Textos literarios

Índice de esta sección

Portada
Página anterior Página siguiente

¡Hola, ET!, ¿cómo estás?

© Carlos Alberto Estévez

Ésta es una pequeña partecita de la historia de dos seres que existen entre millones de millones de otros seres cuyas vidas no se sabe cuándo comenzaron ni cuándo terminarán de surcar la Creación.

Se conocieron por una de las mejores y más hermosas razones que se puedan imaginar: por causalidad. Por pura y absoluta causalidad extraterrestre.

¿Cómo es eso?

Cierta vez, hace incontables tiempos, ella paseaba por los jardines siderales disfrutando el magnetismo de lo desconocido; y solamente por iluminar la belleza inmortal del Universo, por dejar una huella que probara la razón esencial de la existencia, tomó uno de sus más cálidos pensamientos y envió una imagen a recorrer todos los mundos, sistemas, estrellas y planetas.

Era como una carta perfumada de intuiciones; una botella arrojada al mar de una realidad que al hombre se le escapa; un mensaje que, a veces, alguien encuentra suspendido en una estrella muy difícil de alcanzar:

"¡Hola!, al que la reciba:
¿Quién sos? Dentro de unas vidas tendré espacio en mi nave para dibujar soles. ¿Querrás participar?
Te ayudaré a llenar de color y sonido los silencios sin luz; a borrar los signos de pregunta que se trazan sobre una Eternidad apenas intuida. Podés albergar en tu alma sentimientos, ideas y acciones que durarán mucho más que una vida, que brillarán mucho más que un presente con final inexorable.
Sólo puedo prometerte no dejar de ser yo. Pero si lográs escucharme, si recordás este pensamiento, si en alguno de los futuros que nos esperan llegás cerca, nos miraremos a los ojos y en ellos leeremos la prueba de que nuestra amistad está sellada con tinta indeleble en el libro de la Eternidad.
Hasta dentro de un ratito."

Pocas veces una verdad absolutamente indemostrable se escribió con tanta anticipación. Él intuyó esa imagen al encenderse un relámpago en una noche de tormenta. La leyó bajo la lluvia en un parpadeo de certeza y, después, casi la olvida; porque... porque su vida transcurría en la Tierra un tramo de inmortalidad disimulada; porque es difícil que el tiempo sea lo que es sin que los hombres comiencen a ignorar sus propias dudas. Por eso casi nadie lo mide por encuentros eternos salpicados de belleza extraterrestre sino por la frágil y angustiosa soledad de los cielos provisionales. Los hombres calibran el tiempo, más bien, por espejismos; prisioneros de sus miedos. Pero algo se desprendió de aquella carta cósmica y se quedó con él.

Posiblemente, las cartas llegan, como las imágenes, como todos los mensajes, con fragmentos invisibles del alma de quien las ha escrito. ¡Seguro! Porque una partícula del alma de ella se bajó de aquel relámpago. Como una estrella fugaz cruza el firmamento en dirección impredecible, esa chispa de vida que ella ofrecía atravesó millones de años luz y aguardó callada, muy quieta, cultivando un milagro en el umbral del otro yo; del YO-SOY-SIEMPRE más auténtico de él.

La carta, entretanto, abandonada al milagro de existir, florecía en la esperanza mientras la Tierra daba sus vueltas fabricando tiempo.

Sorprendido todavía por el hallazgo, empapado de asombro, enceguecido por la luz en aquella oscura noche de tormenta, él descubrió a tientas un gesto práctico trazado con el brazo de la objetividad terráquea. Se ajustó con premura el impermeable, clavó firme la vista en las baldosas flojas y siguió por un camino con final seguro, a resguardo de asteroides.

¡Claro! Ella era sinceridad astronómica. Ella era ella y no la que habría sido en un dejo de humanidad común. Estaba donde estaba y no donde habría estado si el tiempo no se pareciera a las gotas de rocío que se evaporan; si el espacio no resultara chico para un milagro así.

