Textos literarios

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El día que se quemaron
los manuales de verbos

© Carlos Alberto Estévez

En el más desconocido pueblo de un mundo mágico y extraño muy parecido a la Tierra, se reunió cierta vez el Consejo de Sabios y resolvió, por unanimidad, abolir el tiempo y el espacio.

Claro que este relato forma parte de un sueño, pero... ¿quién dijo que los sueños no pueden, alguna vez -o siempre-, ser reales? ¿Quién puede ponerse de pie sobre la verdad absoluta y explicarnos, con un solo grito, qué significa despertar?

Cuando comenzó a regir la nueva ley, se organizó una ceremonia muy solemne. Todos se reunieron en la plaza y no se sabe bien si estuvieron allí una noche o mil siglos. Innumerables siluetas se recortaban de contraluz avivando el fuego de una enorme hoguera en la que fueron quemados todos los manuales de verbos; porque al no haber tiempo, era seguro que las conjugaciones ya no tendrían sentido alguno. En el futuro, todo sería presente.

A partir de ese momento -el último momento- se detuvieron los relojes y entonces se acabó el instante preciso en que los sucesos debían ocurrir. Ni siquiera ocurrirían. Lo que era, ya no podría ser llamado suceso.

Por última vez, las campanas de la iglesia echaron a volar la posibilidad de que fuera la hora de algo. No hubo en adelante día ni noche, porque en los carrillones anidaban las palomas; las estrellas se quedaron quietas y se hicieron amigas del Sol. Jamás volvió a ser temprano o tarde para cualquier cosa.

Los hombres y mujeres vivían en el más asombroso milagro de ser, sin horarios ni corazones cansados latiendo al compás de ritmos que alguien había inventado para acelerar la búsqueda.

El dolor no dolió más y también el recuerdo perdió sentido. Y como no había nada que recordar, el olvido no hizo falta. El eterno presente suplantó a la ingratitud y se hizo cargo del dolor que antes dejaban las heridas incruentas.

Ya que el espacio tampoco existía, se esfumaron las distancias y los sitios. Por lo tanto, nunca más se supo lo que era la ausencia. Nada faltaba. Nada estaba por ser.

En el acto, se borró de todos los diccionarios el significado de las palabras fin y principio, antes y después, lejos y cerca, más y menos, búsqueda y esperanza. Entonces, desaparecieron como por encanto los conceptos de ambición, envidia, crueldad y odio, porque no había nada capaz de cambiar ni esconder el destino eterno del hombre; nada que pudiera caerse en una grieta abierta entre dos minutos terrestres; ya no había eslabones perdidos para buscar, ni presuntas buenas causas para estar desesperado.

Los resultados del decreto no se hicieron estudiar porque no había tiempo. No se publicaron en los diarios porque a nadie le importaban las noticias; pero fue muy evidente que los habitantes de ese pueblito lejano se quedaron con la única razón de la existencia.

Descubrieron que la vida es vida si es eterna. Y sobre una enorme montaña de cenizas calientes en las que ardían, mezclados entre verbos inútiles, los anhelos antiguos; sobre los restos calcinados de todas las cosas que fueron muriendo con el tiempo, quedó demostrado que no hay otro hálito eterno que el AMOR. Fue lo único capaz de sobrevivir al decreto inesperado de aquel consejo de sabios. Surgió como un milagro restaurado entre las llamas que adormecían los días.

Sólo entonces quedó claro que el AMOR no es algo que se busca, ni se consigue, ni se fabrica con esfuerzo. Todos pudieron ver que es la parte divina y eterna del hombre. Fue el hallazgo prodigioso de un tesoro que estaba escondido detrás de dos espejismos abolidos. Descubrieron que el AMOR sólo es. Incondicional e inevitable. No es necesario aprobarlo, ni condenarlo, ni predicarlo.

Y si desde algún otro mundo se escuchan, de vez en cuando, unas voces que dicen que el amor se acaba, que el amor se muere, cualquier humano cuya silueta se haya recortado alguna vez contra el fuego inextinguible que devoró conjugaciones escritas, responderá enseguida. Tal vez no grite a voz en cuello, porque sabe que la verdad no derrama sus luces en medio del ruido. Pero los que estén interesados, los que puedan abrir sus ventanas al sonido de todas las respuestas, sabrán que aquello que se acaba es lo que nunca comenzó; que si el amor se muere no es AMOR; apenas un equívoco, una impostura, un error apresurado, un disfraz del egoísmo o de la insensatez; a veces, nada más que un atajo entre dos horas para escapar de esa espantosa trampa que llaman soledad.

Y el éxtasis bien entendido se alojó para siempre en aquel pueblito extraño y fue la prueba definitiva del AMOR. Nadie queda extasiado frente a lo que no ama de verdad. Y nadie ama de verdad si alguna vez no logró escapar del tiempo y del espacio.

Se acabó la realidad tal cual la conocemos. Pero la gente fue eterna y constantemente feliz, al despertar en aquel sueño real, sin lugar establecido ni hora fija.


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Editada en Buenos Aires - Argentina