Textos literarios

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Andaba buscando un sueño

© Carlos Alberto Estévez

Fotografía: Pablo Estévez

Los ojos se me abrieron. Miré el reloj y me sorprendí. Eran las siete. Un sueño se me esfumaba inasible. La luz del día y las voces de la gente que comenzaba su jornada de lunes me molestaban por la persiana entreabierta.

¡Si cuatro horas antes me había propuesto dormir todo lo que hiciera falta! ¡Si yo no quería que el regalo de mi sueño hermoso terminara abruptamente y se me escapara por los resquicios de la conciencia como un pájaro asustado!

Sólo me quedaba esa dulzura fugitiva en medio de tristezas y de dudas montadas a caballo de tanta espera sin plazos ni promesas seguras. Me quedaba en cada partícula de mi alma y de mi cuerpo, como un perfume revolotea delante de tus narices y te dice que ella estuvo, y que te ama, pero no sabés si volverá ni cuándo.

Me levanté casi sonámbulo a ver si encontraba mi sueño en algún lugar del departamento que ocupaba, circunstancialmente solo, en la calle José Berges. Era un barrio de Asunción tranquilo y silencioso hasta que llegaba la fiesta de los chicos que iban y venían del San José; y las bocinas de los autos de sus madres; y el vendedor que voceaba chipá; y las bombas de estruendo haciendo saber que la gente de Itaipú y la de Corposana estaban disconformes; y las voces alegres de cuatro amigos que desayunaban diariamente en la acera de enfrente, en el “Dolce & Salato”, intercalando risotadas entre frases guaraníes que yo no entendía pero que trasuntaban compañía a la distancia de un cruce de calzada.

Fui al baño pero no me miré al espejo; recorrí el estar, grande y vacío como una barraca abandonada. Todo estaba en orden, porque no había nada ni nadie que pudiera desordenar la nada. Añoraba eso: el desorden de alguien que ahora no estaba. ¡Nadie me cambiaba las cosas de lugar!

Las llaves estaban colocadas en la cerradura de la puerta de salida, pero no se hamacaban como yo las había visto hacerlo la noche anterior. Estaban tan quietas como diciéndome que ya no harían falta. ¿Para qué la cerradura y las llaves hamacándose, si nadie entraría, ni mi sueño perdido a las siete?

Caminé hasta la cocina tratando de saber si aquella mariposa que aleteaba en mi despertar indeseado estaba en alguna parte. Abrí la puerta hacia el patio de atrás y la luz del día incipiente me cegó aún más. Miré hacia el piso. Había llovido y vi mi cara en uno de los charcos. Allí no estaba mi sueño. Ni mi memoria. Tampoco me vi. Sólo puede ver a un recién despierto que no me gustaba, a quien no conocía, y que no me habló como tantas veces desde el espejo me decía: “Ándale y sigue hacia adelante, que lo harás bien. Para esta noche, esa idea que te da vueltas se habrá convertido en realidad. Ándale”. Y yo me peinaba despacio para seguir escuchándola.

Pero desde el charquito del patio no me hablaba. Le pregunté por mi sueño y se quedó tiesa, dramáticamente extraña, hermética, callada y deforme. ¿Dónde se habría quedado la dulzura?

Me preparé un café porque ya se me había curado una de mis consabidas revueltas, que hacía dos días me lo pasaba a puro té con galletitas sin sal, sin azúcar y sin gusto. Y saqué cinco Lezama de las dulces; total, si mi sueño no quería volver, ¿por qué la revuelta habría de querer hacerlo?

Me las había mandado mi hermano Jesús cuando Silvia y María Cecilia se vinieron hasta Asunción a pura sorpresa. Era una caja entera familiar, en la que había escrito sobre la tapa: “Para que nos recuerdes en tus desayunos. Te queremos mucho. Je – Lu – Ro – Chechi”. ¡Claro que los recordaba, aun sin galletitas!

¿Estaría ese sueño perdido en mi corazón, en mi memoria, en mi estómago? ¿O cuando uno duerme se le destapa el alma y se le sale todo lo que allí ha metido durante años, o ayer, a fuerza de apretadas corriendo luego los cierres a tirones para que nada se pierda ni se vea, como hacía mamá con una enorme maleta la noche antes de viajar?

Volví al dormitorio y me tiré otra vez en la cama. Era ese sendero inmensamente blanco, por entonces innecesariamente ancho, por donde el sueño había venido. ¿Y si desandaba el camino, podría encontrarlo quizás detrás de algún árbol, como si jugara conmigo a las escondidas en un bosque interminable con hojas secas que crujen al pisarlas y el sol colándose entre la fronda y el aire perfumado de eucalipto?

¿Podría descubrirlo a través de un rayo de luz haciéndome un guiño con sus ojos tan llenos de brillo y de vida? ¿Podría entrelazar sus manos pequeñas y suaves sobre alguna mesa de café diciéndole millones de cosas en una mirada que dura un parpadeo? ¿Me daría la vida, alguna vez, tiempo para eso? ¿Cuánto tiempo?

Cuando volví a mirar el reloj era el mediodía. La lucecita roja del teléfono estaba fija. Eso quería decir que no. Si titilara, sabría que alguien había querido darme una buena noticia. O que, si yo hubiera estado despierto, una voz llena de música me habría dicho algo, sin importarme eso tanto como la melodía que podía escuchar durante horas sin saber lo que es la soledad.

Los mensajes del celular decían que Afganistán estallaba en pedazos, que el restaurante La Pérgola de la avenida Perú reabría sus puertas a cargo de nuevos propietarios; que el dólar se cotizaba a 4.450 guaraníes; que el Paraguay y la Argentina decidieron finalmente hacer algo en serio por el Pilcomayo para que los yacarés no sigan friéndose al sol por el retroceso de las aguas; que la ANDE atendería reclamos en un nuevo número de teléfono. Y mi horóscopo del día: “Cuando sus metas se están llevando a cabo, se presentan inconvenientes que nublan su visión de las cosas”.

Los horóscopos no te dicen siempre la verdad, pero yo quise creerle esta vez. Y ojalá fuera tan cierta la primera parte como era la última. Volví al patio y decidí que aquella cara desconocida que había en el charco era la que estaba diciéndomelo. Pero seguía tiesa.

Entonces busqué mi llave secreta y la puse a sonar en los auriculares. La música que me lee mejor el alma. Encendí el ordenador y comencé a decirme cosas a mí mismo moviendo mis dedos como un autómata, con los ojos cerrados. No dejaba que las palabras salieran de mi mente; no como en Buenos Aires cuando faltaba media hora para que mi artículo estuviera impreso en el diario. Venían de mucho más adentro, pero tampoco me decían de dónde. Sólo deseaba poder abrir aquella maleta y ver de una vez por todas qué era lo que estaba tan bien guardado y se negaba.

El calendario retrocedió y se detuvo en una página en la que con letras muy grandes decía: “Julio 24 de 2001 - Vuelo 702 - TAM”.

Entonces, sonó el teléfono y por el resto del día los auriculares no me hicieron falta.

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Editada en Buenos Aires - Argentina