Textos literarios

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Alfil por alfil

© Carlos Alberto Estévez

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Cuando empecé a jugar me resultó fácil y entretenido. El movimiento de las piezas era sencillo y las mías se desplazaban con asombrosa ductilidad, guiadas por la simple, ingenua y peligrosa lógica de quien, por primera vez, desdobla un tablero: avanzar para llegar.

Pero los estragos que la escuadra enemiga hacía en mi frente, vulnerable y desprevenido, resultaban abrumadores; y todo intento de sobreponerme con mis magras reservas sucumbía, inevitablemente, ante alfiles incisivos y caballos solapados.

Muy pronto mi rey, signado por ese fantasma del jaque, veía a todos sus cortesanos y servidumbre esparcirse en la mesa, fuera de juego, mudos de terror, como el soldado que ha sido arrastrado a una batalla desigual, donde el desastre se advierte apenas suena el clarín y el enemigo diezma sin piedad.

Alguna vez quedaban con él dos o tres peones, inmóviles ante la matanza, incapaces de levantar sus brazos en ayuda del señor, pero dispuestos a ofrendar la vida, si fuera útil, para salvarlo. Mas todo era en vano. No tardaban en comprender que mejor habría sido escapar, ya que, por lo general, ellos mismos eran utilizados para acorralar a mi rey, cuando alfiles y caballos cesaban en su propina de golpes y dejaban paso abierto a las torres poderosas, que avanzaban, implacables, hasta el fin.

Más tarde descubrí que una trama invisible y resistente unía y daba fortaleza a las piezas del rival, mientras que las mías, luego de esfuerzos titánicos, morían desoladas y yo perdía la partida lleno de honor y de tranquilidad espiritual.

Aquella trama invisible valía más que ocho torres en fila; era más poderosa que un caballo y su amenaza circular, y estrellaba contra una pared de frustraciones cualquier tímido intento de ataque o penetración que acometieran mis frágiles y desmañados servidores.

Tan grande debía ser mi desaliento al ver que nada valía para destruir el poder de esa fuerza anidada en las sombras, que doblé el tablero y guardé mis piezas, empachadas de derrotas, en el cofre húmedo y frío de la resignación.

Poco después volví al campo de batalla, porque pensé que no era cuestión de morir antes de tiempo sino de urdir yo también mi estrategia, de concertar ardides para avanzar y llegar; que también debía ser posible vivir con honor y tranquilidad espiritual y que mi propio destino podía estar sujeto -¿por qué no?- a un designio mío, a una decisión personal, a una fuerza interior poderosa que yo debía descubrir.

Al principio la batalla se tornaba desordenada en cuanto a mí se refería. Mis despliegues eran débiles e ineficaces y mi defensa, armada con retazos de experiencias imprecisas, se desmoronaba poco a poco.

Pronto caí en la cuenta de que el peor enemigo no estaba sobre el tablero; ni siquiera frente a mí. Era el miedo, un anticipado jaque mate a mí mismo. Sí, yo debía arriesgar. En el riesgo estaba la única posibilidad. ¿Qué importaba una movida errónea? ¿Qué más daba incluso un rotundo fracaso, si el premio era la vida, esa aventura inigualable sólo reservada para aquellos que han decidido no esperar la muerte atrincherados tras el enroque protector de los que saben, sino saltando de escaque en escaque hasta comprobar que el verdadero saber se puede encontrar en cada jugada personal, diseñada con un argumento propio?

Alfil por alfil, caballo por caballo, comencé a hilvanar la estructura de una nueva partida. Más de una vez incliné el rey, pero siempre hubo otra posibilidad de colocar las piezas en su posición inicial y revivir la emoción invalorable de sentirse presente en el tablero de la vida, cayendo y levantándose, equivocándose y disfrutando, como una experiencia indescriptible, esa llegada paulatina, sin premura, mejor silenciosa y en cuántas oportunidades no esperada, con que la felicidad se acerca de tanto en tanto y nos apoya la mano en el hombro.

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Editada en Buenos Aires - Argentina