Una tarde cualquiera las luces brillaron más que
nunca y el mundo entero renovó su belleza. La ciudad sonreía, la Humanidad era más
digna de existir y la vida tenía para él un sentido nuevo. Había comenzado a ejecutarse
otra vez en su alma un concierto casi olvidado. Nadie sabe por qué, pero él lo sabe.
Dos estrellas unidas en la eternidad y separadas por
el tiempo se cruzaban, por fin, en una coordenada milagrosa. Esa tarde llegaste a él sin
proponértelo; sin sospecharlo, tal vez, después de tanta ausencia.
El lo sabe, nadie más. Irrumpiste como un aluvión
de vida, ineludible; como algo ya inesperado de tanto esperar. Sus ojos se quedaron en tus
ojos mirando un espejismo milenario. Una obsesión sublime te evocaba. Y esa luz iba
borrando las sombras y derritiendo el hielo de un invierno.
Sólo con verte una vez presintió que el encuentro
era un reencuentro; tu llegada, una visita postergada por los siglos. "¡Esos ojos,
esos ojos!", repetía. Y repetía tu nombre porque algo de vos se quedaba con él o
algo de su vida se iba tras de ti, aferrado a la intuición inexplicable.
Alguna vez, en alguna parte... a lo mejor antes del
tiempo... quizás en otro mundo... ¿aquella estrella había sido suya?... Encontrarte era
encontrarse a sí mismo; conocida desde siempre; igual a él y tan distinta. Sabía que no
merecía un milagro tan eterno y tan nuevo reviviendo su ternura. Sabía que no era
posible. Pero también sabía que el prodigio existía, sin que a nadie pudiera
confesarlo. Era real e increíble a la vez. Dulce y amargo al mismo tiempo, como la
sensación de la belleza inalcanzable que se esfuma.
El sentía que la vida estaba allí, a tu lado, y le
venía de tus palabras, de tu mirada, de tu espíritu; de un gesto cualquiera que vos le
dedicaras; sabía que una sonrisa tuya, una sola vez pronunciado su nombre por tus labios,
ya era demasiado. Y tuvo mucho más.
En el silencio, tus pensamientos eran suyos. En el
diálogo, tu voz lo despertaba del letargo. Y en la ausencia, tu nombre era la letra de un
himno a la vida, que él cantaba en abierto desafío a lo imposible.
A sabiendas del absurdo, tanto te amaba que no era
capaz de un desatino que rompiera la armonía de tu propio Universo; ni tampoco era dueño
de rasgar su alma y derramar en el olvido la savia que le dabas.
Entretanto, vos disimulabas las distancias como si
no supieras el misterio (¿o lo sabías?). No tuvo que sufrir porque lo hirieras; no
empujaste al ridículo ese inocente y secreto desvarío; no dibujaste una nube bajo el sol
de tu rostro inolvidable; no interrumpiste con ruidos destemplados aquel sueño inasible
que rodaba por las laderas del tiempo.
Esa visión irá con él toda la vida. Tu imagen
será su inspiración hasta la muerte. Y te amará siempre igual. Como te amó desde lo
eterno, te amará siempre en silencio. |