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¿Cuántas vidas tenemos? ¿En qué
tiempo transcurre cada una de ellas? ¿O no hay tiempo y la vida es una sola? ¿Cuántos
YO viven simultáneamente en mi propio ser, si no es cierto que soy desde siempre?
Tengo razones para saber que soy el que no fui y dejo de ser el que era en un momento. Un
pensamiento, un propósito, alguien que llega, una luz que se enciende, una palabra, una
actitud... una música, borran mis propios límites y me llevan por otra dimensión
conocida e inasible a un mundo que casi nadie puede ver.
A veces ocurre. ¿Quién soy yo ahora, envuelto en una melodía con el poder de una nave
espacial, una melodía con magnetismo suficiente para transportarme por caminos
insospechados a otra vida que no sé dónde está (¿qué es el espacio?) pero puedo ir a
ella cuando quiero?
Tuve un primer encuentro con la música.
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Iba caminando por un campo dorado en un
atardecer de verano y ocio. El viento jugaba con los pastos agitándolos a su ritmo. El
firmamento era el único final.
Me recosté en un árbol que parecía estar
allí por casualidad o para mí. Miraba en cualquier dirección y sólo veía cielo.
Totalmente sumido en la contemplación de ese eterno espectáculo imponente, verde y
cielo, una música comenzó a sonar. La sentí muy dentro. Entonces, alguna dimensión
cambió.
Mi alma escuchaba aquellos acordes
insospechados, conocidos y también extraños, y se alejaba del presente. El paisaje se
cerraba detrás de los sonidos. Ellos me sacaban de la Tierra.
¿Adónde me llevaban? ¿En qué lugar
estaba en realidad? Por alguna razón, aquella música resultaba muy cálida, conocida,
inexplicablemente especial. Una sensación de felicidad... de absoluta grandeza, envolvía
a mi YO distinto, aparecido mágicamente en esa otra actualidad rodeada de cielo y viento.
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Sopla una brisa de primavera los
arrebatos del futuro; su alma flotando en el silencio y sus labios abiertos en una sonrisa
eterna.
Hay una playa infinita como la vida. El mar llega hasta mí en abrazos suaves,
transparentes. El sonido de esas olas se parece al arrullo de su voz.
El sol es un disco de fuego escondido detrás de los médanos y el cielo iluminado tiene
la profundidad contagiada de sus ojos.
Extiende sus brazos y corre suspendida en el aire. Es una visión que escapa al poder de
la vista. Es propia de una realidad que no puede pertenecer al devenir que los relojes
apuran. No tiene pasado ni futuro. Pero el presente es ahora. Corresponde a nosotros.
Y esa figura amada que viene...
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El sol desapareció detrás del mundo. Todo
se oscureció. No recuerdo si pasó media hora o un siglo; pero da igual.
Las causas de una visión tan cercana y profunda de la felicidad escapaban de mi memoria
como un pájaro asustado. Parecían un sueño que se esfuma implacable si queremos
reconstruirlo al despertar.
Cuando regresé, lo único que pude
conservar, secreto testimonio, fueron apenas unos compases, que se hilvanaban en mi mente
como ecos remotos de un pasado (¿o de un futuro?), nada más.
Podría identificarlos inmediatamente si los
oyera, me decía a cada rato. Pero... ¿de dónde sacaba yo que esa música existía desde
antes fuera de mí?
Esos compases que me habían llevado a un
paraíso postergado eran del todo nuevos. Sin embargo, estaba seguro de haberme
reencontrado con algo muy familiar, algo que había convivido conmigo desde siempre.
¿Qué momentos evocaba aquella melodía?
Sabía que ella tenía encerrada la respuesta inalcanzable. Y no me cabían dudas: había
dejado la tarde deslizándome por no sé qué caminos para contemplar extasiado ese otro
universo, entre los ecos de un concierto sideral...
Una fuerza interior y desconocida hacía que
yo buscara los arpegios misteriosos. Me preguntaba por qué retornaban desde entonces; por
qué aquella sensación de eternidad serena. ¿Cuándo habría escuchado anteriormente ese
llamado a las alturas?
Pasaron muchos años desde que volví no sé
a dónde recostado contra un árbol en medio de una tarde de sol. De vez en cuando
recordaba el hecho y revivía la intuición de un paraíso inextinguible en medio de un
silencio cuyos ecos resonaban evocando cielos. Pero llegó a ser sólo una anécdota
borrosa y casi perdida en un mar de recuerdos más creíbles.
Poco a poco, las vueltas de este mundo sobre
sí mismo fueron echando sombras y arena para tapar la fisura del tiempo y me hicieron
creer en un hallazgo de mi propia imaginación. Aquella tarde, o lo que de ella quedó,
había sido el producto de una creatividad fértil, de una fantasía. Sin duda.
Un demonio subconsciente y muy práctico me
convenció de que, más allá del árbol y de la llanura, no había sonido alguno que
evocara eternidades posibles. Era la explicación del sentido común, para no volver a
despertar.
Y la música se convirtió en un hábito.
Tenía su lenguaje propio para revivir en mi espíritu sensaciones nuevas, visiones
distintas, inspiraciones y mensajes que seguramente llegaban de planetas lejanos sin que
yo lo supiera.
Pasaba las horas que podía en una casa de
discos. Si tenía un rato libre, escuchaba partes de sinfonías, de conciertos, de
sonatas...
Una tarde entraba como siempre y... me
quedé petrificado. La música que brotaba por los parlantes del salón era la misma
melodía que muchos veranos antes había retornado a mí a través de una falla del
tiempo. Me costaba creerlo.
Corrí al mostrador y casi grité:
- Ese tema, ¿cuál es?, ¿cómo se llama?
Entre sorprendido y curioso por mi estado de
ánimo, el encargado me dijo:
- ¡Schumann; es Schumann!
- Pero... ¿cómo se llama el tema? ¡Quiero
comprarlo!
- Es el Quinteto para piano y cuerdas Opus
44.
Me lo trajo. Yo no podía esperar más.
Corrí a la cabina de pruebas, cerré la puerta y permanecí nuevamente unos cuantos
siglos recostado contra un árbol en una llanura verde con reflejos eternos, sintiendo que
la felicidad es algo que no proviene de afuera sino que se esconde en las profundidades de
la vida que hay que descubrir.
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... que viene a contraluz de la realidad
llega hasta mí en una playa infinita, dorada, con olas transparentes y brisa de
primavera.
Tomo sus manos. Y cuando las estrecho y quiero besarlas, sólo veo entre las mías un
puñado de arena que se escurre.
Pero allí están sus ojos, su voz, sus cabellos al viento... y el esplendor de su magia
se diluye entre siete notas musicales, como el tiempo es también un granito de arena por
vez pasando a través de la garganta de cristal que refleja los sueños.
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Todavía conservo ese disco. Está medio
estropeado de tanto girar.
Pero... ¿a quién le digo que yo escuché
esa música mucho antes de pisar la Tierra? ¿Qué sucesos felices me ocurrieron hace
siglos, se asociaron al sonido del viento y permanecen tras una bruma que apenas lograron
traspasar, en un alarde de audacia, aquellas melodías?
¿Quién cree que yo la conocí antes de
venir a dar vueltas en este planeta en que viajamos nuestros días?
¿Quién ve?
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