Sorpresas

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El cementerio de los elefantes
© Zara Patricia Mora Vázquez
(Cádiz, España)

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Un cementerio de elefantes es aquél donde la manada de elefantes va a morir cuando ya no les queda nada por luchar, nada por lo que vivir. Algunas personas a veces padecen el mismo destino de aquellos elefantes de los que yo hablo. Por suerte o por la desgracia que les ha tocado vivir, su destino es casi imposible de cambiar.

Mi historia comienza en una escuela cualquiera de Madrid, un día de puerta abiertas, en unas jornadas contra el racismo y la xenofobia.

La profesora propone que se escriban con gentes de otras culturas. A Lucas le toca escribir a una niña de la India. Entre Lucas y Raisha surge una amistad muy especial: Lucas escribía con cariño y como un buen consejero a Raisha. Ella le contestaba con el mismo afecto que el ponía en cada carta en cada palabra, hasta llegar al punto de que Raisha, con confianza y a veces algo preocupada, le planteó sus problemas.

Ella vivía en el corazón de la India, narraba en primera persona lo que vivía su pueblo, describía cada paso de lo que ocurría en la escuela y cada palabra de lo que sufría en su propio hogar. A la vez que sus pesares, contaba sus alegrías; a la vez que pasaba el tiempo ella iba dibujándole los movimientos del viento hasta el timido sonido del río Yamuna.

Un día, Raisha, consciente de su problema, le cuenta a Lucas que su pueblo recurre a un absurdo sistema de castas que con el tiempo su religión había guiado la conciencia y el destino de miles de hindúes en Nueva Delhi. Esta ley le condicionaba a ella y a toda su familia a ser sirvientes de por vida.

Como si de elefantes se tratase, allí en la espesa selva se ocultaba el cementerio, donde bajo las columnas del gran paquidermo jefe, el resto de la manada desvanecía. Mientras, ella observaba perpleja.

Raisha soñaba con un futuro imperfecto pero trazado no por el movimiento del viento, y no por el crujir de una rama. No por una naturaleza que los hacia vulnerables, no por una ley natural, sino por el corazón y el sentido común de los hombres.

Lucas le respondía preocupado, que en Madrid bajo las redes innegables de una gran urbe y la cadena misteriosa de una colmena de personas, que atravesaba el corazón de la ciudad, se escondían corazones y mentes inquietas, actitudes concatenadas para el éxito, el fracaso o la felicidad, costumbres que no eran milenarias, y sin embargo eran difíciles de cambiar; que la brevedad de su corta vida no le había señalado más que determinadas actitudes conducen al fracaso. Se producen como consecuencia de seguir el dictado de unas creencias, que fundadas en costumbre, o en una religión mayoritaria, hacían que en cierto modo todos tuvieran que cumplirla. En ese sentido, Madrid no era tan diferente de la india.

Por otro lado, Raisha le había contado que aunque distante el sol, éste iluminaba cada canción que ella cantaba; que en las escuelas se enseñaba no a los mejores, sino por linaje a los de mejor casta. Ella, mientras tanto, aprendía todo lo que sus ojos alcanzaban a ver, todo lo que la naturaleza le podía enseñar.

Raisha soñaba que quizás, un día, por unos solos segundos, las palabras que ella esgrimía en su diario no fuesen borradas por la fusta cobarde de un cruel e ignorante que cierra su puño para ensuciar la mirada de aquella mujer que ansía vivir, fuera de peligro, ese el lugar del que mira distante su propia madre.

Y como en el ciclo de la selva, el paquidermo, insensato pero noble, se somete a la fusta del amo, y a la de si mismo, y torpe en su pisada, no puede huir del cementerio de elefantes.

Ante esta injusticia, Lucas contesta: algunas veces --y digo algunas porque no siempre es así-- el elefante no puede ahondar en su pisada ni percatarse de ella, porque anda sobre asfalto, y en los manglares, en tu tierra, la pisada deja huella, pero nosotros os miramos desde la cumbre de un altiplano.

Nuestros elefantes son hombres tercos, que parecen hechos de metal y que a su paso dejan malheridas a toda su estirpe. A veces, sólo a veces, en mi tierra el elefante es noble y sensato y cambia su destino demostrando su nobleza, convirtiéndose en Fénix, ya que no le afecta derrota alguna y no fustiga a los suyos con la fusta del dolor. A veces, y no siempre, el hecho es igual en tu país y en el mío.

Raisha pregunta: ¿Cómo huye el elefante de su destino, si su pasado parece que alimenta los pesares del presente?

Lucas le contesta: la huida del elefante consiste en no errar en su pisada, ver con los ojos del corazón y actuar con cordura. Entonces recordarás que cada cual puede romper una costumbre para crear luego otra; avanzar con la cultura de otros pueblos siendo siempre tolerante será la gran virtud y el gran valor de marfil del elefante. Y así, pues, el cazador de esta jungla de asfalto no aprovechará el desánimo para dominar la espesura cubierta de animales nobles que no saben buscar su propio destino.

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