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Te amará siempre en silencio

© Carlos Alberto Estévez

Una tarde cualquiera las luces brillaron más que nunca y el mundo entero renovó su belleza. La ciudad sonreía, la Humanidad era más digna de existir y la vida tenía para él un sentido nuevo. Había comenzado a ejecutarse otra vez en su alma un concierto casi olvidado. Nadie sabe por qué, pero él lo sabe.

Dos estrellas unidas en la eternidad y separadas por el tiempo se cruzaban, por fin, en una coordenada milagrosa. Esa tarde llegaste a él sin proponértelo; sin sospecharlo, tal vez, después de tanta ausencia.

El lo sabe, nadie más. Irrumpiste como un aluvión de vida, ineludible; como algo ya inesperado de tanto esperar. Sus ojos se quedaron en tus ojos mirando un espejismo milenario. Una obsesión sublime te evocaba. Y esa luz iba borrando las sombras y derritiendo el hielo de un invierno.

Sólo con verte una vez presintió que el encuentro era un reencuentro; tu llegada, una visita postergada por los siglos. "¡Esos ojos, esos ojos!", repetía. Y repetía tu nombre porque algo de vos se quedaba con él o algo de su vida se iba tras de ti, aferrado a la intuición inexplicable.

Alguna vez, en alguna parte... a lo mejor antes del tiempo... quizás en otro mundo... ¿aquella estrella había sido suya?... Encontrarte era encontrarse a sí mismo; conocida desde siempre; igual a él y tan distinta. Sabía que no merecía un milagro tan eterno y tan nuevo reviviendo su ternura. Sabía que no era posible. Pero también sabía que el prodigio existía, sin que a nadie pudiera confesarlo. Era real e increíble a la vez. Dulce y amargo al mismo tiempo, como la sensación de la belleza inalcanzable que se esfuma.

El sentía que la vida estaba allí, a tu lado, y le venía de tus palabras, de tu mirada, de tu espíritu; de un gesto cualquiera que vos le dedicaras; sabía que una sonrisa tuya, una sola vez pronunciado su nombre por tus labios, ya era demasiado. Y tuvo mucho más.

En el silencio, tus pensamientos eran suyos. En el diálogo, tu voz lo despertaba del letargo. Y en la ausencia, tu nombre era la letra de un himno a la vida, que él cantaba en abierto desafío a lo imposible.

A sabiendas del absurdo, tanto te amaba que no era capaz de un desatino que rompiera la armonía de tu propio Universo; ni tampoco era dueño de rasgar su alma y derramar en el olvido la savia que le dabas.

Entretanto, vos disimulabas las distancias como si no supieras el misterio (¿o lo sabías?). No tuvo que sufrir porque lo hirieras; no empujaste al ridículo ese inocente y secreto desvarío; no dibujaste una nube bajo el sol de tu rostro inolvidable; no interrumpiste con ruidos destemplados aquel sueño inasible que rodaba por las laderas del tiempo.

Esa visión irá con él toda la vida. Tu imagen será su inspiración hasta la muerte. Y te amará siempre igual. Como te amó desde lo eterno, te amará siempre en silencio.


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