Textos literarios

Índice de esta sección

Portada
Página anterior Página siguiente

Una fisura en el tiempo

© Carlos Alberto Estévez

______________________________________________

________________

¿Cuántas vidas tenemos? ¿En qué tiempo transcurre cada una de ellas? ¿O no hay tiempo y la vida es una sola? ¿Cuántos YO viven simultáneamente en mi propio ser, si no es cierto que soy desde siempre?
Tengo razones para saber que soy el que no fui y dejo de ser el que era en un momento. Un pensamiento, un propósito, alguien que llega, una luz que se enciende, una palabra, una actitud... una música, borran mis propios límites y me llevan por otra dimensión conocida e inasible a un mundo que casi nadie puede ver.
A veces ocurre. ¿Quién soy yo ahora, envuelto en una melodía con el poder de una nave espacial, una melodía con magnetismo suficiente para transportarme por caminos insospechados a otra vida que no sé dónde está (¿qué es el espacio?) pero puedo ir a ella cuando quiero?
Tuve un primer encuentro con la música.
________________

Iba caminando por un campo dorado en un atardecer de verano y ocio. El viento jugaba con los pastos agitándolos a su ritmo. El firmamento era el único final.

Me recosté en un árbol que parecía estar allí por casualidad o para mí. Miraba en cualquier dirección y sólo veía cielo.
Totalmente sumido en la contemplación de ese eterno espectáculo imponente, verde y cielo, una música comenzó a sonar. La sentí muy dentro. Entonces, alguna dimensión cambió.

Mi alma escuchaba aquellos acordes insospechados, conocidos y también extraños, y se alejaba del presente. El paisaje se cerraba detrás de los sonidos. Ellos me sacaban de la Tierra.

¿Adónde me llevaban? ¿En qué lugar estaba en realidad? Por alguna razón, aquella música resultaba muy cálida, conocida, inexplicablemente especial. Una sensación de felicidad... de absoluta grandeza, envolvía a mi YO distinto, aparecido mágicamente en esa otra actualidad rodeada de cielo y viento.

________________

Sopla una brisa de primavera los arrebatos del futuro; su alma flotando en el silencio y sus labios abiertos en una sonrisa eterna.
Hay una playa infinita como la vida. El mar llega hasta mí en abrazos suaves, transparentes. El sonido de esas olas se parece al arrullo de su voz.
El sol es un disco de fuego escondido detrás de los médanos y el cielo iluminado tiene la profundidad contagiada de sus ojos.
Extiende sus brazos y corre suspendida en el aire. Es una visión que escapa al poder de la vista. Es propia de una realidad que no puede pertenecer al devenir que los relojes apuran. No tiene pasado ni futuro. Pero el presente es ahora. Corresponde a nosotros.
Y esa figura amada que viene...
________________

El sol desapareció detrás del mundo. Todo se oscureció. No recuerdo si pasó media hora o un siglo; pero da igual.
Las causas de una visión tan cercana y profunda de la felicidad escapaban de mi memoria como un pájaro asustado. Parecían un sueño que se esfuma implacable si queremos reconstruirlo al despertar.

Cuando regresé, lo único que pude conservar, secreto testimonio, fueron apenas unos compases, que se hilvanaban en mi mente como ecos remotos de un pasado (¿o de un futuro?), nada más.

Podría identificarlos inmediatamente si los oyera, me decía a cada rato. Pero... ¿de dónde sacaba yo que esa música existía desde antes fuera de mí?

Esos compases que me habían llevado a un paraíso postergado eran del todo nuevos. Sin embargo, estaba seguro de haberme reencontrado con algo muy familiar, algo que había convivido conmigo desde siempre.

¿Qué momentos evocaba aquella melodía? Sabía que ella tenía encerrada la respuesta inalcanzable. Y no me cabían dudas: había dejado la tarde deslizándome por no sé qué caminos para contemplar extasiado ese otro universo, entre los ecos de un concierto sideral...

