Sorpresas

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El amor empieza en casa

Madre Teresa de Calcuta

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Nunca podré olvidar la experiencia que tuve cuando visité un hogar donde residen todos esos ancianos, padres de hijos e hijas que simplemente los han dejado en una institución y, quizá, los han olvidado. Vi que, en cada uno de esos hogares, los ancianos tenían de todo, buenos alimentos, un lugar confortable, televisor, todo, pero todos miraban hacia la puerta. Y no vi ni a uno solo de ellos con una sonrisa en el rostro. Me volví hacia la Hermana y pregunté: «¿Por qué estas personas, que tienen de todo aquí miran todas hacia la puerta? ¿Por qué no sonríen?».

Estoy acostumbrada a ver las sonrisas de nuestra gente, incluso los moribundos sonríen. Y la Hermana dijo: «Esto es lo normal casi todos los días. Están esperando; esperan que un hijo o una hija venga a visitarlos. Están dolidos porque los han olvidado.»

Vean, este amor negligente trae pobreza espiritual. Quizá en nuestra propia familia tenemos a alguien que se siente solo, que se siente enfermo, que se siente preocupado. ¿Estamos allí? ¿Estamos dispuestos a dar hasta que nos duela por estar con nuestras familias? ¿O hacemos pasar nuestros intereses primero? Éstas son las preguntas que debemos hacernos. Debemos recordar que el amor empieza en casa y también debemos recordar que «el futuro de la humanidad pasa por la familia».

No somos trabajadores sociales. Aunque quizá, a los ojos de algunas personas, estemos haciendo trabajo social debemos contemplar el corazón del mundo. Debemos llevar esta presencia de Dios a nuestras familias, porque la familia que reza unida, permanece unida. Hay mucho odio, mucha pobreza [en el mundo] y con nuestra oración, con nuestro sacrificio podemos empezar desde casa. El amor empieza en casa, y no es tan importante cuánto hacemos, sino cuánto amor ponemos en lo que hacemos.

Si contemplamos el corazón del mundo con todos sus problemas, estos problemas no pueden desanimarnos nunca. Debemos recordar siempre que Dios nos dice en las Escrituras: «Incluso aunque una madre pueda olvidar al niño en su seno, algo imposible, pero incluso aunque ella pudiese, Yo nunca me olvidaré de ti.»

Y por eso estoy hablando con vosotros. Quiero que encontréis al pobre, pero primero en vuestra propia casa. Y empezad a amar allí. Llevad las buenas noticias en primer lugar a vuestra propia gente. E interesaros por vuestros vecinos de al lado, ¿sabéis quiénes son?

He tenido la más extraordinaria experiencia de amor entre vecinos gracias a una familia hindú. Un caballero vino a nuestra casa y dijo: «Madre Teresa, hay una familia que lleva tiempo sin comer. Haga algo». Entonces cogí un poco de arroz y me fui para allá inmediatamente. Y vi a los niños, sus ojos brillaban de hambre. No sé si habéis visto alguna vez el hambre. Yo lo he visto con frecuencia. Y la madre de la familia tomó el arroz que le entregué y se fue. Cuando volvió, le pregunté: «Adónde fuiste? ¿Qué has hecho?». Y me dio una respuesta muy sencilla: «También estaban hambrientos». Lo que me chocó fue que ella les conocía, ¿y quiénes eran?, una familia musulmana, y ella lo sabía. No llevé más arroz aquella noche porque quería que ambos, hindúes y musulmanes, disfrutaran de la alegría de compartir.

Pero estaban aquellos niños, radiantes de alegría, compartiendo la paz y la alegría de su madre porque ella había tenido el amor de dar hasta donde duele. Y, como veis, es allí donde empieza el amor, en casa, en familia.

Tal como lo muestra el ejemplo de la familia, Dios nunca nos olvida y siempre hay algo que tú y yo podemos hacer. Podemos guardar la alegría del Amor de Jesús en nuestros corazones, y compartir esta alegría con todos aquellos con quienes nos encontramos. Haced de esto un deber, que no exista ningún niño indefenso, falto de amor, desatendido o asesinado y luego tirado por ahí. Y dad hasta que os duela con una sonrisa.

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Editada en Buenos Aires - Argentina