REPORTAJE: MAYO 68 - Guerra de Asia
"Vietnam
fue lo que tuvimos en vez de infancias felices"
GUILLERMO ALTARES 19/04/2008
La lucha y el absurdo
En cuanto al
propósito de los simpatizantes de los planes de lucha, se puede decir que no deja de ser
loable, por cierto, pero quienes se suscriben a la guerra olvidaron algo importante: que
las palabras, aunque no sean más que palabras, se estampan como consignas en el espíritu
tierno de un chico. Se graban a fuego.
Hoy se lucha por la
vida, se lucha contra la droga, contra el SIDA y contra el cólera. Se lucha contra la
pobreza, contra la discriminación, contra la inflación y hasta se lucha contra el
colesterol. Siempre se nos plantea una necesidad vital, casi primitiva, de luchar contra
algo.
En el deplorable
naufragio de la creatividad y del discurso, provocado quizás por un espíritu de lucha
demasiado arraigado o, tal vez, por la incapacidad para encontrar otras imágenes, otras
actitudes, otras metodologías más sabias y más eficaces, se ha llegado a plantear la
más ininteligible de todas las incongruencias: la necesidad de luchar por la paz.
En síntesis, la
juventud termina, entonces, aprendiendo que no hay mejor virtud ni más alto valor que la
lucha. Sólo necesita elegir un enemigo y arremeter contra él. Después llegará la hora
del llanto.
© Carlos
Alberto Estévez |
El fotógrafo galés Philip Jones Griffiths fue, junto al
reportero Michael Herr, el gran cronista de una guerra que tuvo su punto de inflexión en
1968, con la ofensiva del Tet lanzada por el Vietcong.
Durante los días malos del invierno de 1968, cuando más nos
atacaban". Así arranca uno de los Despachos de guerra de Michael Herr. "En los
días peores creo que nadie esperaba salir vivo de allí. Se asentó entre los miembros de
aquel batallón una desesperación que los viejos de otras dos guerras nunca habían
visto", escribe más adelante en esta obra maestra del nuevo y el viejo periodismo
que en gran parte transcurre durante 1968. "Había sido un año tan intenso que creo
que resumía toda la década".
Vietnam ya era un desastre, pero 1968 fue el año del cataclismo:
la ofensiva del Tet, que llegó hasta Saigón, la imagen del general Nguyen disparándole
en la cabeza a un prisionero del Vietcong, la matanza de My Lai (fue develada más tarde
por Seymour Hersh), la batalla de Hue... El Tet es el ejemplo de manual de "ganar una
batalla y perder la guerra": los estadounidenses acabaron derrotando a los
guerrilleros de Vietnam del Norte, pero pagaron un precio enorme y no sólo en vidas: la
ofensiva del Tet, relatada por Stanley Kubrick con guión del propio Herr en La chaqueta
metálica, mostró la debilidad del gigante. "Hace mucho tiempo que allí no había
un país, sólo una guerra", manifestó Herr. Las fotografías del reportero de
Magnum, recientemente fallecido, Philip Jones Griffiths, que recopiló en el libro Vietnam
Inc, se convirtieron en el resumen de aquel cataclismo. "Sus imágenes del
sufrimiento de los civiles representan lo mejor del fotoperiodismo de la guerra",
señala Phillip Knightley en The first casualty (La primera baja), una historia del
reporterismo bélico.
El impacto de aquel libro fue tan brutal que Griffiths se
convirtió en el primer corresponsal al que el Gobierno de Vietnam del Sur le denegó el
visado.
Fue la guerra del gran baile de los periodistas en la que miles
de fotógrafos se lanzaron al frente para retratar el horror. "Vietnam marcó un
patrón para el fotoperiodismo que se convirtió en un ejemplo para todas las guerras
futuras", dijo Hort Faas, ganador de dos Pulitzer y autor junto a Tim Page
-"cuando le conocí tenía 23 años y recuerdo que pensé que me gustaría haberle
conocido cuando aún era joven", escribió Herr sobre él- de Réquiem, un libro con
las imágenes de los fotógrafos muertos en la guerra. Faas, Larry Burrows o Don McCullin
marcaron las retinas de varias generaciones, pero Griffiths tocó la fibra sensible con su
retrato del inmenso sufrimiento de los civiles, atrapados en el fuego cruzado de la
teoría del dominó, arrastrados a un mundo de matanzas (por ambos lados: al reconquistar
Hue los estadounidenses descubrieron montones de cadáveres ejecutados por el Vietcong) y
manchados con toneladas de agente naranja y napalm que los aviones estadounidenses
lanzaron sobre las selvas y los arrozales.
