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Después de su muerte, un hombre se encontró en un hermoso
lugar, rodeado de todas las comodidades imaginables. Un servidor, de chaqueta blanca, muy
distinguido, le dijo:
-- Señor, aquí puede pedir lo que quiera y tener cualquier cosa
que elija, cualquier comida, cualquier libro, cualquier entretenimiento, cualquier placer.
El hombre, encantado, disfrutó de todas las experiencias y
delicias que había soñado en la Tierra, mientras vivía. Pero un día se cansó. Llamó
al sirviente y le dijo:
-- Estoy harto, quiero hacer algo, ¿qué trabajo puedes darme?
El sirviente movió negativamente la cabeza y respondió:
-- Eso es lo único que no puedo proporcionarte. Aquí no hay
trabajo para nadie.
El hombre respondió, ya enojado, casi exasperado:
-- ¡Esto sí que tiene gracia! ¡Preferiría estar en el
infierno!
El sirviente, entonces, le habló al oído en voz baja:
-- ¿Y dónde creés que estás?
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