| Ésta es una pequeña partecita de la historia de dos seres que existen
entre millones de millones de otros seres cuyas vidas no se sabe cuándo comenzaron ni
cuándo terminarán de surcar la Creación.
Se conocieron por una de las mejores y más hermosas razones que
se puedan imaginar: por causalidad. Por pura y absoluta causalidad extraterrestre.
¿Cómo es eso?
Cierta vez, hace incontables tiempos, ella paseaba por los
jardines siderales disfrutando el magnetismo de lo desconocido; y solamente por iluminar
la belleza inmortal del Universo, por dejar una huella que probara la razón esencial de
la existencia, tomó uno de sus más cálidos pensamientos y envió una imagen a recorrer
todos los mundos, sistemas, estrellas y planetas.
Era como una carta perfumada de intuiciones; una botella arrojada
al mar de una realidad que al hombre se le escapa; un mensaje que, a veces, alguien
encuentra suspendido en una estrella muy difícil de alcanzar:
"¡Hola!, al que la reciba:
¿Quién sos? Dentro de unas vidas tendré espacio en mi nave para dibujar
soles. ¿Querrás participar?
Te ayudaré a llenar de color y sonido los silencios sin luz; a borrar los signos de
pregunta que se trazan sobre una Eternidad apenas intuida. Podés albergar en tu alma
sentimientos, ideas y acciones que durarán mucho más que una vida, que brillarán mucho
más que un presente con final inexorable.
Sólo puedo prometerte no dejar de ser yo. Pero si lográs escucharme, si recordás este
pensamiento, si en alguno de los futuros que nos esperan llegás cerca, nos miraremos a
los ojos y en ellos leeremos la prueba de que nuestra amistad está sellada con tinta
indeleble en el libro de la Eternidad.
Hasta dentro de un ratito."
Pocas veces una verdad absolutamente indemostrable
se escribió con tanta anticipación. Él intuyó esa imagen al encenderse un relámpago
en una noche de tormenta. La leyó bajo la lluvia en un parpadeo de certeza y, después,
casi la olvida; porque... porque su vida transcurría en la Tierra un tramo de
inmortalidad disimulada; porque es difícil que el tiempo sea lo que es sin que los
hombres comiencen a ignorar sus propias dudas. Por eso casi nadie lo mide por encuentros
eternos salpicados de belleza extraterrestre sino por la frágil y angustiosa soledad de
los cielos provisionales. Los hombres calibran el tiempo, más bien, por espejismos;
prisioneros de sus miedos. Pero algo se desprendió de aquella carta cósmica y se quedó
con él.
Posiblemente, las cartas llegan, como las imágenes, como todos
los mensajes, con fragmentos invisibles del alma de quien las ha escrito. ¡Seguro! Porque
una partícula del alma de ella se bajó de aquel relámpago. Como una estrella fugaz
cruza el firmamento en dirección impredecible, esa chispa de vida que ella ofrecía
atravesó millones de años luz y aguardó callada, muy quieta, cultivando un milagro en
el umbral del otro yo; del YO-SOY-SIEMPRE más auténtico de él.
La carta, entretanto, abandonada al milagro de existir, florecía
en la esperanza mientras la Tierra daba sus vueltas fabricando tiempo.
Sorprendido todavía por el hallazgo, empapado de asombro,
enceguecido por la luz en aquella oscura noche de tormenta, él descubrió a tientas un
gesto práctico trazado con el brazo de la objetividad terráquea. Se ajustó con premura
el impermeable, clavó firme la vista en las baldosas flojas y siguió por un camino con
final seguro, a resguardo de asteroides.
¡Claro! Ella era sinceridad astronómica. Ella era ella y no la
que habría sido en un dejo de humanidad común. Estaba donde estaba y no donde habría
estado si el tiempo no se pareciera a las gotas de rocío que se evaporan; si el espacio
no resultara chico para un milagro así.
