo enteraron de la conducta ambiciosa de Pompeyo.

Julio César llegó con su ejército a la orilla derecha del Rubicón (la derecha y la izquierda de los ríos se toma en la dirección de la corriente) y allí se detuvo a meditar. Pasar el río era jugárselo todo. No pasar el río... ¿y de dónde habría de sacar víveres para sus hombres si no lo pasaba?

Cuenta la leyenda que una noche Julio César tuvo una aparición. Una sombra, con forma más o menos humana, le señaló el río como invitándolo a pasar.

Es posible que César no creyera en apariciones y que inventara aquélla para convencer a sus soldados, que tampoco creían en apariciones. Pero a lo mejor creía que ellos creían que él creía.

Y ya le bastó con esto. Y decidió pasar el río. Y antes de pasarlo, convencido de que vivía un momento histórico, llamó a su amanuense y le dictó una frase. O acaso la pronunció sin dictarla, pero no antes de prevenir al amanuense.

La frase, que todavía se cita, tal como se cita es: "Alea jacta est". Esto se suele traducir como "La suerte está echada". Pero si es cierto lo que anotó el amanuense, la frase fue mucho más larga. No hace falta ponerla en latín porque tampoco ahorraríamos la traducción. César dijo: "Vamos a donde nos llama la voz de los dioses y la iniquidad de nuestros enemigos. La suerte está echada."

Con esta frase, si fue la primera vez que se pronunciaba, César brilló por su originalidad. Y en este caso brillaron más tarde por su falta de originalidad los muchos capitanes de empresa o de Estado que la han pronunciado después, siempre con la "sana intención" de hacer responsable de sus actos a una idea superior y de dar por bien entendido que "los otros", fueran quienes fuesen, eran enemigos malos, falsos, depravados, que sólo merecían el desprecio y la muerte.

Y la historia se repite... con o sin Rubicón a mano...

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Editada en Buenos Aires - Argentina