Textos literarios

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La vida es como el viento

Por un paisaje perpetuo
que se renueva cada día

© Carlos Alberto Estévez

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A veces se me ocurre que la vida es como el viento, que vuela con sus fantasías inventando paisajes infinitos y fugaces; jugando con la arena a dibujar montañas de ilusiones; animando gigantes en los árboles para que bailen a su ritmo; poniéndose de acuerdo con las olas refrescantes, que van y vienen y lo dejan abrazarse a ellas un instante, o siempre.

De pronto es un torbellino y cubre los ojos de polvo que impide ver el camino; más tarde envía mensajes en clave secreta silbando desde cualquier rincón de la esperanza; hoy alardea de su fuerza haciendo crujir las ramas y mañana el vendaval se convierte en tenue brisa que acaricia la frente mientras disipa una nube.

El viento, como la vida, tiene muchas caras: es poético, excitante, libre e inexorable; podemos temerlo, odiarlo, ignorarlo o amarlo. Es cosa nuestra. Pero siempre es él, aunque no lo entiendan; aunque no se acepte.

Ahora se disfraza de personaje siniestro y luego de duende misterioso, de arlequín o de mago; actúa y desaparece. Nos hace creer que se acabó. Pero, tarde o temprano, vuelve a decirnos al oído que todo era un juego y que es eterno; y nos regala señales de inmortalidad en una corriente que no cesa.

Pasa la vida y sus ráfagas sacuden sentimientos que siempre existieron; inventan paisajes perpetuos que son nuevos cada día; dibujan remolinos de emoción que nunca se aquietan; animan esperanzas que danzan en la imaginación al ritmo del sueño interminable; silban melodías felices a través de una ventana entreabierta a la dicha, o suavizan el espíritu sediento remolcando nubes de consuelo.

La vida, como el viento, es excitante y poética, misteriosa y temible, majestuosa, siniestra o irresistiblemente seductora; pero inexorable y libre. Es cosa nuestra, pese a los que no quieren. Ella se viste con los trajes más diversos y prueba a confundirnos; juega a que se acaba empujando hacia adelante el tiempo que erosiona; despeja luego la tormenta y vuelve sonriente hamacándose en la rama de un pensamiento original: un hálito distinto y permanente que renace compartido en la inmensidad de nuestra existencia.

Por eso hoy escribo para vos; porque hay una brisa que sopla desde ayer en mi ventana.

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Editada en Buenos Aires - Argentina