Sin embargo, él tampoco sabía mentirse. Buscaba a cada paso
verdades que merecieran ser creídas, milagros ciertos. Se preguntaba quién era en
realidad; quién era ese ser vivo, ese Universo mínimo rastreando sus propias
convicciones, procurando modelar su propio modelo, surcando una trayectoria singular en la
galaxia. Y con más desvelo aún, procuraba explicarse por qué tantos tiempos, mundos,
vidas, espacios; por qué tantos siglos y tantas posibilidades reservadas.
Y en esa tarea de no dejar que la vida se escapara sin haber sido
vivida, aquella promesa palpitada volvía en cada latido con un hálito distinto, capaz de
asegurarle todas las respuestas. "Sólo puedo prometerte no dejar de ser yo".
Era un mensaje tan difícil de escuchar en sus tiempos actuales, como imposible de olvidar
apenas presentido.
Entonces, aquel rayo de luz pintó un arco iris en el otro yo,
donde se había refugiado de la lluvia millones de tormentas antes.
Él voló a su casa atravesando siglos, eras y mundos. Nació mil
veces con un relámpago encendido en la ventana más recóndita del alma, hasta que, en
una vida de ésas, se asomó a un paisaje nuevo. Sentado ante la máquina de escribir los
días, abrió el corazón y estampó en esa hoja en blanco, atrapada en el rodillo de la
rutina, un pedacito de su propio ser:
"¡Hola, amiga!:
Encontré tu botella no importa en qué relámpago de qué tormenta de qué noche; la
destapé y una estrella se quedó conmigo e iluminó un poco más mi firmamento desde
entonces.
Aquí estoy. Creo que podré reconocerte al llegar, quién sabe cuándo. Te miraré a los
ojos. Ya sé que nuestras vidas no se tocarán en el YO-SOY-AHORA, que nos hace aparecer
como si fuéramos de distintas eras, mundos, rumbos. Pero quizás podamos viajar juntos
por el Infinito cruzando galaxias enteras, espacios cósmicos que nadie conoce,
tomados de la mano en nuestro YO-SOY-SIEMPRE, el que no ha nacido, el que nunca morirá,
aquel que sólo se deja ver y escuchar frente a la Verdad y a la Belleza.
Y después de tantos siglos de búsqueda, quizás tendremos a nuestra disposición un
planeta olvidado que podremos revivir y adornar, cada vez que el tiempo se detenga, con
fantasías reales de color eternidad.
Tu mensaje jamás se borrará de mí porque está grabado con el sello inconfundible de la
Luz. Acepto esa estrella, tu regalo, y te envío uno de los soles de mi Universo para que
lo conserves hasta que quieras.
Gracias, hoy y siempre, por la sencilla alegría de saberte siendo."
Ese secreto viajó a la velocidad ultrasónica que
alcanzan los circuitos de la conciencia, hasta posarse en unas manos generosas, nunca
vistas sino a través de tantos sentimientos que habrían de transmitir en millones de
certezas, manejando un lápiz de bondad inagotable:
"¡Hola, ET!; ¿cómo estás?
Saberte existiendo, saber que "sos", es uno de los regalos más invalorables de
la causalidad.
¡Qué tamaña desproporción existe entre una etiqueta de amigo y esta nueva y luminosa
oportunidad obsequiada por la vida!
Brindo por el milagro de una comunicación lograda.
Gracias por tu sí."
Él la reconoció en un instante inesperado de una
vida cualquiera en que sus trayectorias se cruzaron. Después de milenios transcurridos
buscando relámpagos, sintió que la vigilia terminaba. Todo su ser se conmovió. La
visita, prometida desde siempre, estaba a sus puertas; y él abrió, porque sabía.