"El periodismo convencional no puede servir para cubrir esta
guerra de la misma forma que un Ejército convencional no puede ganarla", escribió
Michael Herr en una de sus crónicas en Esquire. "Sean Flynn, el hijo de Errol, se
ganaba la vida como reportero gráfico y era un apasionado de las motos. Hacía aquella
guerra a bordo de una Honda, con cámaras japonesas sobre el torso y un grabador con
canciones de Jimi Hendrix. Era la primera guerra rock de la historia", escribió
nuestro Michael Herr particular, el maestro Manu Leguineche, en su estupendo La guerra de
todos nosotros. Leguineche y Herr formaron parte de la misma pandilla, junto a Sean Flynn,
que desapareció en Camboya en 1970. Al hijo del capitán Blood se lo tragó, junto al
cámara de la CBS Dana Stone, la selva en la que tantas veces se habían metido en busca
de una imagen, de una buena historia. "No puedes enfocar con lágrimas en los
ojos", señaló Griffiths en una entrevista al ser preguntado sobre el impacto que le
causaban las barbaridades que retrataba. "No puedes dejar de sentirte implicado pero
tienes que seguir siendo tú mismo, tomar tus fotos". "Si estabas bien de la
cabeza, peor te parecía lo que veías", señaló Griffiths en otra entrevista.
"Tengo fotografías que te harían vomitar, ¿pero qué sentido tiene? Por suerte
todos contamos con mecanismos de defensa y cuando la cosa se pone fea cerramos los ojos o
pasamos la página. Por esos tratas de sacar fotos que atrapen a la gente y no de
fotografiar cosas horrendas", prosigue este fotógrafo galés, que también publicó
un libro sobre los efectos del agente naranja que las fuerzas de Estados Unidos lanzaron
por toneladas sobre las selvas.
Durante toda la guerra, el Gobierno de Estados Unidos mantuvo una
política de barra libre, de puertas abiertas para la prensa, de la que nunca se ha
arrepentido lo bastante el Pentágono. Knightley explica que, para acreditarse, hacía
falta un par de cartas de medios de comunicación (uno de ellos podía ser casi el
periódico de la escuela) y luego Associated Press y algunas otras agencias repartían
cámaras y material, y pagaban 15 dólares por foto.
El transporte era gratis -los helicópteros, los C-130, cualquier
medio valía para entrar y salir de la selva- y un estómago más o menos duro podía
llegar a acostumbrarse a las raciones C del Ejército. Los viajes de alcohol, hierba y
rock&roll también contribuían a incrementar la movilidad. "En 1968 había en
Vietnam unos 500 corresponsales de todo el mundo, 200 de ellos estadounidenses. Los medios
tuvieron más acceso a los combates y menos censura gubernamental que en cualquier otra
guerra anterior o posterior", escribe Christian G. Appy en La guerra de Vietnam, una
historia muy completa del conflicto que Crítica publicará en mayo.
"Vietnam fue lo que tuvimos en vez de una infancia
feliz" es la frase más famosa de Herr, que fue también uno de los guionistas de
Apocalypse Now. Y, con estas palabras, cierra su obra maestra: "La guerra terminó y
luego terminó de verdad, las ciudades cayeron, vi abalanzarse en el mar de China los
helicópteros que había amado mientras sus pilotos vietnamitas saltaban abandonándolos,
y un último helicóptero giró sus hélices, se alzó en el aire y huyó de mi
pecho".
Despachos
de guerra. Michael Herr. Anagrama.
Barcelona, 2001. 266 páginas. 13,82 euros
Vietnam Inc. Philip Jones Griffiths. Paidon Press.
Londres, 2006 La guerra de Vietnam.
Christian G. Appy. Crítica. Barcelona, 2008. 570 páginas.
A la venta en mayo. |