| Todos creían saber cómo era Leo. Bastaba
resumirles en una frase su actitud para que asintieran, como versados en esos entresijos
del pensamiento o solidarios con un ser inferior. Imagino que mi rostro no podía
disimular el desagrado por dar explicaciones, y solía dar por zanjado el tema con una
sucinta explicación acerca de la conducta de Leonardo.
Ni siquiera yo podía saber qué se cocía en su cabeza. Ni
Maite, pobre, que a veces tomaba su mano sin saber si aceptaría su caricia o iría a
guarecerse a cualquier rincón. Ni nuestros padres, que simulaban ante los extraños tener
ese conocimiento de Leo que nos estaba vedado; creo que todos en casa interpretábamos el
mismo papel.
A los psicólogos les gustaba universalizar acerca de lo leído
en los libros. Nos daban ánimos y aseguraban que Leo también necesitaba amor, una
familia; sobre todo, comprensión. Entonces me tentaba la idea de invitarlos a pasar una
semana con él, a preguntarse por qué en ocasiones nos miraba fijamente y otras nos
evitaba sin más. Sólo pretendía que vieran lo que significa la convivencia con un ser
que no necesita de la comunicación.
Ya resultó extraño siendo un bebé, pero el deseo de conocer su
comportamiento se tornó acuciante cuando empezó a andar, cuando podía esquivar las
caricias y por ello provocar los enfados más absurdos.
Al crecer se evidenció la monotonía de sus hábitos. No
tardamos en saber que sería difícil escuchar alguna palabra de su boca, cuando no
imposible, aun siendo sus cuerdas vocales perfectamente válidas.
Siendo ya adolescente, Leo salió una tarde conmigo. Aunque
sería más correcto decir que salió detrás de mí. Caminó a mi lado, y por un momento
ideé dirigirme a un lugar distinto del previsto; a un centro comercial, a un cine, a
cualquier sitio en el que no tuviera que dar siquiera breves explicaciones. Pero supuse
que Leonardo sabía que estaba citado, porque con él sólo cabían especulaciones. Al
llegar a la terraza lo presenté, y todos le dirigieron un saludo. Quién más, quién
menos, todos sabían algo acerca de mi hermano, y no les molestó que no contestara ni con
un leve gesto. Le tendí una silla, porque probablemente se habría quedado observándonos
desde lo alto. Se sentó, yo lo hice a su lado, y todos procuraron conversar con
normalidad. Pedí un refresco para él, y cuando nos sirvieron se lo puse en la mano
procurando no llamar la atención. Para mi sorpresa se lo bebió tranquilamente; o tal vez
nerviosamente, quién podía saberlo. Tan pronto miraba al que hablaba como se perdía a
lo lejos, abismado en alguna persona o algún coche que circulara por la calle, o bien
observando la mesa y los objetos que en ella iban cambiando de posición. Le interesaba de
un modo especial el mechero, cada vez que se encendía un pitillo, y creo que Marcelo se
abstuvo de fumar por evitar ser estudiado.
Mis amigos se comportaron y nadie intentó hacerle hablar; ni
siquiera Carmen, que siempre creía tener soluciones para todo y algo interesante que
decir. Me despedí antes de lo acostumbrado y nadie hizo preguntas. Incluso la despedida
pareció normal. Lo cierto es que tenía una curiosidad tan grande como lo había sido mi
desazón porque alguno se incomodara.
No fue vana mi sospecha; Leo se introdujo de inmediato en la
habitación. Al rato busqué la hoja en que suponía habría escrito. En ella figuraban
seis números: 2.739, 812, 1.566, 308, 2.141 y 1.253. A mí me correspondía el último.
Carmen había pronunciado 2.739 palabras; Joaquín, 812; el siguiente número era el total
de palabras articuladas por Roberto; el 308 correspondía a Marcelo, que siempre
intervenía lo justo cuando había chicas; el penúltimo número era el de Pilar. Como
siempre, había empezado por su izquierda, y él no contaba o se apuntaba un cero que no
hacía falta transcribir.
Hizo lo mismo que acostumbraba cuando en casa teníamos visita,
cuando había muchos interlocutores, e ignoro qué criterio seguía cuando, en ocasiones
como cumpleaños u otras celebraciones, era frecuente que la gente se dispersara por las
habitaciones. Tal vez ahí interrumpía el recuento y lo retomaba cuando podía. Cómo
saberlo, quién podría contar continuamente las palabras que varias personas pronuncian,
y al tiempo permanecer atento a la conversación.
Con frecuencia observaba como un atalayero. Nadie sabía con
certeza cómo aprendió a contar. Hicimos muchas conjeturas, pero, puesto que nadie le
enseñó directamente, pensamos que había memorizado los símbolos numéricos mirando las
páginas de algún libro o revista, o que los había aprendido con una rapidez de la que
sólo él era capaz en algún programa infantil de televisión.