Una fuerza interior y desconocida hacía que yo buscara los arpegios misteriosos. Me preguntaba por qué retornaban desde entonces; por qué aquella sensación de eternidad serena. ¿Cuándo habría escuchado anteriormente ese llamado a las alturas?

Pasaron muchos años desde que volví no sé a dónde recostado contra un árbol en medio de una tarde de sol. De vez en cuando recordaba el hecho y revivía la intuición de un paraíso inextinguible en medio de un silencio cuyos ecos resonaban evocando cielos. Pero llegó a ser sólo una anécdota borrosa y casi perdida en un mar de recuerdos más creíbles.

Poco a poco, las vueltas de este mundo sobre sí mismo fueron echando sombras y arena para tapar la fisura del tiempo y me hicieron creer en un hallazgo de mi propia imaginación. Aquella tarde, o lo que de ella quedó, había sido el producto de una creatividad fértil, de una fantasía. Sin duda.

Un demonio subconsciente y muy práctico me convenció de que, más allá del árbol y de la llanura, no había sonido alguno que evocara eternidades posibles. Era la explicación del sentido común, para no volver a despertar.

Y la música se convirtió en un hábito. Tenía su lenguaje propio para revivir en mi espíritu sensaciones nuevas, visiones distintas, inspiraciones y mensajes que seguramente llegaban de planetas lejanos sin que yo lo supiera.

Pasaba las horas que podía en una casa de discos. Si tenía un rato libre, escuchaba partes de sinfonías, de conciertos, de sonatas...

Una tarde entraba como siempre y... me quedé petrificado. La música que brotaba por los parlantes del salón era la misma melodía que muchos veranos antes había retornado a mí a través de una falla del tiempo. Me costaba creerlo.

Corrí al mostrador y casi grité:

- Ese tema, ¿cuál es?, ¿cómo se llama?

Entre sorprendido y curioso por mi estado de ánimo, el encargado me dijo:

- ¡Schumann; es Schumann!

- Pero... ¿cómo se llama el tema? ¡Quiero comprarlo!

- Es el Quinteto para piano y cuerdas Opus 44.

Me lo trajo. Yo no podía esperar más. Corrí a la cabina de pruebas, cerré la puerta y permanecí nuevamente unos cuantos siglos recostado contra un árbol en una llanura verde con reflejos eternos, sintiendo que la felicidad es algo que no proviene de afuera sino que se esconde en las profundidades de la vida que hay que descubrir.

________________

... que viene a contraluz de la realidad llega hasta mí en una playa infinita, dorada, con olas transparentes y brisa de primavera.
Tomo sus manos. Y cuando las estrecho y quiero besarlas, sólo veo entre las mías un puñado de arena que se escurre.
Pero allí están sus ojos, su voz, sus cabellos al viento... y el esplendor de su magia se diluye entre siete notas musicales, como el tiempo es también un granito de arena por vez pasando a través de la garganta de cristal que refleja los sueños.
________________

Todavía conservo ese disco. Está medio estropeado de tanto girar.

Pero... ¿a quién le digo que yo escuché esa música mucho antes de pisar la Tierra? ¿Qué sucesos felices me ocurrieron hace siglos, se asociaron al sonido del viento y permanecen tras una bruma que apenas lograron traspasar, en un alarde de audacia, aquellas melodías?

¿Quién cree que yo la conocí antes de venir a dar vueltas en este planeta en que viajamos nuestros días?

¿Quién ve?

______________________________________________


Ir al tope de la página
Recuerde que para reproducir nuestros textos debe obtener autorización expresa
Portal en español de turismo de aventura, deportes y ecoturismo en Iberoamérica

Ir a la portada de la revista © El Tercer Tiempo - Todos los derechos reservados  Comuníquese con nosotros para lo que necesite
Editada en Buenos Aires - Argentina

Desarrollo de Web Sites, Posicionamiento en Buscadores y Publicidad OnLine