No me gustan los candados, las cadenas, las prisiones.
No me gustan los que escriben los presentes sin pensar en
los mañanas, borrando los pasados.
No me gustan los autoritarios que se sienten dueños de
todas las libertades.
No me gustan los interesados que sólo buscan ganancias
en cada movimiento.
No me gusta hacer el amor sin amor.
No me gusta que me aprisionen en un prejuicio o en una
etiqueta.
No me gusta el miedo que domina, que doblega, que
silencia.
No me gusta me amen con un amor debilucho que en las
manos se me muera.
No me gusta decir adiós, partir, dejar de estar.
No me gusta me compren, que me vendan, que me utilicen
que me hieran.
No me gusta que me amordacen, que me torturen, que
golpeen, que me atardezcan.
No me gusta que me recorten las alas de los sueños, de
los mañanas, de las praderas.
No me gusta vivir en otra tierra que no sea mi tierra, en
ella habitan todas mis riquezas.
No me gusta interpretar los personajes que otros creen
que debo actuar en la comedia de la vida.
No me gustan las ideas rígidas que nos quitan la
posibilidad de preguntar hasta lo más obvio.
No me gusta levantarme temprano si tengo sueño y ganas
de remolonear.
No me gusta correr desesperada para cumplir con el
mandato del déspota reloj.
No me gusta usar la diplomacia que esclaviza tanta
espontaneidad y nos hace vender tanto esplendor.
No me gusta que me mientan con la excusa infame de que la
verdad puede ser peor.
No me gusta estar enferma, con el cuerpo herido, no me
gusta el remedio, ese que no sana lo que yo no logré curar.
No me gustan los cobardes que prefieren lo malo que
conocen antes que poner en riesgo su probre mediocridad.
No me gusta la gente que vive pasando el tiempo sin
entregar sus soles para sembrar.
No me gustan los hombres que someten a los hombres; ellos
son la causa de tanto dolor que hoy no puedo alumbrar.
Analía Ghío |