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Cuando empecé a jugar me resultó fácil y
entretenido. El movimiento de las piezas era sencillo y las mías se desplazaban con
asombrosa ductilidad, guiadas por la simple, ingenua y peligrosa lógica de quien, por
primera vez, desdobla un tablero: avanzar para llegar.
Pero los estragos que la escuadra enemiga
hacía en mi frente, vulnerable y desprevenido, resultaban abrumadores; y todo intento de
sobreponerme con mis magras reservas sucumbía, inevitablemente, ante alfiles incisivos y
caballos solapados.
Muy pronto mi rey, signado por ese fantasma
del jaque, veía a todos sus cortesanos y servidumbre esparcirse en la mesa, fuera de
juego, mudos de terror, como el soldado que ha sido arrastrado a una batalla desigual,
donde el desastre se advierte apenas suena el clarín y el enemigo diezma sin piedad.
Alguna vez quedaban con él dos o tres
peones, inmóviles ante la matanza, incapaces de levantar sus brazos en ayuda del señor,
pero dispuestos a ofrendar la vida, si fuera útil, para salvarlo. Mas todo era en vano.
No tardaban en comprender que mejor habría sido escapar, ya que, por lo general, ellos
mismos eran utilizados para acorralar a mi rey, cuando alfiles y caballos cesaban en su
propina de golpes y dejaban paso abierto a las torres poderosas, que avanzaban,
implacables, hasta el fin.
Más tarde descubrí que una trama invisible
y resistente unía y daba fortaleza a las piezas del rival, mientras que las mías, luego
de esfuerzos titánicos, morían desoladas y yo perdía la partida lleno de honor y de
tranquilidad espiritual.
Aquella trama invisible valía más que ocho
torres en fila; era más poderosa que un caballo y su amenaza circular, y estrellaba
contra una pared de frustraciones cualquier tímido intento de ataque o penetración que
acometieran mis frágiles y desmañados servidores.
Tan grande debía ser mi desaliento al ver
que nada valía para destruir el poder de esa fuerza anidada en las sombras, que doblé el
tablero y guardé mis piezas, empachadas de derrotas, en el cofre húmedo y frío de la
resignación.
Poco después volví al campo de batalla,
porque pensé que no era cuestión de morir antes de tiempo sino de urdir yo también mi
estrategia, de concertar ardides para avanzar y llegar; que también debía ser posible
vivir con honor y tranquilidad espiritual y que mi propio destino podía estar sujeto
-¿por qué no?- a un designio mío, a una decisión personal, a una fuerza interior
poderosa que yo debía descubrir.
Al principio la batalla se tornaba
desordenada en cuanto a mí se refería. Mis despliegues eran débiles e ineficaces y mi
defensa, armada con retazos de experiencias imprecisas, se desmoronaba poco a poco.
Pronto caí en la cuenta de que el peor enemigo no
estaba sobre el tablero; ni siquiera frente a mí. Era el miedo,
un anticipado jaque mate a mí mismo. Sí, yo debía arriesgar. En el riesgo estaba la
única posibilidad. ¿Qué importaba una movida errónea? ¿Qué más daba incluso un
rotundo fracaso, si el premio era la vida, esa aventura inigualable sólo reservada para
aquellos que han decidido no esperar la muerte atrincherados tras el enroque protector de
los que saben, sino saltando de escaque en escaque hasta comprobar que el verdadero saber se puede
encontrar en cada jugada personal, diseñada con un argumento propio?
Alfil por alfil, caballo por caballo,
comencé a hilvanar la estructura de una nueva partida. Más de una vez incliné el rey,
pero siempre hubo otra posibilidad de colocar las piezas en su posición inicial y revivir
la emoción invalorable de sentirse presente en el tablero de la vida, cayendo y
levantándose, equivocándose y disfrutando, como una experiencia indescriptible, esa
llegada paulatina, sin premura, mejor silenciosa y en cuántas oportunidades no esperada,
con que la felicidad se acerca de tanto en tanto y nos apoya la mano en el hombro.
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