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Se acabó la música, esa melodía
subyugante que escuché durante muchísimo tiempo, si es que hay una unidad de medida para
él. Todo concierto se termina. Siempre hay un acorde final; te quedás extasiado y
después sobreviene el silencio.
Pero esa música continuará sonando en mi
alma para siempre. Son acordes lejanos pero subsisten; tal vez un eco misterioso de tu
voz. No llegará el silencio, que es la ausencia definitiva de la vida.
Cada uno improvisó sin retaceos y puso su
cuota personal en el pentagrama de los dos. ¿Por qué lo hicimos? Por nada. La atracción
inexplicable y nuestro propio asombro en el encuentro y en el hallazgo de los frutos del
amor que hoy dan testimonio de nuestra vida.
Por eso, a pesar de saberlo, nunca tuvimos
contemplada esta abrupta jugada del destino. Ahora nadie puede cambiarla. Nadie puede
evitar la lejanía. No habrá otra vez. A menos que el destino cambie. Creo en la paradoja
de que ha sido el final pero no definitivo. Yo siempre estaré esperando. Sin embargo, por
ahora no habrá otra vez.
Terminó el último movimiento; la
interpretación espontánea. Y el resabio que queda es una sensación de dulzura. Una
bellísima experiencia que sólo puede trocarse en algo perdurable; la visión de una
estrella que se cruzó una vez en el firmamento de mi vida y por unos segundos (¿qué es
el tiempo?) estuvo detenida frente a mí, hasta que, finalmente, el sueño se acabó. Pero
no por eso fue menos real ni menos intenso. Esa estrella fugaz que yo llamaré siempre con
tu nombre, se alejó tan airosa como había llegado.
¿Te acordás de aquel día en que te dije
que eras como un astro inalcanzable cuya luz llegaría mucho después del tiempo? ¿Por
qué lo dije?...
¡Un momento! ¿Dije mucho después del
tiempo? Entonces me queda una esperanza fascinante. Yo sé que las almas no mueren. Vos
también lo sabés. Así que cuando el tiempo se acabe, o cuando comience un tiempo nuevo,
estoy seguro de que vamos a cruzarnos arriba de una nube, o en otro sitio, tal vez aquí,
no sé; y entonces, mirándonos de frente a los ojos por primera vez (¿por primera vez?),
vos me dirás; "¡¡Pero si vos sos...!!", o tal vez no digas nada; y yo te
diré, como si recién se me ocurriera, que sos deliciosamente única y misteriosa, o
quizás no me atreva, pero sabrás que estoy pensándolo.
Ahora presiento que esta historia no termina
acá. Todo lo que nos faltó decirnos será dicho o pensado cuando llegue aquel momento,
si es que así podrá llamarse. Y si otra vez, al encontrarnos, resultara inútil conjugar
nuestros tiempos, yo sé que igualmente dejarás de ser el recuerdo de una estrella
fugitiva para volverme al amor, esta vez fundido en el silencio y en la profundidad de lo
eterno.
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