Sin embargo, él tampoco sabía mentirse. Buscaba a cada paso verdades que merecieran ser creídas, milagros ciertos. Se preguntaba quién era en realidad; quién era ese ser vivo, ese Universo mínimo rastreando sus propias convicciones, procurando modelar su propio modelo, surcando una trayectoria singular en la galaxia. Y con más desvelo aún, procuraba explicarse por qué tantos tiempos, mundos, vidas, espacios; por qué tantos siglos y tantas posibilidades reservadas.

Y en esa tarea de no dejar que la vida se escapara sin haber sido vivida, aquella promesa palpitada volvía en cada latido con un hálito distinto, capaz de asegurarle todas las respuestas. "Sólo puedo prometerte no dejar de ser yo". Era un mensaje tan difícil de escuchar en sus tiempos actuales, como imposible de olvidar apenas presentido.

Entonces, aquel rayo de luz pintó un arco iris en el otro yo, donde se había refugiado de la lluvia millones de tormentas antes.

Él voló a su casa atravesando siglos, eras y mundos. Nació mil veces con un relámpago encendido en la ventana más recóndita del alma, hasta que, en una vida de ésas, se asomó a un paisaje nuevo. Sentado ante la máquina de escribir los días, abrió el corazón y estampó en esa hoja en blanco, atrapada en el rodillo de la rutina, un pedacito de su propio ser:

"¡Hola, amiga!:
Encontré tu botella no importa en qué relámpago de qué tormenta de qué noche; la destapé y una estrella se quedó conmigo e iluminó un poco más mi firmamento desde entonces.
Aquí estoy. Creo que podré reconocerte al llegar, quién sabe cuándo. Te miraré a los ojos. Ya sé que nuestras vidas no se tocarán en el YO-SOY-AHORA, que nos hace aparecer como si fuéramos de distintas eras, mundos, rumbos. Pero quizás podamos viajar juntos por el Infinito cruzando galaxias enteras, espacios cósmicos que nadie conoce, tomados de la mano en nuestro YO-SOY-SIEMPRE, el que no ha nacido, el que nunca morirá, aquel que sólo se deja ver y escuchar frente a la Verdad y a la Belleza.
Y después de tantos siglos de búsqueda, quizás tendremos a nuestra disposición un planeta olvidado que podremos revivir y adornar, cada vez que el tiempo se detenga, con fantasías reales de color eternidad.
Tu mensaje jamás se borrará de mí porque está grabado con el sello inconfundible de la Luz. Acepto esa estrella, tu regalo, y te envío uno de los soles de mi Universo para que lo conserves hasta que quieras.
Gracias, hoy y siempre, por la sencilla alegría de saberte siendo."

Ese secreto viajó a la velocidad ultrasónica que alcanzan los circuitos de la conciencia, hasta posarse en unas manos generosas, nunca vistas sino a través de tantos sentimientos que habrían de transmitir en millones de certezas, manejando un lápiz de bondad inagotable:

"¡Hola, ET!; ¿cómo estás?
Saberte existiendo, saber que "sos", es uno de los regalos más invalorables de la causalidad.
¡Qué tamaña desproporción existe entre una etiqueta de amigo y esta nueva y luminosa oportunidad obsequiada por la vida!
Brindo por el milagro de una comunicación lograda.
Gracias por tu sí."

Él la reconoció en un instante inesperado de una vida cualquiera en que sus trayectorias se cruzaron. Después de milenios transcurridos buscando relámpagos, sintió que la vigilia terminaba. Todo su ser se conmovió. La visita, prometida desde siempre, estaba a sus puertas; y él abrió, porque sabía.

