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El
emperador y las semillas de flores
(José
María Ríos: adaptación de un cuento anónimo)
En un remoto reino, hace muchos años, la guerra había desangrado el
país y la última batalla acabó con la vida del emperador. La población quería una
vida de paz y exigió al Consejo del Reino, que elevaran al Trono a alguien verdaderamente
amante de la vida.
En el Consejo estuvieron pensando y pensando cómo hacer esta selección
tan delicada
Decidieron convocar al pueblo para que seleccionara una persona joven y de
buena salud, que fuera considerada la mejor para ocupar el trono.
A los pocos días, cientos de jóvenes fueron llegando al palacio real. En
un pueblito lejano de las montañas se encontraba Isabel, una joven pastora que ese pueblo
había seleccionado. Isabel, a punto de partir, dijo a sus padres:
- Yo no quiero ser la futura emperatriz, ¿qué haré yo como emperatriz?
- Hija, nuestro pueblo cree que tú nos conducirás a una vida de paz
-respondió su madre-. Pero la decisión, de ir o no ir, la tienes que tomar tú.
Y así lo hizo. Ya que Isabel amaba mucho a la gente, decidió aceptar el
pedido de su pueblo y viajar a la corte. Entonces emprendió un largo y peligroso viaje,
atravesando ríos y bosques, hasta que llegó al palacio real. Una vez allí, no se
encontró sola. Estaban ya miles de muchachos y muchachas de todo el reino, reunidos en el
gran Salón del Trono. El Consejo del Reino les dio la bienvenida y su Portavoz les dijo:
- Cada cual va a recibir una semilla. La plantará y la cuidará por su
propia mano en la tierra de su pueblo natal, y cuando venga la primavera, nos reuniremos
de nuevo aquí, cada cual con su planta crecida en una maceta. Quien tenga la planta con
la flor más hermosa, será quien ocupe el Trono.
Muchachos y muchachas formaron filas ante cada integrante del Consejo, que
fue repartiendo a cada cual la semilla que tenía que plantar. Isabel tomó su semilla y
con mucho cuidado se la guardó y emprendió el camino de vuelta a casa. Una vez en su
pueblo, Isabel plantó la semilla en una maceta con la mejor tierra de sus montañas y la
regó. Los días pasaban, pero en esa maceta nada aparecía. La regó y esperó, pero los
meses pasaban y nada sucedía allí. Añadió nueva tierra, la abonó y regó, la cambió
de lugar, le cantó y animó, pero nada. No brotaba nada. Isabel ya no sabía qué más
hacer, y la semilla no respondía.
Cuando por fin llegó la Primavera, ella sabía que era hora de realizar
de nuevo el largo viaje hacia el palacio real. Pero también sabía que no valía la pena
ir, porque de su maceta no había brotado ni una sola flor. Por una parte, se alegraba,
porque ella no tenía deseos de cambiar su vida sencilla por la de una Emperatriz. Pero
estaba a la vez con pena porque temía dejar en mal lugar a su pueblo natal. Decidió
consultar a su pueblo, mostrándole su maceta:
- Querido pueblo, la vez pasada acepté su nombramiento por el amor y
respeto que les tengo, para dar a conocer todo lo bello y bueno que el país tiene en
ustedes y en estas hermosas tierras. Y fui a palacio, a pesar de que no quería cambiar mi
vida entre ustedes por la vida de Emperatriz. Pero esta vez ¿qué sentido tiene ir? Vean
mi maceta: no tiene ni siquiera una flor. Si voy, les dejaré en mal lugar.
El pueblo inmediatamente hizo corrillos para discutir entre ellos qué
responder a Isabel. Luego empezaron a expresar sus conclusiones:
- No tengas vergüenza en ir, querida Isabel. Nuestro pueblo nunca ha
pretendido ser mejor que otro. Sólo somos un pueblo hermano de otros pueblos que quiere
compartir con ellos su búsqueda de paz, no quedarse al margen -dijo una anciana.
- Debes ir, Isabel. El Cielo querrá que sigas viviendo en nuestra aldea,
pero faltar a la cita nos dejaría en peor lugar que llegar con la maceta sin florecer
-dijo Fernando, un adolescente que sentía un gran cariño por Isabel-. En todo caso, la
decisión es tuya.
La mayoría respaldó estas conclusiones e Isabel se pasó la noche
reflexionando. Al amanecer, decidió coger la maceta e ir a la cita en el palacio.
¡Qué maravillosa escena había cuando llegó al gran salón del trono!
Los muchachos y muchachas estaban otra vez allí, frente al Consejo del Reino, pero ahora
con sus macetas repletas de hermosas flores. Si una flor era bella, la otra aún lo era
más. El Consejo se desplazó por el salón para examinar las macetas, una a una, y tomar
su decisión. Cada integrante iba alabando a los muchachos y muchachas que saludaba, por
las hermosas flores de sus macetas.
Así pasaron horas y horas en ese gran salón resplandeciente de flores y
de la emoción de los corazones juveniles con la expectativa del trono. Isabel casi ni se
veía entre todos, triste porque su maceta no estaba florida. Las consejeras y consejeros
iban terminando su recorrido y se reunían para conversar entre sí. Uno de los sabios
llegó al final de su recorrido a divisar la maceta de Isabel, quien cabizbaja, ni le vio
regresar en silencio a reunirse con los demás. Seguía con los ojos bajos cuando el sabio
regresó de nuevo, esta vez seguido de todo el Consejo, y le dijo:
- Amada niña, tú vas a ser nuestra Emperatriz.
Isabel levantó la vista para ver a quién habían elegido y vio que el
Consejo en pleno la rodeaba a ella, y en sus rostros brillaban sonrisas de afecto y dicha.
- Pero, si mi maceta no ha florecido, y el Consejo dijo que el Trono lo
ocuparía quien tuviera la flor más hermosa - dijo suavemente Isabel.
- Así fue, como dices -respondió el sabio -. Pero todas las semillas que
repartimos estaban tostadas y ninguna podía florecer. Queríamos asegurarnos de que el
Trono lo ocupara una persona honesta, y por tu honestidad el reino te necesita como
Emperatriz. |