No participaba de la fiesta la memoria terrestre; pero a través
de un resquicio abierto a la conciencia, en algún destello especial de unos ojos que él
miró, resplandecía de nuevo aquel mensaje guardado, desde el principio de todos los
principios, en alguno de los bolsillos más secretos de su auténtica vida. Entonces,
escribió:
"¡Hola, amiga!, aquí estoy aún:
Si el tiempo pudiera medirse por la intensidad con que se escribe este diálogo; si sólo
fuera posible sumar las horas cuando en ellas aprendemos los secretos más escondidos de
la vida, tendría una razón más para decir que te conozco desde hace miles de siglos.
Y la tengo. Pero la primera, la imborrable, es la asombrosa certeza de nuestra eternidad;
la indecible seguridad de haberte reencontrado en un pasaje de este sueño de los días,
sin importar por qué ni para qué el milagro."
¡ Qué misterio!
¡Un amor sin ataduras a la Tierra! En este punto infinitesimal de la Vía Láctea, que en
su conjunto es un punto también infinitesimal y absolutamente imposible de encontrar en
medio de todo lo creado, hay muchas razones que justifican muy razonablemente las palabras
"nunca" y "lejos".
Sin embargo, hay un puente que los une. Un puente hacia las
afueras del tiempo; un puente que ignora los espacios y las distancias, las galaxias y las
horas. Una órbita singular por donde van y vienen los duendes misteriosos que ellos
mismos animaron y que ahora dibujan en las solapas de los sobres sonrisas para adentro de
la vida. Mágicos duendes que no extienden la mano para reclamar por lo que han dado.
Duendes de la existencia verdadera, donde todo es posible si es puro, si tiene belleza y
verdad.
¡Amor! ¡Cuántos significados tendrá esa palabra! ¿Tantos
como amores haya? Es imposible medirlo en grados o calibrarlo por cantidad de minutos,
encuentros, diálogos. De nada sirve inventar convenciones terrestres para observar
milagros que nacieron por dibujar un cuadro de colores brillantes en el misterio de los
tiempos.
Porque si el primer fragmento del alma de ella saltó desde un
relámpago en una noche oscura de tormenta, cuando faltaban siglos para que fuera hoy, el
resto fue llegando con la magia inexplicable de esa parte de la vida nuestra que no muere,
la que trasciende las leyes de la física y de la lógica implantadas en este punto
insignificante y enorme, perdido en la Vía Láctea y cautivo del espacio.
El amor regala en destellos de luz la alegría de cada encuentro.
Hasta las cosas más triviales sirven para componer una música nueva, cuyos acordes
resuenan en la profundidad insondable de lo eterno. Y en los mensajes que ellos
coleccionan como testimonios de un viaje mágico y sagrado a través del Universo infinito
poblado de misterios como éste, viene salpicando asombros un poco de sus vidas.
Por encima de cada palabra que ella pronuncia o él contesta;
ocupando el lugar de los silencios plenos que completan sus diálogos, lo que están
diciéndose, definitivamente, es:
"¡Hola, ET!:
Posémonos en la estrella que más quieras; saltemos sobre las nebulosas de nuestro AHORA
y disfrutemos del maravilloso espectáculo de este vuelo sobre el tiempo hasta la idea
refulgente.
El espacio infinito pierde oscuridad y las distancias desaparecen de vergüenza, porque ya
no existe la soledad que agitaba amenazas desde el futuro.
Por eso fuimos capaces de escribir nuestra verdad a cada rato. Para que no muriera
sepultada bajo los escombros del tiempo imaginario que la Tierra necesita. Para que no
quedara sin aire de estrellas; para que no perdiera el espacio infinito con que nació
respirando prodigios presentidos.
Vos creés. Yo creo. Alguien cree. Conjuguemos este verbo desprendido del milagro, porque
su grandeza justifica la esperanza de todos los encuentros. Y el asombro sobrevive.
Fijate qué chiquita es la Tierra y qué rápido da vueltas para inventar las horas
efímeras que apuran a los hombres. Y después decime si no fue recién que nos pensamos,
desde un extremo al otro de esta Aurora sin final."
Y con eso basta. ¿No? |