No participaba de la fiesta la memoria terrestre; pero a través de un resquicio abierto a la conciencia, en algún destello especial de unos ojos que él miró, resplandecía de nuevo aquel mensaje guardado, desde el principio de todos los principios, en alguno de los bolsillos más secretos de su auténtica vida. Entonces, escribió:

"¡Hola, amiga!, aquí estoy aún:
Si el tiempo pudiera medirse por la intensidad con que se escribe este diálogo; si sólo fuera posible sumar las horas cuando en ellas aprendemos los secretos más escondidos de la vida, tendría una razón más para decir que te conozco desde hace miles de siglos.
Y la tengo. Pero la primera, la imborrable, es la asombrosa certeza de nuestra eternidad; la indecible seguridad de haberte reencontrado en un pasaje de este sueño de los días, sin importar por qué ni para qué el milagro."

¡Qué misterio! ¡Un amor sin ataduras a la Tierra! En este punto infinitesimal de la Vía Láctea, que en su conjunto es un punto también infinitesimal y absolutamente imposible de encontrar en medio de todo lo creado, hay muchas razones que justifican muy razonablemente las palabras "nunca" y "lejos".

Sin embargo, hay un puente que los une. Un puente hacia las afueras del tiempo; un puente que ignora los espacios y las distancias, las galaxias y las horas. Una órbita singular por donde van y vienen los duendes misteriosos que ellos mismos animaron y que ahora dibujan en las solapas de los sobres sonrisas para adentro de la vida. Mágicos duendes que no extienden la mano para reclamar por lo que han dado. Duendes de la existencia verdadera, donde todo es posible si es puro, si tiene belleza y verdad.

¡Amor! ¡Cuántos significados tendrá esa palabra! ¿Tantos como amores haya? Es imposible medirlo en grados o calibrarlo por cantidad de minutos, encuentros, diálogos. De nada sirve inventar convenciones terrestres para observar milagros que nacieron por dibujar un cuadro de colores brillantes en el misterio de los tiempos.

Porque si el primer fragmento del alma de ella saltó desde un relámpago en una noche oscura de tormenta, cuando faltaban siglos para que fuera hoy, el resto fue llegando con la magia inexplicable de esa parte de la vida nuestra que no muere, la que trasciende las leyes de la física y de la lógica implantadas en este punto insignificante y enorme, perdido en la Vía Láctea y cautivo del espacio.

El amor regala en destellos de luz la alegría de cada encuentro. Hasta las cosas más triviales sirven para componer una música nueva, cuyos acordes resuenan en la profundidad insondable de lo eterno. Y en los mensajes que ellos coleccionan como testimonios de un viaje mágico y sagrado a través del Universo infinito poblado de misterios como éste, viene salpicando asombros un poco de sus vidas.

Por encima de cada palabra que ella pronuncia o él contesta; ocupando el lugar de los silencios plenos que completan sus diálogos, lo que están diciéndose, definitivamente, es:

"¡Hola, ET!:
Posémonos en la estrella que más quieras; saltemos sobre las nebulosas de nuestro AHORA y disfrutemos del maravilloso espectáculo de este vuelo sobre el tiempo hasta la idea refulgente.
El espacio infinito pierde oscuridad y las distancias desaparecen de vergüenza, porque ya no existe la soledad que agitaba amenazas desde el futuro.
Por eso fuimos capaces de escribir nuestra verdad a cada rato. Para que no muriera sepultada bajo los escombros del tiempo imaginario que la Tierra necesita. Para que no quedara sin aire de estrellas; para que no perdiera el espacio infinito con que nació respirando prodigios presentidos.
Vos creés. Yo creo. Alguien cree. Conjuguemos este verbo desprendido del milagro, porque su grandeza justifica la esperanza de todos los encuentros. Y el asombro sobrevive.
Fijate qué chiquita es la Tierra y qué rápido da vueltas para inventar las horas efímeras que apuran a los hombres. Y después decime si no fue recién que nos pensamos, desde un extremo al otro de esta Aurora sin final."

Y con eso basta. ¿No?


Ir al tope de la página
Recuerde que para reproducir nuestros textos debe obtener autorización expresa
Portal en español de turismo de aventura, deportes y ecoturismo en Iberoamérica

Ir a la portada de la revista © El Tercer Tiempo - Todos los derechos reservados  Comuníquese con nosotros para lo que necesite
Editada en Buenos Aires - Argentina