Sorpresas

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El caso de las galletitas

© Diana Díaz

Cuando aquella tarde llegó a la vieja estación, le  informaron que el tren en el que ella viajaría se retrasaría aproximadamente una hora. La elegante señora, un poco fastidiada, compró una  revista, un paquete de galletas y una botella de agua para pasar el tiempo.

Buscó un banco en el  andén central y se quedó preparada para la espera. Mientras ojeaba su revista un joven se sentó a su lado y comenzó a leer un diario.

Imprevistamente la señora observó cómo aquel muchacho, sin decir una sola palabra, estiraba la mano, agarraba el paquete de galletas, lo abría y comenzaba a comerlas, una tras otra, despreocupadamente.

La mujer se molestó por esto; no quería ser grosera,  pero tampoco dejar pasar aquella situación o hacer de cuenta que nada había pasado, así que, con gesto exagerado, tomó el paquete y sacó una  galleta, la exhibió frente al joven y se la comió mirándolo fijamente a los ojos.

Como respuesta, el joven tomó otra galleta y, mirándola, la puso en su  boca y sonrió.

La señora, ya enojada, tomó una nueva galleta, y con ostensibles señales de  fastidio, volvió a comer otra, manteniendo de nuevo la mirada en el muchacho.

El diálogo de miradas y sonrisas continuó entre galleta y galleta, la señora cada vez más irritada y el muchacho cada vez más sonriente.

Finalmente, la señora se dio cuenta de que en el paquete sólo quedaba la última galleta.

- No podrá ser tan caradura - pensó, mientras miraba alternativamente al joven y al paquete de galletas.

Con calma, el joven alargó la mano, tomó la última  galleta y con mucha suavidad la partió exactamente por la mitad. Así, con gesto amoroso, ofreció la mitad de la última galleta a su compañera de banco.

- Gracias - dijo la mujer, tomando con rudeza aquella mitad.

- De nada - contesto el joven, sonriendo suavemente mientras comía su mitad.

Entonces el tren anunció su partida. La señora se levantó furiosa del banco y subió al vagón. Al arrancar, desde la ventanilla de su asiento vio al muchacho, todavía sentado en el andén y pensó:

- ¡Qué insolente, qué maleducado, qué será de nuestro mundo!

Sin dejar de mirar con resentimiento al joven, sintió la boca reseca por el disgusto que aquella situación le había provocado. Abrió su bolso para sacar la botella de agua y se quedó totalmente sorprendida cuando encontró, dentro de su cartera, su paquete de galletas intacto.

¡Cuántas veces nuestros prejuicios, nuestras decisiones apresuradas nos hacen valorar erróneamente a las personas y cometer las peores equivocaciones!

¡Cuántas veces la desconfianza ya instalada en nosotros hace que juzguemos injustamente a personas y situaciones y sin tener un porqué las encasillamos en ideas preconcebidas, muchas veces tan alejadas de la realidad que se presenta!

Así, por no utilizar nuestra capacidad de autocrítica y de observación, perdemos la gracia natural de compartir y enfrentar  situaciones, haciendo crecer en nosotros la desconfianza y la  preocupación.

Nos inquietamos por acontecimientos que no son reales, que quizás nunca lleguemos a contemplar y nos atormentamos con problemas que tal vez nunca ocurrirán.

Dice un viejo proverbio: "Peleando, juzgando antes de tiempo y alterándose no se consigue jamás lo suficiente, pero siendo justo, cediendo y observando a los demás, con una simple cuota de serenidad, se consigue más de lo que se espera."







 

 

 

 


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