A veces lo dejábamos solo en casa, porque pese a su
peculiaridad, nunca había intentado una locura. A Leo había que dejarle espacio; que
anduviera de un lado para otro sin tregua, como buscando algo, o bien que se arrinconara
durante horas, emitiendo algún sonido monocorde o agazapado con la mirada fija en el
suelo. Los expertos (y desde entonces no puedo evitar sonreír cuando oigo esta palabra)
no lograron más emoción que nosotros; es decir, nada. Recurrieron a todo tipo de
artimañas y juegos estúpidos hasta darse cuenta de lo que nosotros supimos siempre. Pero
había que agarrarse a algo y lo siguieron intentando. A veces he creído que Leo se reía
de todos nosotros, de todos ellos, de nuestra posición desventajosa.
Cuando mi madre se veía cerca de la depresión (emoción
frecuente en ella), se sentaba al piano, el único lujo de que disponíamos por tradición
y herencia, un piano vertical que a diario mantenía lustroso. Empezaba con notas tristes,
y, complacida de su propio talento, iba sacando partituras más alegres, composiciones
más complicadas.
Maite y yo intentamos aprender, pero vernos tan distantes de su
habilidad nos desanimaba, aunque fuéramos capaces de tocar un par de alegres canciones
que no exigían ningún virtuosismo. La veíamos hacer, y también Leo, cuando le venía
bien. Tanto nosotros como sus amistades la alentábamos para que se dedicara a ello más
en serio, y siempre aducía que no daba la talla o que tenía ocupaciones más importantes
o perentorias.
Maite y yo tuvimos que hacernos cargo del negocio familiar al
morir nuestra madre. Había querido resistirme al dictado de mi intuición, pero todo
apuntaba a que mamá sería incapaz de soportar la pérdida de nuestro padre, que vivió
tres meses más de lo pronosticado por los doctores. Así quiso ella marchar, tras el que
había sido su único soporte.
Sabíamos muy poco de aquella papelería de luces tristes.
Habíamos intentado convencer a mis padres para que realizaran una pequeña reforma.
Pensábamos que no haría falta una excesiva inversión para darle un poco de color, algo
de vida a aquella tienda vieja y gris. Quizás por su apariencia casi luctuosa, y por
tener la competencia a pocos metros, nunca estuvo muy concurrida, pese a estar ubicada
cerca de un colegio. Estudiamos cuentas y papeles, alimentamos jaquecas a las que se
sumaba la preocupación por Leo, quien, como era predecible, no manifestó ningún
sentimiento por la pérdida.
Descubrimos de qué modo milagroso había sobrevivido el negocio.
Lo ganado con las ventas, casi exclusivamente de material escolar, se había utilizado
para mantenernos y financiar nuestra educación. Habíamos acudido a colegios caros donde
ni siquiera habíamos puesto el empeño por agradecerlo. Darnos cuenta de lo que habían
padecido en silencio nos dolió todavía más. Supimos por qué no teníamos una tienda
luminosa ni un coche grande ni un vídeo, por lo que en alguna ocasión habíamos
protestado, ya que todos nuestros compañeros tenían. Empero, tuvimos regalos cada
Navidad y cumpleaños; también Leo, aun cuando lo más probable era que no se enterase de
lo que era suyo y lo que no.
Escarbamos en los papeles que nuestros padres tenían bajo llave:
facturas de psicólogos que no habían obtenido el menor logro, recibos que nunca
habíamos visto de nuestros colegios, cartas de proveedores instándoles a la premura en
los pagos...
Maite lloró al comprobar que no teníamos una salida definida.
Deudas, nuestras carreras inacabadas, un hermano del que ocuparse, una papelería que
apenas se sostenía. Empezamos a formular amargas predicciones, y tuve que aguantar las
lágrimas con cierto esfuerzo, abrazado a ella. Nos giramos al presentir que Leonardo nos
miraba desde el umbral. Pero era como si nos mirase un perro o hubiera algún objeto más
en la habitación; incapaz de hacer un gesto dirigido a alguien, de llorar o sonreír, de
enarcar las cejas, de suspirar.
Hacía mucho tiempo que mi hermana no me abrazaba; años, unos
cuantos años. Permanecimos así unos momentos, ella sollozando y yo sin encontrar
palabras de consuelo, ambos preguntándonos a qué nos podríamos aferrar. Cuando salimos
de la habitación Leo estaba de pie, junto al piano, pasando un paño por las teclas,
suavemente, como lo hacía mamá, sin emitir más sonido que el leve roce con las teclas.
Al vernos aparecer se sentó frente a él e hizo sonar unas notas. Conocíamos aquella
cadencia: eran las mismas notas con que mamá empezaba a calentar los dedos. Impávidos,
estuvimos observando, no sé cuántos minutos. Al cabo, los dedos de nuestro hermano se
paseaban velozmente por las teclas blancas y negras, por todas las octavas, haciendo sonar
las complejas composiciones que nos gustaba escuchar. Sobre el piano no había partitura
alguna, y ninguna nota rompió la unidad de la música magnífica. Al terminar, se fue
hasta un rincón y quedó con la vista fija en el suelo. |