Textos literarios

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A la luz de una estrella

© Carlos Alberto Estévez

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Cuando era chiquito siempre le oía decir a mi abuelita que "a los chicos que se portan mal hay que ponerlos pupilos".

Aquella palabra parecía, en la mente de aquel Carlos de 6 ó 7 años, la sentencia más penosa con que pudiera castigarse a un chico que se porta mal. Y cuando uno es chico nunca sabe en qué momento algún mayor descubrirá que uno se ha portado mal, ¿no?

Al final, yo estuve pupilo, aunque no fue, precisamente, como resultado de un mal comportamiento ni por aplicación de aquella pena apocalíptica.

Pero menos me agrada todavía la palabra pupilo, por la experiencia; porque aquel año en que yo lo fui, aunque pocas veces me sentí verdaderamente infeliz, sufrí muchísimo la soledad.

Pero no me dejaba aplastar. Siempre encontraba un sendero por donde transitar buscando jardines nuevos, esperanzas posibles, sueños que se pudieran alcanzar aunque se vieran tan lejanos como las estrellas.

Y en los recreos de las noches, después de la cena, cuando me sentía solo, igual que más de una vez vos te habrás sentido, me ponía a mirar el cielo y a estudiar y admirar las estrellas.

A los pocos meses había aprendido a conocerlas y sabía muy bien dónde estaba cada una según la hora. Me divertía mirar el reloj y saber así en qué lugar exacto encontraría cada conjunto. El movimiento de la Tierra marcaba el tiempo, y las horas determinaban la posición en el espacio. Me fascinaba ese misterio insondable del Universo, siempre igual y siempre distinto; inalcanzable y a la vez tan íntimamente mío.

Siempre pensé que sería posible salirse del tiempo si pudiéramos prescindir de las distancias. Sobre ese tema escribí mucho después un cuento fantástico (de fantasía). Y si bien todas esas estrellas eran apreciadas, porque todas estaban siempre allí, cada noche, esperándome para saludarme con su eterno guiño; aunque todas me decían cada noche, sin palabras, "acá estamos otra vez, Charlie, esperando tu mirada amable", un día me di cuenta de que había cinco que eran más mías.

Ni se te ocurra preguntarme por qué. No podría contestar esa pregunta. No podría explicarlo, simplemente porque no lo sé. Sólo puedo decir, en honor a la verdad y al recuerdo que, a partir de algún momento, salía al recreo de la noche, como siempre, echando un vistazo de amistad a todo el Universo, pero enseguida buscaba esas cinco estrellas para asegurarme de que estuvieran allí.

Si eran las nueve de la noche, sólo tenía que recorrer el camino de césped que bordeaba la capilla por detrás, para llegar a un claro, porque a esa hora mis estrellas estaban muy cercanas a la línea del horizonte y los árboles las ocultaban. Si me despertaba entre la noche, en cambio, me bastaba mirar por la ventana porque ya estaban casi en línea vertical, como el Sol en un mediodía. El bosque no podía taparlas. Entonces sentía que algo funcionaba mejor; o que la noche era más brillante. Mis estrellas amigas tenían una luz más blanca; y creo que eran amigas entre sí.

Durante el día no podía verlas, pero tampoco las extrañaba. Yo sabía que "estaban" y que era inexorable la llegada del momento en que aparecerían de nuevo iluminando el paisaje. Como un mensaje tuyo que llega.

Todavía hoy, cada vez que camino o viajo de noche, saludo a mis cinco estrellas amigas; las mismas que aceptaron jugar con mi fantasía de doce años a construir mundos gigantescos y eternos, donde todo era posible. Y siempre, según la hora, están en el mismo lugar, esperando que las mire para guiñarme su saludo.

Después de muchos años, se me ocurrió que cada persona con la cual me comunico es como una estrella del Universo esperando una mirada y emitiendo una luz que puede llegar o no, que puede iluminar o perderse. Creo que nuestro mundo es tan gigantesco, tan misterioso y tan extraordinario como aquél de mis juegos de niño. Por eso ya no me extraña tanto, aunque siempre siento enorme fascinación y respeto por ese misterio, cuando me doy cuenta de que hay estrellas que son mucho más mías que otras.

Aunque estén a la distancia de un guiño sideral, inalcanzable, pueden regalarte la energía palpitante de un "¡hola, Charlie, todavía estamos aquí, esperando tu mirada en el recreo de la noche".

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